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El
Cristo de la Clemencia de Juan Martínez Montañés
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La obra creada por M. Montañés responde con
toda precisión a los deseos del cliente: representa
a un Cristo crucificado vivo antes de expirar, que con la
cabeza inclinada sobre el hombro derecho mira serenamente
al que está orando ante él, no hay exageración
dramática ni aspavientos agónicos, hay serenidad
y dulzura en la mirada, hay comunicación, como quejándose
del padecimiento divino por los pecados del orante.
La anatomía de la figura está modelada con
una perfección naturalista extrema inspirada en los
modelos clásicos, sin más símbolos de
la tortura que la propia crucifixión, sin sangre ni
crispación muscular, incluso con cierta belleza atlética.
El paño de pureza es otra muestra de la habilidad escultórica
del artista por el complicado diseño de su variado,
múltiple y plegado menudo que rítmicamente se
distribuye creando una zona donde el movimiento rompe la quietud
vertical.
Martínez Montañés escultor español
nació en Sevilla (1568-1649). Es una figura sobresaliente
de la escultura en madera policromada, la técnica escultórica
que alcanzó mayor desarrollo en la España de
los siglos XVI-XVII. Su nombre y el de Gregorio Fernández
suponen los puntos culminantes de este arte peculiar, que
respondió al ambiente de piedad y devoción característico
de la Contrarreforma. De ambos, el último capitalizó
la escuela castellana de la talla en madera, mientras Martínez
Montañés fue la cabeza visible de la escuela
andaluza o sevillana. Llevó a cabo una producción
vastísima, religiosa en su totalidad con la única
excepción de un busto de Felipe IV (perdido), que debía
servir de modelo para la estatua ecuestre encargada al italiano
Pietro Tacca. El Cristo de la clemencia y La Inmaculada Concepción
de la catedral de Sevilla se cuentan entre sus estatuas más
admiradas. Pero su obra maestra es el retablo mayor del monasterio
de San Isidoro del Campo, en Santiponce, que incluye las magníficas
figuras orantes de Alonso Pérez de Guzmán el
Bueno y doña María Alonso Coronel. Su obra influyó
en escultores como Alonso Cano y Juan de Mesa, de quienes
fue maestro, y también en los principales pintores
de la escuela sevillana del siglo XVII, entre ellos Velázquez
y Zurbarán. Pacheco mantuvo con él una estrecha
relación y a menudo policromó sus estatuas.
Que España fuera una de las bases de la Contrarreforma
católica, la lucha de los jesuitas españoles
en Trento para defender la indiscutibilidad del dogma y el
poder de la Iglesia marcarían las más notorias
características de nuestro barroco;el arte será
utilizado como argumento convincente del poder católico.
El arte se dirigirá entonces a la sensación
antes que a la razón. Los fines de la imagen religiosa
católica del barroco son el despertar la atención,
enternecer la sensibilidad y propiciar la devoción.
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