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Dos
mujeres tahitianas
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Hacia 1884 empieza a vivir de la pintura entre los impresionistas
del momento (Renoir, Pisarro, Manet). Años más
tarde con su afán de nuevos horizontes viaja a Panamá
y Martinica. Vuelve a la Bretaña Francesa pintando
"El cristo amarillo", "La bella Angela",
"La visión"... Espíritu inquieto y
poco sociable, en su rechazo a occidente emprende viaje a
Tahití y llega en 1891 donde comienza sus famosas pinturas
tahitianas llenas de primitivismo y simbolismo que demuestran
su alma bohemia: "La mujer con la flor", "Tierra
deliciosa", "Diversiones", "María"...
Con ellas regresa a París dos años más
tarde esperando un reconocimiento que nunca tuvo y dos años
después nuevamente vuelve solo, enfermo y alcohólico
esta vez a Las Islas Marquesas donde hará lo mejor
de su obra: "Never more", Los jinetes", "Joven
con el abanico"... Con ellas rompe con la tradición
realista. Hundido en una gran depresión existencial
(por problemas de salud y por fallecimientos de seres queridos)
pinta: "¿De donde venimos? ¿qué
somos? ¿a donde vamos?". Muere en 1903 en una
cabaña donde vivía apartado del mundanal ruido
con una joven tahitiana.
Gauguin es un gran amante de la mujer, siendo la protagonista
absoluta de sus composiciones. En el primero de los cuadros
Pese a estar casado con la danesa Mette Gad - de cuyo matrimonio
nacerán cinco hijos - mantendrá relaciones y
convivirá con varias muchachas tahitianas durante su
estancia en la Polinesia. Simplificando las formas y con trazos
gruesos su pintura se aleja de la realidad y es más
simbólica hasta el punto que llegó a crear escuela
"El Sintetismo o Simbolismo". La luz pierde en Gauguin
su centro absoluto en aras de una exaltación del color.
La luz en ambos cuadros no procede especificamente de ningún
punto. La fascinación de sus cuadros radica en la calma
de las zonas anchas de colores (sobre todo en el primer cuadro),
como si realizara vidrieras, y en sus figuras grandes, contorneadas
de manera nítida, cual tallas de madera. Al mismo tiempo
renuncia a la perspectiva, suprime el moldeado y las sombras
e identifica la sensación de plano igual que en las
pinturas japonesas. Así se unen lo que ve y lo que
imagina y adquiere el color una intensidad poética
excepcional.
Posiblemente sean éstas las imágenes más
bellas entre las pintadas por Gauguin durante su estancia
en Tahití. Las dos jóvenes que nos ofrecen las
flores están captadas con enorme naturalidad y realismo,
muestra de la alegría que anima el corazón de
un artista necesitado de esos momentos de felicidad. Los hermosos
rostros están perfectamente dibujados - realizando
para ello varios dibujos y xilografías preparatorias
- incluso ambas figuras no resultan tan planas como otras
de estos momentos, colocando la mano que sujeta la bandeja
en escorzo, al igual que la cabeza de la joven de la derecha.
El conjunto de colores o gama cromática utilizada resulta
muy llamativa al realzar el ocre y la piel tostada de las
muchachas con el color rojo de las flores, el azul del vestido
o el verde del fondo.
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