El
Museo Arqueológico de Alicante, como otras instituciones museísticas,
acogió en sus inicios piezas que eran valoradas por su antigüedad,
sin prestar siempre atención a su contexto o procedencia. Es el
caso de una serie de materiales, fundamentalmente hechas a mano, que constituyen
la único que, de sus fondos, se asocia al Paleolítico Inferior.
La investigación todavía
no ha proporcionado datos suficientes que avalen una ocupación tan
temprana de las tierras de la provincia de Alicante, remontándose
los primeros vestigios de actividades humanas en el área al Paleolítico
Medio o Musteriense.
A este período se asocian una serie
de útiles fabricados sobre lascas de sílex que son propios
de una sociedad cazadora especializada: puntas, raederas, cuchillos y buriles.
En la provincia , se detectan industrias musterienses en algunas cuevas
sitas en las comarcas de El Alto Vinalopó, L’ Alcoià y El
Comtat. De éstas, el Museo conserva un pequeño conjunto de
útiles encontrados a principios de los años sesenta en la
Cova de El SALT (Alcoy) y la totalidad de los materiales que han proporcionado
desde 1980 las excavaciones arqueológicas de la Cova Beneito ( Muro).
Esta cavidad puede considerarse excepcional
por la información que aporta sobre la transición del Musteriense
al Paleolítico Superior en estas tierras y por la larga secuencia
que, de este último período, contiene. Su ocupación,
aunque probablemente no fuera continuada, duró varios milenios acogiendo
grupos humanos que, apreciando el lugar por los seguros y fáciles
recursos cinegéticos, evolucionaron culturalmente.

Sobre los niveles (sedimentos estratificados)
musterienses se observa una capa con muy poco material arqueológico,
fruto quizás de ocupaciones muy esporádicas, de las primeras
gentes portadoras de una nueva cultura (Auriñaciense) cuya génesis
hay que ubicarla más allá de la frontera pirenaica y que
hace algo más de 30.000 años comenzó a extenderse
por la fachada mediterránea peninsular. Esta realidad se muestra
más clara en los estratos inmediatamente superpuestos donde los
especialistas han encontrado un utillaje en sílex propio de los
momentos avanzados del Auriñaciense ( Puntas de Font-Yves y Hojitas
Dufour, raspadores gruesos y buriles), un conjunto de punzones y azagayas
en hueso, una abundante presencia de ocre y una serie de elementos de adorno
(conchas y colmillos de carnívoro perforados) que vuelven a aparecer
a lo largo de toda la secuencia. El panorama del Auriñaciense se
completa en la provincia con algunas piezas procedentes de la Cova del
Sol (Aspe). La investigación avala una presencia más
intensa del hombre en el siguiente período ( Gravetiense),
del que se han encontrado vestigios en cuatro cavidades. Además
de los materiales de la Cova Beneito, el Museo recoge los de la Cova del
Xorret (Crevillente) y algunas piezas procedentes de la Cova del Sol y
del Abric de la Ratlla del Bubo (Crevillente). Estos dos últimos
yacimientos han sido sometidos a una serie de intervenciones clandestinas
que dificultan enormemente su estudio.
En los otros dos se ha determinado un
momento evolucionado del Gravetiense, destacando en sílex los raspadores,
las hojitas de dorso y las puntas microgavettes.
Del Solutrense, período que se
inició en el País Valenciano hace unos 21.000 años,
se conservan en el Museo los materiales de la Cova Beneito que son propios
de su segunda fase ( Solutrense Pleno). Destacan los útiles en sílex
con retoque plano y cubriente (una hoja o laurel y un fragmento de punta)
y una plaqueta-rebaja-dor recubierta de ocre. El panorama del Solutrense
se ha enriquecido notablemente en la provincia tras el descubrimiento de
dos cavidades en La Vall d’Ebo con representaciones de arte rupestre que
han hecho desvanecer la impresión que, hasta fechas muy recientes,
se tenía del Arte Paleolítico en el País Valenciano.
Las representaciones sobre palquetas y otros soportes muebles ya no son
exclusivas, pudiéndose hablar de dos santuarios con motivos fundamentalmente
zoomorfos realizados con técnicas diferentes. En la Cova Fosca
existe un número mayor de representaciones zoomorfas (cérvidos,
équidos y un bóvido) que, junto con algunos motivos calificados
como geométricos, están grabados en las paredes de la cavidad.
Como una evolución del Solutrense
surge el siguiente período (Solutreogravitense) con el que se completa
la secuencia paleolítica de la Cova Beneito. Ahora entre los materiales
de esta cavidad, destacan las puntas escotadas de sílex, una rica
serie ósea (azagayas biapuntadas, punzones, huesos trabajados y
con marcas) y, como en toda la secuencia, las palquetas y piedras con ocre
rojo. Esta ocupación se ha podido datar mediante C.14 en (16.560
+ - 480 años antes del presente) y hay que destacar el hallazgo
de un enterramiento doble con los cráneos de una mujer y un niño
en posición ritual. Los vestigios de una ocupación temporal
corta han quedado mejor documentados en el Abric de Ratlla del Bubo donde
se ha encontrado un hogar que, compuesto por una estructura semicircular
de bloques que envuelve a una losa central, apareció recubierto
de carbones. El Museo también recoge algunas piezas del Solutreogravetiense
procedentes de la Cova del Sol, y, desde los años 30, las que se
encontraron en la Cova de les Calaveres ( Benidoleig) que, sin mucha precisión,
deben ser anteriores al Magdaleniense.
Del último período del Paleolítico,
se determina en las tierras de Alicante una fase avanzada (Magdaleniense
Superior) que debió desarrollarse hace unos 12.000 años.
Sus vestigios se encuentran en tres cavidades que han proporcionado los
ricos conjuntos materiales que recoge el Museo: la Cova de les Cendres
( Teulada), el Abric del Tossal de la Roca (La Vall d’Alcalá) y
la ya mencionada Cova del Xorret. Son relevantes en lo óseo los
arpones, las azagayas y las agujas de Cendres y es una característica
común a los tres yacimientos la presencia de un utillaje en sílex
en el que se destacan buriles , raspadores, hojitas de dorso, hojitas truncadas
y triángulos.
En lo que se refiere al arte, a esta fase
se asocia la representación de una cierva gravada en un hueso de
hallado en Cendres, cavidad que parece desocuparse durante el Epipaleolítico,
lo que no ocurre en el Tossal de la Roca que estuvo habitado durante los
primeros momentos del período que inaugura la secuencia arqueológica
del Holoceno (10.000 años antes del presente). En este abrigo se
encontraron fuera de contexto 4 cantos y una plaqueta con representaciones
zoomorfas grabadas que, junto con un fragmento de espátula en hueso
con motivos geométricos y un canto con la representación
de un équido hallado en la Cova del Barranc (La Vall de Laguar),
constituyen los últimos vestigios de un arte, esencialmente naturalista,
que pudo llegar a conocer los primeros tiempos del Holoceno.
Las primeras industrias del Epipaleolítico,
propias de lo que se denomina Complejo Mocrolaminar, pueden considerarse
como una evolución de las del Magdaleniense. Los cambios climáticos,
condicionados por el aumento de las temperaturas, no se produjeron
de forma brusca y los grupos humanos pudieron adaptarse poco a poco a las
nuevas condiciones del medio. Esta evolución paulatina se advierte
bien en el Abric del Tossal de la Roca, donde los análisis aportan
la presencia de una flora con especies más cálidas (aliso,
nogal, olmo, enebro rojo, rosáceas e hierbas mediterráneas),
apareciendo unos útiles líticos que apenas se diferencian
del episodio anterior, si bien se han determinado ligeras discrepancias
como la de una mayor presencia de raspadores.
En torno al 5.500 a.C. aparecieron en
este abrigo elementos propios de lo que a nivel genérico constituye
la segunda fase del Epipaleolítico ( Complejo Geométrico),
caracterizada por pequeñas piezas en sílex de forma geométrica
entre las que destacan los trapecios.
Los ricos conjuntos de materiales que
recoge el Museo procedentes de los yacimientos de El Fontanal (Onil) y
El Freginal de la Font Major (Torremanzanas) constituyen , con los
del Tossal de la Roca, sólo una muestra de la presencia que tuvieron
los grupos de cazadores-recolectores epipaleolíticos en las tierras
de Alicante, si se recuerda la buena documentación obtenida
en los yacimientos al aire libre y en la cueva de Villena, y en la información
que proporcionan otras cavidades (Cova del Gorgorí , en l’Orxa y
Cova d’En Pardo, en Planes).
DEL NEOLÍTICO AL FINAL DE LA
EDAD DEL BRONCE
A partir del V milenio a.C. aparece el
Neolítico en las tierras de Alicante como resultado de una difusión
costera mediterránea que encuentra sus últimos orígenes
en el Próximo Oriente. Sus gentes son sedentarias y tienen conocimientos
de agricultura, domesticación, alfarería y nuevas técnicas
en el trabajo de la piedra y el hueso, siendo portadoras de unas creencias
en las que toma un papel relevante la fertilidad de la tierra en su relación
con el ciclo agrícola. Junto a ellas, compartirán el territorio
los cazadores-recolectores del Complejo Geométrico, desapareciendo,
tras una breve coexistencia con los nuevos pobladores, aquellos cuya cultura
se define dentro del Complejo Microlaminar.
La existencia de dos modos de vida en
nuestras tierras durante varios milenios supondrá, a la larga, la
imposición de las nuevas formas de subsistencia basadas en una economía
de producción agrícola y ganadera. Este proceso (neolitización)
podría verse reflejado en algunas escenas de Arte Levantino, manifestación
propia de aquellos pueblos de tradición cazadora-recolectora que
se va integrando en el sistema neolítico.
Los primeros pobladores neolíticos
pintan en rojo en paredes de abrigos visibles desde el exterior. Su arte
(Macroesquemático), hasta la fecha, solamente se ha determinado
en las tierras septentrionales de la provincia de Alicante. Del mismo,
destacan las representaciones antropomorfas de buen tamaño con las
extremidades hacia arriba (orantes). Algunos motivos curvos verticales
(serpentiformes) podrían representar la sacralización de
la vegetación, partiendo, en ocasiones, de círculos que pueden
identificarse con la semilla o germen creador.
La adecuación temporal de estas
manifestaciones se apoya en la documentación de cerámicas
decoradas con motivos similares halladas en la Cova de l’Or (Beniarrés)
con una técnica propia del primer Neolítico: la impresión
con una concha de Cardium edule (cerámica cardial), y , su anterioridad
con respecto a las manifestaciones del Arte Levantino se basa en
la superposición de motivos de este último a los macroesquemáticos
en un panel de Abric I de la Sarga ( Alcoy), en la estratigráfica
cromática del Abric IV del Barranc de Benialí (La Vall
de Gallinera) y en la documentación de cerámicas procedentes
de la Cova de l’Or con motivos zoomorfos levantinos realizados con una
técnica que vien a suceder a la de la impresión cardial (
impresión con instrumento).
El Arte Esquemático, localizado
en 47 estaciones de la provincia, pudo surgir del Macroesquemático
o llegar con aquél. Se trata de una manifestación conceptual
que contrasta con el carácter narrativo del Arte Levantino, aunque
comparte con éste el emplazamiento –abrigos poco profundos y paredes
protegidas con una cornisa- y técnica, al realizarse, fundamentalmente,
con tintas planas en rojo. Recurre a las líneas básicas para
representar motivos zoomorfos, antropomorfos y simbólico-religiosos.
Este arte coexistió con el Levantino, extinguiéndose en un
momento no precisado de la Edad del Bronce. Finalmente, se han determinado
29 estaciones en la provincia con motivos propios del Arte Levantino ,
entre los que destacan las figuras humanas, siendo frecuentes las representaciones
de arqueros que, en repetidas ocasiones, se asocian a animales componiendo
escenas cinegéticas. Es probable que en estas tierras sus manifestaciones
llegaran a conocer al menos el Calcolítico .
Del Neolítico destacan en el Museo
algunas piezas de la Cova de l’Or, los materiales de la Cova del Montgó
(Jávea) y los de la Cova de les Cendres, cavidad que vuelve a ocuparse
en el V milenio a.C. estos elementos nos informan de la nueva realidad
económica. De este modo, sobre rocas antes no utilizadas (pórfido,
ofita....) se fabrican hachas pulimentadas que se usan, después
de haber quemado la cobertura vegetal, para las labores de desforestación
con las que se consiguen abrir los campos. Con las mismas materias se realizan
las azuelas destinadas al trabajo de la madera, con la que debieron fabricarse
un buen número de objetos que, por su naturaleza perecedera, no
siempre conocemos. De está serían los palos cavadores que,
con un contrapeso de piedra, servirían para airear la tierra y así
poder plantar las simientes. La siega se efectuaría con la ayuda
de hoces compuestas por láminas de sílex engarzadas con resina
a una estructura curva de madera, y, piqueteando piedras, se obtendrían
molinos de dos piezas con los que triturar los granos de cereal (trigo
y cebada), que, previamente, para su mejor conservación, se someterían
a un proceso de torrefacción. Por otra parte, se seguirán
empleando las piezas geométricas en sílex para fabricar armas
de caza y no se abandonarían las tareas de recolección.
En Cedres y l’Or los análisis óseos
revelan la importancia que en ganadería tenían la oveja y
la cabra, especies que, aunque necesarias para la producción de
leche y lana, serían apreciadas fundamentalmente por su carne. No
faltan restos de cerdo y de buey, especie que pudo utilizarse como animal
de carga. Es reveladora la abundancia de marcas de mordeduras de perro
en los huesos, animal que cohabita con el hombre desde los primeros tiempos
de la domesticación.
Existen adornos (brazaletes, cuentas y
colgantes) realizados en piedra, hueso y concha. De hueso, se conocen anillos
y algunos útiles de diversos usos, caracterizando al primer Neolítico
las cucharas y las granadinas utilizadas en la decoración de algunos
vasos.
La cerámica es la que mejor informa
de la evolución del Neolítico. Durante una primera fase predominan
las decoraciones impresas cardiales (N. Antiguo Cardial) que decaen en
la segunda fase (N. Antiguo Epicardial) en la que son más perfectas
las decoraciones con impresiones de instrumento y en la que se dan con
cierta frecuencia vasos con decoraciones plásticas o incisas. Estas
tres especies decorativas son las que caracterizan al Neolítico
Medio, cuyos inicios hay que ubicar entre el V y IV milenio a.C.. Hacia
el 3.500 a.C. puede hablarse de un Neolítico Final que queda caracterizado
en una primera fase por cerámicas con una decoración lineal
realizada después de la cocción (esgrafiado), y, en una segunda,
por la generalización de las cerámicas no decoradas o lisas.
Los yacimientos aludidos nos informan
de un modelo de habitación en cueva de larga duración que
no fue exclusivo. Se conocen asentamientos al aire libre con materiales
que cubren buena parte de la secuencia en Villena y Benifallim, recogiendo
el Museo en conjunto de elementos procedentes del Pla dels Dubots
(Penáguila- Benifallim). Por otras parte, se sabe que las cavidades
también se usaron como lugar de enterramiento.
En los inicios del tercer milenio a.C.
(Neolítico Final-Calcolítico) se generalizo la vida aldeana
en los fondos de los valles y se aprovecharon intensivamente las cavidades
como necrópolis. A este momento se adscriben varios asentamientos
con cabañas, de los que se conservan los silos excavados en el suelo
que alcanzan al centenar en Les Jovades (Cocentaina). Antes de ser Director
de este Museo, J. Belda encontró en el Llano de Santa Ana (Torremanzanas)
estructuras similares próximas al monte donde se halla una de las
necrópolis más relevantes del Calcolítico: la Cova
de la Barcella. En esta cavidad aparecieron restos de más de 20
individuos junto a buen número de objetos que hoy se recogen
en el Museo Arqueológico de Alicante MARQ. En esta serie se observa
un conjunto de útiles que, como ofrendas, se depositaban al lado
de los inhumados. Destacan los grandes cuchillos y las puntas de flecha
en sílex, las hachas y azuelas de piedra pulimentada y los punzones
en hueso. Los muertos lucían un rico atuendo a juzgar por los elementos
que, de piedra, hueso y concha hoy se conservan: cuentas de collar,
colgantes, botones y alfileres para sujetar el cabello. Los vasos cerámicos
debieron contener ofrendas alimenticias o agua, constituyendo al testimonio
de un ritual complejo en el que no está ausente la presencia de
la divinidad que, es esta cavidad, se representa en una serie de ídolos”violín”
en hueso que, de forma esquemática, constituyen el simulacro de
la figura humana. Representaciones similares han aparecido en otras cavidades
de enterramiento localizadas en Alcoy (Cova de la Pastora), Agres (Cova
del Moro) y Planes (Cova d’En Pardo), y , a ellas, se asemejan los motivos
bitriangulares del Arte Esquemático del Abric del Barranc de la
Palla (Tormos).
Dentro del conjunto de Barcella destacan
en hueso un peine y un ídolo o colgante especial (ancoriforme),
cuya forma también se repite en una representación parietal
de Abric VI del Barranc de El SALT ( Penáguila).
El repertorio de ídolos del Museo
acaba con la mención de los procedentes del enterramiento de El
Fontanal (Onil). Se trata de huesos largos de animales domésticos
sobre los que se pintaron en rojo motivos que se interpretan como los ojos
y el tatuaje facial de la divinidad que encuentran sus paralelos más
próximos en otros hallados en cavidades de uso funerario de Alcoy
(Cova de la Pastora y Cova de Bolumini) y en algunas manifestaciones de
Arte esquemático como la del Abric de la Penya Escrita (Tárbena).
A los registros mencionados hay que añadir,
en los que al Museo respecta, los materiales procedentes de los enterramientos
de la Cova del Fun (Alicante), Cova del Montgó (Jávea) y
Cova del Cantal (Bihar). Como ofrendas, en algunas de estas cavidades aparecen
elementos que forman parte del conjunto de los primeros objetos de cobre
(punzones, cinceles y aretes) que, por la vía del intercambio, llegan
a la provincia procedentes del S.E. peninsular, donde a partir del 2.500
a.C. se desarrolla una cultura metalúrgica (Los Millares). En estrecha
relación con la misma se detecta en Crevillente un asentamiento
(Les Moreres) que, a diferencia de los otros, se ubica en alto y presenta
sólidas estructuras de piedra.

Entre el III y el II milenio a.C. se detectan
una serie de cambios que anuncian la Edad de Bronce, período
que, bajo la acepción de Bronce Valenciano, se caracteriza por la
instalación de poblados en lo alto de los cerros y por la realización
de inhumaciones dobles o individuales en cavidades próximas a los
lugares de habitación. A este momento de transición se asocia
una cerámica especial por su forma y decoración (campaniforme),
presente en el Museo en las series de la Cova del Montgó y de la
Cova de les Cendres, junto a una serie de elementos nuevos como el puñal
de la lengüeta en cobre documentado en la Cova del Cantal o los botones
en hueso con perforación en “V” y el brazal de arquero en piedra
de la Cova de la Barcella . Sin que desaparezcan los modelos de habitación
y enterramiento característicos del Calcolítico comienzan
a advertirse los rasgos que aquí definen a la Edad del Bronce,
citándose, a título de ejemplo, el poblado del Peñón
de la Zorra (Villena) y el enterramiento individual en cueva, con rico
ajuar metálico, hallado en una de sus laderas (Cueva Oriental del
Peñón de la Zorra).
La Edad del Bronce comienza en torno al
1.800 a.C. En ésta se determina una ocupación plena del territorio,
implantándose una economía cerealista complementada con otros
cultivos y con los aportes de la ganadería. La abundancia de poblados
en esta época no responde solamente al incremento demográfico
constatado a lo largo de todo el Calcolítico, sino también
a una menor durabilidad de la habitación en aquellos asentamientos
que quedan más condicionados por el agotamiento de las tierras.
En algunas zonas se desarrolla el regadío y se ensayan nuevas técnicas
de cultivo que se traducen en ocupaciones de amplia cronología.
Junto a poblados de tamaño medio
o grande, existen otros de pequeñas dimensiones que recuerdan a
una pequeña granja o masía. Su ubicación en alto permite
en control del territorio y de las vías de comunicación.
En ocasiones, se habita junto a la costa (Illeta dels Banyets , en Campello)
o en ligeras elevaciones (La Alcudia, en Elche). Por lo general, las casas
presentan una estructura pétrea de lados rectos, enlucida
en su cara interna, sobre la que se apoyaban los muros elaborados con un
material más ligero (cañas y barro). La techumbre se resolvía
con vigas y postes de madera que sostenían un entramado de cañas
y ramaje recubierto de barro endurecido. Lo más frecuente es que
se ubiquen en las laderas, erigiéndose sobre plataformas.
De este momento sobresalen en el Museo
los materiales procedentes del poblado de la Serra Grossa (Alicante) donde
aparecieron varias viviendas en tres aterrazamientos. Destacan
las cerámicas de superficies cuidadas que, en ocasiones, presentan
asas de cinta y pequeños apéndices (mamelones). El registro
de dientes de hoz en sílex y de 3 kg de cereales carbonizados apoya
una actividad agrícola. A partir del análisis de los cereales
se dató este asentamiento en el siglo XIX antes de Cristo.
De este período se conocen en la
provincia moldes y escorias que evidencian una metalurgia local. Aunque
la mayoría de os elementos sigue siendo de cobre, ahora aparecen
piezas que, sin reservas, son de bronce. En el Museo sobresalen dos conjuntos
de piezas metálicas que son testimonio de la importancia que
en estas tierras tuvo la Cultura del Argar, manifestación
propia de la Edad del Bronce del S.E. peninsular, que, sin una frontera
estricta con la Cultura del Bronce Valenciano, extiende sus influencias
a lo largo de la provincia. Proceden de tres yacimientos que deben considerarse
estrictamente argáricos por la documentación de enterramientos
debajo del nivel de habitación: Illeta dels Banyets, Laderas del
Castillo (Callosa del Segura) y Laderas de San Antón (Orihuela).
En el primero apareció un hacha, una sierra, una punta Palmela,
punzones y puñales de remaches, junto a un rico conjunto de recipientes
cerámicos, distintos elementos en hueso (una pieza del mango de
un puñal, botones con perforación en “V” y punzones), algunos
elementos de adorno, brazales de arquero, dientes de hoz y hachas y azuelas
en piedra pulimentada. De los otros dos el Museo alberga en depósito
los materiales de la colección Julio Furgús S.J., conjunto
que, por su riqueza, se puede calificar de único. En éste
sobresalen las piezas de oro (espirales, anillos y conos perforados a modo
de cuentas collar) y las de cobre o bronce (alabardas, hachas, sierras,
puñales y punzones), conservándose en algunas restos de madera
del enmangue y de la tela con la que se recubrían para depositarlas
en los enterramientos.
En los finales del II milenio a.C. continuaron
llegando influencias del S.E. dando lugar a los que se denomina Bronce
Tardío (1.300-1.000 a.C.), fase determinada por la documentación
de nuevas cerámicas, normalmente en poblados que, en mayor o menor
grado, habían estado relacionados con la Cultura de El Argar,
y a la que se asocia el conocido Tesoro del Cebezo Redondo (Villena). De
ésta, el Museo conserva los materiales de la Illeta dels Banyets
que, tras un abandono, se vuelve a ocupar, construyéndose dos cisternas.
Ahora abundan las decoraciones y las formas que, de modo genérico,
se pueden relacionar con el denominado Horizonte Cogotas I, destacando
dos vasos de tendencia esférica con una decoración puntillada
de triángulos colgando del borde y varios fragmentos con el mismo
tema o con otros (guirnaldas, metopas con ajedrez, etc...).Esta serie podría
indicar una pervivencia del poblado en los inicios del Bronce Final, para
desocuparse de nuevo, hasta la llegada del mundo ibérico.
Con el cambio de milenio comienza la última
etapa de la Edad de Bronce, apareciendo nuevos elementos que se relacionan
con un fenómeno cultural foráneo septentrional que toma su
denominación de las manifestaciones propias de su vertiente funeraria:
los Campos de Urnas. A este momento se adscribe al Tesoro de Villena cuya
investigación va dando a conocer poco a poco sus raíces indígenas.
En la providencia se especifica un Bronce Final I, que afecta a poblados
con fuertes raíces en la etapa anteriores, y un Bronce Final II
que se definen por el establecimiento de otros de nueva planta, en los
que, además de las influencias del norte, son importantes los elementos
racionables con el Bronce Final andaluz y el mundo fenicio. Al Bronce Final
I se asocian los materiales que recogen el Museo del poblado de la
Mola d’Agres (Agres), en el que aparte de una serie de cerámicas
decoradas que lo relacionan con los Campos de Urnas, se ha determinado
la presencia de una fíbula ad occhio de claras raíces mediterráneas,
que debe fecharse en los siglos X-XI a.C. A esta fase (Agres I) le sigue
otra (Agres II: s. VIII-VII a.C.) en la que abundan las cerámicas
realizadas con la técnica de la incisión y la excisión.
Por otra parte, en una de las laderas del cerro donde se ubica el poblado
argárico del Tabaiá (Aspe) se han observado plataformas sobre
las que se instalaron estructuras frágiles que podrían
constituir los únicos vestigios que se disponen de las viviendas
del Bronce Final I.
Al Bronce Final II se asocian los
materiales encontrados en el poblado de Los Saladares (Orihuela)
y los que esta institución recoge de la Peña Negra
(Crevillente), donde se ha determinado una serie de estructuras de habitación
(fondos de cabaña y restos de casas de planta angular y circular)
y, en sus cercanías, los restos de una necrópolis de incineración
con unas urnas superpuesta al poblado calcolítico de Les Moreres.
Recientemente, se ha defendido una ocupación temprana del yacimiento
(primera mitad del s. XIX), valorando que, en sus bases genéticas,
intervendrían más las influencias del mundo de Cogotas I
y las meridionales de Tartessos que las de los Campos de Urnas. Parece
que desde mediados del s.IX se determinan los primeros objetivos fenicios
de importación. El final de esta fase (Peña Negra I) ronda
el 700 a.C., iniciándose la siguiente u Orientalizante (Peña
Negrea II) en el s.VII a.C.
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