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LA PREHISTORIA EN EL MUSEO ARQUEOLOGICO 






Texto Realizado por : D. Jorge A. Soler Diaz.
Conservador de Prehistoria del Museo Arqueológico de Alicante MARQ

 

El Museo Arqueológico de Alicante, como otras instituciones museísticas, acogió en sus inicios piezas que eran valoradas por su antigüedad, sin prestar siempre atención a su contexto o procedencia. Es el caso de una serie de materiales, fundamentalmente hechas a mano, que constituyen la único que, de sus fondos, se asocia al Paleolítico Inferior. 
La investigación todavía no ha proporcionado datos suficientes que avalen una ocupación tan temprana de las tierras de la provincia de Alicante, remontándose los primeros vestigios de actividades humanas en el área al Paleolítico Medio o Musteriense.

A este período se asocian una serie de útiles fabricados sobre lascas de sílex que son propios de una sociedad cazadora especializada: puntas, raederas, cuchillos y buriles. En la provincia , se detectan industrias musterienses en algunas cuevas sitas en las comarcas de El Alto Vinalopó, L’ Alcoià y El Comtat. De éstas, el Museo conserva un pequeño conjunto de útiles encontrados a principios de los años sesenta en la Cova de El SALT (Alcoy) y la totalidad de los materiales que han proporcionado desde 1980 las excavaciones arqueológicas de la Cova Beneito ( Muro).

Esta cavidad puede considerarse excepcional por la información que aporta sobre la transición del Musteriense al Paleolítico Superior  en estas tierras y por la larga secuencia que, de este último período, contiene. Su ocupación, aunque probablemente no fuera continuada, duró varios milenios acogiendo grupos humanos que, apreciando el lugar por los seguros y fáciles recursos cinegéticos, evolucionaron culturalmente.

Sobre los niveles (sedimentos estratificados)  musterienses se observa una capa con muy poco material arqueológico, fruto quizás de ocupaciones muy esporádicas, de las primeras gentes portadoras de una nueva cultura (Auriñaciense) cuya génesis hay que ubicarla más allá de la frontera pirenaica y que hace algo más de 30.000 años comenzó a extenderse por la fachada mediterránea peninsular. Esta realidad se muestra más clara en los estratos inmediatamente superpuestos donde los especialistas han encontrado un utillaje en sílex propio de los momentos avanzados del Auriñaciense ( Puntas de Font-Yves y Hojitas Dufour, raspadores gruesos y buriles), un conjunto de punzones y azagayas en hueso, una abundante presencia de ocre y una serie de elementos de adorno (conchas y colmillos de carnívoro perforados) que vuelven a aparecer a lo largo de toda la secuencia. El panorama del Auriñaciense se completa en la provincia con algunas piezas procedentes de la Cova del Sol (Aspe). La investigación  avala una presencia más intensa del hombre en el siguiente período ( Gravetiense),  del que se han encontrado vestigios en cuatro cavidades. Además de los materiales de la Cova Beneito, el Museo recoge los de la Cova del Xorret (Crevillente) y algunas piezas procedentes de la Cova del Sol y del Abric de la Ratlla del Bubo (Crevillente). Estos dos últimos yacimientos han sido sometidos a una serie de intervenciones clandestinas que dificultan enormemente su estudio. 
 
 

En los otros dos se ha determinado un momento evolucionado del Gravetiense, destacando en sílex los raspadores, las hojitas de dorso y las puntas microgavettes.

Del Solutrense, período que se inició en el País Valenciano  hace unos 21.000 años, se conservan en el Museo los materiales de la Cova Beneito que son propios de su segunda fase ( Solutrense Pleno). Destacan los útiles en sílex con retoque plano y cubriente (una hoja o laurel y un fragmento de punta)  y una plaqueta-rebaja-dor recubierta de ocre. El panorama del Solutrense se ha enriquecido notablemente en la provincia tras el descubrimiento de dos cavidades en La Vall d’Ebo con representaciones de arte rupestre que han hecho desvanecer la impresión que, hasta fechas muy recientes, se tenía del Arte Paleolítico en el País Valenciano. Las representaciones sobre palquetas y otros soportes muebles ya no son exclusivas, pudiéndose hablar de dos santuarios con motivos fundamentalmente zoomorfos realizados con técnicas diferentes. En la Cova  Fosca  existe un número mayor de representaciones zoomorfas (cérvidos, équidos y un bóvido) que, junto con algunos motivos calificados como geométricos, están grabados en las paredes de la cavidad. 

Como una evolución del Solutrense surge el siguiente período (Solutreogravitense) con el que se completa la secuencia paleolítica de la Cova Beneito. Ahora entre los materiales de esta cavidad, destacan las puntas escotadas de sílex, una rica serie ósea (azagayas biapuntadas, punzones, huesos trabajados y con marcas) y, como en toda la secuencia, las palquetas y piedras con ocre rojo. Esta ocupación se ha podido datar mediante C.14 en (16.560 + - 480 años antes del presente) y hay que destacar el hallazgo de un enterramiento doble con los cráneos de una mujer y un niño en posición ritual. Los vestigios de una ocupación temporal corta han quedado mejor documentados en el Abric de Ratlla del Bubo donde se ha encontrado un hogar que, compuesto por una estructura semicircular de bloques que envuelve a una losa central, apareció recubierto de carbones. El Museo también recoge algunas piezas del Solutreogravetiense procedentes de la Cova del Sol, y, desde los años 30, las que se encontraron en la Cova de les Calaveres ( Benidoleig) que, sin mucha precisión, deben ser anteriores al Magdaleniense.

Del último período del Paleolítico, se determina en las tierras de Alicante una fase avanzada (Magdaleniense Superior) que debió desarrollarse hace unos 12.000 años. Sus vestigios se encuentran en tres cavidades que han proporcionado los ricos conjuntos materiales que recoge el Museo: la Cova de les Cendres ( Teulada), el Abric del Tossal de la Roca (La Vall d’Alcalá) y la ya mencionada Cova del Xorret. Son relevantes en lo óseo los arpones, las azagayas y las agujas de Cendres y es una característica común a los tres yacimientos la presencia de un utillaje en sílex en el que se destacan buriles , raspadores, hojitas de dorso, hojitas truncadas y triángulos.

En lo que se refiere al arte, a esta fase se asocia la representación de una cierva gravada en un hueso de hallado en Cendres, cavidad que parece desocuparse durante el  Epipaleolítico, lo que no ocurre en el Tossal de la Roca que estuvo habitado durante los primeros momentos del período que inaugura la secuencia arqueológica del Holoceno (10.000 años antes del presente). En este abrigo se encontraron fuera de contexto 4 cantos y una plaqueta con representaciones zoomorfas grabadas que, junto con un fragmento de espátula en hueso con motivos geométricos y un canto con la representación de un équido hallado en la Cova del Barranc (La Vall de Laguar), constituyen los últimos vestigios de un arte, esencialmente naturalista, que pudo llegar a conocer los primeros tiempos del Holoceno.

Las primeras industrias del Epipaleolítico, propias de lo que se denomina Complejo Mocrolaminar, pueden considerarse como una evolución de las del Magdaleniense. Los cambios climáticos, condicionados por el aumento de las temperaturas, no se produjeron  de forma brusca y los grupos humanos pudieron adaptarse poco a poco a las nuevas condiciones del medio. Esta evolución paulatina se advierte bien en el Abric del Tossal de la Roca, donde los análisis aportan la presencia de una flora con especies más cálidas (aliso, nogal, olmo, enebro rojo, rosáceas e hierbas mediterráneas), apareciendo unos útiles líticos que apenas se diferencian del episodio anterior, si bien se han determinado ligeras discrepancias como la de una mayor presencia de raspadores.

En torno al 5.500 a.C. aparecieron en este abrigo elementos propios de lo que a nivel genérico constituye la segunda fase del Epipaleolítico ( Complejo Geométrico), caracterizada por pequeñas piezas en sílex de forma geométrica entre las que destacan los trapecios.

Los ricos conjuntos de materiales que recoge el Museo procedentes de los yacimientos de El Fontanal (Onil) y El Freginal de la Font Major  (Torremanzanas) constituyen , con los del Tossal de la Roca, sólo una muestra de la presencia que tuvieron los grupos de cazadores-recolectores epipaleolíticos en las tierras de Alicante, si se  recuerda la buena documentación obtenida en los yacimientos al aire libre y en la cueva de Villena, y en la información que proporcionan otras cavidades (Cova del Gorgorí , en l’Orxa y Cova d’En Pardo, en Planes).

DEL NEOLÍTICO AL FINAL DE LA EDAD DEL BRONCE

A partir del V milenio a.C. aparece el Neolítico en las tierras de Alicante como resultado de una difusión costera mediterránea que encuentra sus últimos orígenes en el Próximo Oriente. Sus gentes son sedentarias y tienen conocimientos de agricultura, domesticación, alfarería y nuevas técnicas en el trabajo de la piedra y el hueso, siendo portadoras de unas creencias en las que toma un papel relevante la fertilidad de la tierra en su relación con el ciclo agrícola. Junto a ellas, compartirán el territorio los cazadores-recolectores del Complejo Geométrico, desapareciendo, tras una breve coexistencia con los nuevos pobladores, aquellos cuya cultura se define dentro del Complejo Microlaminar.

La existencia de dos modos de vida en nuestras tierras durante varios milenios supondrá, a la larga, la imposición de las nuevas formas de subsistencia basadas en una economía de producción agrícola y ganadera. Este proceso (neolitización) podría verse reflejado en algunas escenas de Arte Levantino, manifestación propia de aquellos pueblos de tradición cazadora-recolectora que se va integrando en el sistema neolítico.

Los primeros pobladores neolíticos pintan en rojo en paredes de abrigos visibles desde el exterior. Su arte (Macroesquemático), hasta la fecha, solamente se ha determinado en las tierras septentrionales de la provincia de Alicante. Del mismo, destacan las representaciones antropomorfas de buen tamaño con las extremidades hacia arriba (orantes). Algunos motivos curvos verticales (serpentiformes) podrían representar la sacralización de la vegetación, partiendo, en ocasiones, de círculos que pueden identificarse con la semilla o germen creador.

La adecuación temporal de estas manifestaciones se apoya en la documentación de cerámicas decoradas con motivos similares halladas en la Cova de l’Or (Beniarrés) con una técnica propia del primer Neolítico: la impresión con una concha de Cardium edule (cerámica cardial), y , su anterioridad con respecto a las manifestaciones del Arte Levantino  se basa en la superposición de motivos de este último a los macroesquemáticos en un panel de Abric I de la Sarga ( Alcoy), en la estratigráfica cromática del  Abric IV del Barranc de Benialí (La Vall de Gallinera) y en la documentación de cerámicas procedentes de la Cova de l’Or con motivos zoomorfos levantinos realizados con una técnica que vien a suceder a la de la impresión cardial ( impresión con instrumento).

El Arte Esquemático, localizado en 47 estaciones de la provincia, pudo surgir del Macroesquemático o llegar con aquél. Se trata de una manifestación conceptual que contrasta con el carácter narrativo del Arte Levantino, aunque comparte con éste el emplazamiento –abrigos poco profundos y paredes protegidas con una cornisa- y técnica, al realizarse, fundamentalmente, con tintas planas en rojo. Recurre a las líneas básicas para representar motivos  zoomorfos, antropomorfos y simbólico-religiosos. Este arte coexistió con el Levantino, extinguiéndose en un momento no precisado de la Edad del Bronce. Finalmente, se han determinado 29 estaciones en la provincia con motivos propios del Arte Levantino , entre los que destacan las figuras humanas, siendo frecuentes las representaciones de arqueros que, en repetidas ocasiones, se asocian a animales componiendo escenas cinegéticas. Es probable que en estas tierras sus manifestaciones llegaran a conocer al menos el Calcolítico .

Del Neolítico destacan en el Museo algunas piezas de la Cova de l’Or, los materiales de la Cova del Montgó  (Jávea) y los de la Cova de les Cendres, cavidad que vuelve a ocuparse en el V milenio a.C. estos elementos nos informan de la nueva realidad económica. De este modo, sobre rocas antes no utilizadas (pórfido, ofita....) se fabrican hachas pulimentadas que se usan, después de haber quemado la cobertura vegetal, para las labores de desforestación con las que se consiguen abrir los campos. Con las mismas materias se realizan las azuelas destinadas al trabajo de la madera, con la que debieron fabricarse un buen número de objetos que, por su naturaleza perecedera, no siempre conocemos. De está serían los palos cavadores que, con un contrapeso de piedra, servirían para airear la tierra y así poder plantar las simientes. La siega se efectuaría con la ayuda de hoces compuestas por láminas de sílex engarzadas con resina a una estructura curva de madera, y, piqueteando piedras, se obtendrían molinos de dos piezas con los que triturar los granos de cereal  (trigo y cebada), que, previamente, para su mejor conservación, se someterían a un proceso de torrefacción. Por otra parte, se seguirán empleando las piezas geométricas en sílex para fabricar armas de caza y no se abandonarían las tareas de recolección.

En Cedres y l’Or los análisis óseos revelan la importancia que en ganadería tenían la oveja y la cabra, especies que, aunque necesarias para la producción de leche y lana, serían apreciadas fundamentalmente por su carne. No faltan restos de cerdo y de buey, especie que pudo utilizarse como animal de carga. Es reveladora la abundancia de marcas de mordeduras de perro en los huesos, animal que cohabita con el hombre desde los primeros tiempos de la domesticación.

Existen adornos (brazaletes, cuentas y colgantes) realizados en piedra, hueso y concha. De hueso, se conocen anillos y algunos útiles de diversos usos, caracterizando al primer Neolítico las cucharas y las granadinas utilizadas en la decoración de algunos vasos.

La cerámica es la que mejor informa de la evolución del Neolítico. Durante una primera fase predominan las decoraciones impresas cardiales (N. Antiguo Cardial) que decaen en la segunda fase (N. Antiguo Epicardial) en la que son más perfectas las decoraciones con impresiones de instrumento y en la que se dan con cierta frecuencia vasos con decoraciones plásticas o incisas. Estas tres especies decorativas son las que caracterizan al Neolítico Medio, cuyos inicios hay que ubicar entre el V y IV milenio a.C.. Hacia el 3.500 a.C. puede hablarse de un Neolítico Final que queda caracterizado en una primera fase por cerámicas con una decoración lineal realizada después de la cocción (esgrafiado), y, en una segunda, por la generalización de las cerámicas no decoradas o lisas.

Los yacimientos aludidos nos informan de un modelo de habitación en cueva de larga duración que no fue exclusivo. Se conocen asentamientos al aire libre con materiales que cubren buena parte de la secuencia en Villena y Benifallim, recogiendo el Museo en conjunto de elementos procedentes del Pla dels Dubots  (Penáguila- Benifallim). Por otras parte, se sabe que las cavidades también se usaron como lugar de enterramiento.

En los inicios del tercer milenio a.C. (Neolítico Final-Calcolítico) se generalizo la vida aldeana en los fondos de los valles y se aprovecharon intensivamente las cavidades como necrópolis. A este momento se adscriben varios asentamientos con cabañas, de los que se conservan los silos excavados en el suelo que alcanzan al centenar en Les Jovades (Cocentaina). Antes de ser Director de este Museo, J. Belda encontró en el Llano de Santa Ana (Torremanzanas) estructuras similares próximas al monte donde se halla una de las necrópolis más relevantes del Calcolítico: la Cova de la Barcella. En esta cavidad aparecieron restos de más de 20 individuos junto a  buen número de objetos que hoy se recogen en el Museo Arqueológico de Alicante MARQ. En esta serie se observa un conjunto de útiles que, como ofrendas, se depositaban al lado de los inhumados. Destacan los grandes cuchillos y las puntas de flecha en sílex, las hachas y azuelas de piedra pulimentada y los punzones en hueso. Los muertos lucían un rico atuendo a juzgar por los elementos que, de piedra, hueso y concha hoy se  conservan: cuentas de collar, colgantes, botones y alfileres para sujetar el cabello. Los vasos cerámicos debieron contener ofrendas alimenticias o agua, constituyendo al testimonio de un ritual complejo en el que no está ausente la presencia de la divinidad que, es esta cavidad, se representa en una serie de ídolos”violín” en hueso que, de forma esquemática, constituyen el simulacro de la figura humana. Representaciones similares han aparecido en otras cavidades de enterramiento localizadas en Alcoy (Cova de la Pastora), Agres (Cova del Moro) y Planes (Cova d’En Pardo), y , a ellas, se asemejan los motivos bitriangulares del Arte Esquemático del Abric del Barranc de la Palla  (Tormos).

Dentro del conjunto de Barcella destacan en hueso un peine y un ídolo o colgante  especial (ancoriforme), cuya forma también se repite en una representación parietal de Abric VI del Barranc de El SALT ( Penáguila).

El repertorio de ídolos del Museo acaba con la mención de los procedentes del enterramiento de El Fontanal (Onil). Se trata de huesos largos de animales domésticos sobre los que se pintaron en rojo motivos que se interpretan como los ojos y el tatuaje facial de la divinidad que encuentran sus paralelos más próximos en otros hallados en cavidades de uso funerario de Alcoy (Cova de la Pastora y Cova de Bolumini) y en algunas manifestaciones de Arte esquemático como la del Abric de la Penya Escrita (Tárbena).

A los registros mencionados hay que añadir, en los que al Museo respecta, los materiales procedentes de los enterramientos de la Cova del Fun (Alicante), Cova del Montgó (Jávea) y Cova del Cantal (Bihar). Como ofrendas, en algunas de estas cavidades aparecen elementos que forman parte del conjunto de los primeros objetos de cobre (punzones, cinceles y aretes) que, por la vía del intercambio, llegan a la provincia procedentes del S.E. peninsular, donde a partir del 2.500 a.C. se desarrolla una cultura metalúrgica (Los Millares). En estrecha relación con la misma se detecta en Crevillente un asentamiento (Les Moreres) que, a diferencia de los otros, se ubica en alto y presenta sólidas estructuras de piedra.


Entre el III y el II milenio a.C. se detectan una serie de cambios que anuncian la Edad de Bronce,  período que, bajo la acepción de Bronce Valenciano, se caracteriza por la instalación de poblados en lo alto de los cerros y por la realización  de inhumaciones dobles o individuales en cavidades próximas a los lugares de habitación. A este momento de transición se asocia una cerámica especial por su forma y decoración (campaniforme), presente en el Museo en las series de la Cova del Montgó y de la Cova de les Cendres, junto a una serie de elementos nuevos como el puñal de la lengüeta en cobre documentado en la Cova del Cantal o los botones en hueso con perforación en “V” y el brazal de arquero en piedra de la Cova de la Barcella . Sin que desaparezcan los modelos de habitación y enterramiento característicos del Calcolítico comienzan a advertirse los rasgos que aquí definen  a la Edad del Bronce, citándose, a título de ejemplo, el poblado del Peñón de la Zorra (Villena) y el enterramiento individual en cueva, con rico ajuar metálico, hallado en una de sus laderas (Cueva Oriental del Peñón de la Zorra).

La Edad del Bronce comienza en torno al 1.800 a.C. En ésta se determina una ocupación plena del territorio, implantándose una economía cerealista complementada con otros cultivos y con los aportes de la ganadería. La abundancia de poblados en esta época no responde solamente al incremento demográfico constatado a lo largo de todo el Calcolítico, sino también a una menor durabilidad de la habitación en aquellos asentamientos que quedan más condicionados por el agotamiento de las tierras. En algunas zonas se desarrolla el regadío y se ensayan nuevas técnicas de cultivo que se traducen en ocupaciones de amplia cronología.

Junto a poblados de tamaño medio o grande, existen otros de pequeñas dimensiones que recuerdan a una pequeña granja o masía. Su ubicación en alto permite en control del territorio y de las vías de comunicación. En ocasiones, se habita junto a la costa (Illeta dels Banyets , en Campello) o en ligeras elevaciones (La Alcudia, en Elche). Por lo general, las casas presentan  una estructura pétrea de lados rectos, enlucida en su cara interna, sobre la que se apoyaban los muros elaborados con un material más ligero (cañas y barro). La techumbre se resolvía con vigas y postes de madera que sostenían un entramado de cañas y ramaje recubierto de barro endurecido. Lo más frecuente es que se ubiquen en las laderas, erigiéndose sobre plataformas. 

De este momento sobresalen en el Museo los materiales procedentes del poblado de la Serra Grossa (Alicante) donde aparecieron varias viviendas  en tres aterrazamientos.  Destacan las cerámicas de superficies cuidadas que, en ocasiones, presentan asas de cinta y pequeños apéndices (mamelones). El registro de dientes de hoz en sílex y de 3 kg de cereales carbonizados apoya una actividad agrícola. A partir del análisis de los cereales se dató este asentamiento en el siglo XIX antes de Cristo.

De este período se conocen en la provincia moldes y escorias que evidencian una metalurgia local. Aunque la mayoría de os elementos sigue siendo de cobre, ahora aparecen piezas que, sin reservas, son de bronce. En el Museo sobresalen dos conjuntos de piezas metálicas que son testimonio de la importancia que  en  estas tierras  tuvo la Cultura del Argar, manifestación propia de la Edad del Bronce del S.E. peninsular, que, sin una frontera estricta con la Cultura del Bronce Valenciano, extiende sus influencias a lo largo de la provincia. Proceden de tres yacimientos que deben considerarse  estrictamente argáricos por la documentación de enterramientos debajo del nivel de habitación: Illeta dels Banyets, Laderas del Castillo (Callosa del Segura) y  Laderas de San Antón (Orihuela). En el primero apareció un hacha, una sierra, una punta Palmela, punzones y puñales de remaches, junto a un rico conjunto de recipientes cerámicos, distintos elementos en hueso (una pieza del mango de un puñal, botones con perforación en “V” y punzones), algunos elementos de adorno, brazales de arquero, dientes de hoz y hachas y azuelas en piedra pulimentada. De los otros dos el Museo alberga en depósito los materiales de la colección Julio Furgús S.J., conjunto que, por su riqueza, se puede calificar de único. En éste sobresalen las piezas de oro (espirales, anillos y conos perforados a modo de cuentas collar) y las de cobre o bronce (alabardas, hachas, sierras, puñales y punzones), conservándose en algunas restos de madera del enmangue y de la tela con la que se recubrían para depositarlas en los enterramientos.

En los finales del II milenio a.C. continuaron  llegando influencias del S.E. dando lugar a los que se denomina Bronce Tardío (1.300-1.000 a.C.), fase determinada por la documentación de nuevas cerámicas, normalmente en poblados que, en mayor o menor grado, habían estado relacionados con la Cultura  de El Argar, y a la que se asocia el conocido Tesoro del Cebezo Redondo (Villena). De ésta, el Museo conserva los materiales de la Illeta dels Banyets que, tras un abandono, se vuelve a ocupar, construyéndose dos cisternas. Ahora abundan las decoraciones y las formas que, de modo genérico, se pueden relacionar con el denominado Horizonte Cogotas I, destacando dos vasos de tendencia esférica con una decoración puntillada de triángulos colgando del borde y varios fragmentos con el mismo tema o con otros (guirnaldas, metopas con ajedrez, etc...).Esta serie podría indicar una pervivencia del poblado en los inicios del Bronce Final, para desocuparse de nuevo, hasta la llegada del mundo ibérico.

Con el cambio de milenio comienza la última etapa de la Edad de Bronce, apareciendo nuevos elementos que se relacionan con un fenómeno cultural foráneo septentrional que toma su denominación de las manifestaciones propias de su vertiente funeraria: los Campos de Urnas. A este momento se adscribe al Tesoro de Villena cuya investigación va dando a conocer poco a poco sus raíces indígenas. En la providencia  se especifica un Bronce Final I, que afecta a poblados con fuertes raíces en la etapa anteriores, y un Bronce Final II que se definen por el establecimiento de otros de nueva planta, en los que, además de las influencias del norte, son importantes los elementos racionables con el Bronce Final andaluz y el mundo fenicio. Al Bronce Final I se asocian los  materiales que recogen el Museo del poblado de la Mola d’Agres (Agres), en el que aparte de una serie de cerámicas decoradas que lo relacionan con los Campos de Urnas, se ha determinado la presencia de una fíbula ad occhio de claras raíces mediterráneas, que debe fecharse en los siglos X-XI a.C. A esta fase (Agres I) le sigue otra (Agres II: s. VIII-VII a.C.) en la que abundan las cerámicas realizadas con la técnica de la incisión y la excisión. Por otra parte, en una de las laderas del cerro donde se ubica el poblado argárico del Tabaiá (Aspe) se han observado plataformas sobre las que se instalaron estructuras frágiles que podrían  constituir los únicos vestigios que se disponen de las viviendas del Bronce Final I.

Al Bronce Final II se asocian  los materiales encontrados  en el poblado de Los Saladares (Orihuela) y los que esta institución  recoge de la Peña Negra (Crevillente), donde se ha determinado una serie de estructuras de habitación (fondos de cabaña y restos de casas de planta angular y circular) y, en sus cercanías, los restos de una necrópolis de incineración con unas urnas superpuesta al poblado calcolítico de Les Moreres. Recientemente, se ha defendido una ocupación temprana del yacimiento (primera mitad del s. XIX), valorando que, en sus bases genéticas, intervendrían más las influencias del mundo de Cogotas I y las meridionales de Tartessos  que las de los Campos de Urnas. Parece que desde mediados del s.IX se determinan los primeros objetivos fenicios de importación. El final de esta fase (Peña Negra I) ronda el 700 a.C., iniciándose la siguiente u Orientalizante (Peña Negrea II) en el s.VII a.C.