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Por
Antonio
Martín Jordán
No
gira tanto esta exposición en torno al cuadro de Rubens que la protagoniza,
sino a un elemento iconográfico frecuente no solo en la Historia de la
Pintura, sino de todo el Arte en general: el espejo.
No
son muy abundantes las obras presentadas en esta exposición, que podremos
disfrutar hasta el 26 de enero, pero sí suficientes para la reflexionar a
cerca del significado icnográfico de este misterioso instrumento inventado
por la mente humana. Diferentes interpretaciones, paralelas a diferentes
culturas y épocas de la historia, encarnadas todas ellas en los artistas
protagonistas de la muestra, de los cuales no están todos ni todo lo que de
ellos esperaríamos.
La
Venus y Cupido de Rubens, protagonista de esta exposición es la que da
origen al contexto que se nos quiere mostrar en este momento. Esta obra,
pintada hacia 1606 y 1611 se trata de una de las numerosas copias que su
creador realizó durante su estancia en la corte española. Esta en concreto
copia el mismo tema que Tiziano realizó hacia 1555 y que vemos junto al
lienzo anterior de Rubens, antes de que regrese a la National Gallery de
Washington, de donde procede. No nos detendremos demasiado en comparar lo
incomparable. Cada uno de los dos lienzos pertenecen a autores tan diferentes
en la época como en el estilo, lo que conlleva una manera distinta de ver la
vida. En ambos cuadros se representa desde el sereno equilibrio renacentista
del veneciano hasta la impúdica sensualidad del holandés. No considero la
comparación de dichos cuadros el objetivo principal de la exposición.
Tampoco creo trascendente el comparar dos cuadros, de los cuales uno de ellos
copia con intención al otro. Es otro motivo, desde mi punto de vista, el que
origina la muestra del Thyssen. A él es al que recurrimos para este breve
comentario.
Como
decía al principio, y después de comentada la anécdota de la exposición,
trataremos más de jugar a averiguar jeroglíficos que a buscar los siete
errores.
El
significado iconográfico del espejo, a lo largo de la historia del arte ha
sido múltiple y digno de escribir en los libros, más que de resumirlo en un
simple artículo.
En
la presente muestra, el espejo se presenta aquí tanto como instrumento de la
vanidad, como símbolo de la virtud o un simple objeto cotidiano, por citar
solo algunas interpretaciones, de las cuales, las más características, están
presentes en las obras aquí expuestas y las cuales comentaremos de una en
una, debido al número pequeño de las mismas, existentes en la muestra, lo
que nos facilitará una sosegada reflexión sobre este aspecto.
En
los cuadros protagonistas de la exposición, citados más arriba, el espejo
parece representar la vanidad más que alguna virtud, ya que los desnudos que
nos muestran (el de la diosa) no parecen intuir pureza o sinceridad, sino más
bien sensualidad e incluso complicidad por la actitud de la diosa Venus, que
parece cubrirse más por vergüenza que por pudor.
Muy
al contrario se interpreta en el lienzo de Carracci. Los casi marmóreos y
clasicistas desnudos que se muestran en su lienzo Venus engalanada por las
Tres Gracias (c.1598) y que procede de la National Gallery de Washington,
entiende esa vanidad no como algo negativo, sino como lo entendían en las
culturas clásicas: una manifestación de la belleza. La visión positiva de
esta obra viene corroborada por la presencia de las Tres Gracias, a las que,
en el mundo antiguo se las consideraba omnipresentes en las buenas acciones. A
juzgar por el contexto en el que se pintó el cuadro, la civilización
cristiana, quizá pudiera interpretarse como
una alegoría de la virtud de la Prudencia. El tratamiento del desnudo en esta
obra también lo corrobora, al mostrar actitudes más bien inocentemente
infantiles ante el hecho de su propia desnudez.
El
escaso naturalismo de esta obra, así como su alusión simbólica, el
tratamiento del paisaje y la composición similar a un relieve romano, hacen
de ella un resumen del estilo de Carracci.
Un
cuadro con un tema parecido y que representa a los baños de Venus, sería el
que entre 1628 y 1639 representó Vouet y que se conserva en Cincinnati. No
contamos con esa obra en la exposición, pero sí podemos ver otra del mismo
autor, en el que un personaje femenino, inmerso en un paisaje celeste se mira
serenamente en un espejo, mientras que el Tiempo acecha bajo el mismo (imagen
muy similar a la que el autor recurrió en otro de sus lienzos: El Tiempo
vencido por el Amor, la Esperanza y la Belleza, que tampoco se encuentra en la
exposición del Thyssen, aunque sí lo podemos ver muy cerca, en el Museo del
Prado). Se trata, según la cartela, de una alegoría de la Prudencia. Aquí
la iconografía clásica se da de la mano con el cristianismo para darnos una
lección moralizadora: el elogio de una Virtud Cardinal.
También
en el barroco y sin salir de Francia, destacó Georges de la Tour, del cual se
nos muestra una copia procedente del Musée du Temps de Besançon. En él, una
Magdalena penitente aparece mirando absorta hacia un espejo, en el cual, por
su posición bien podría ésta quedar reflejada, lo que queda reflejado en él
es la calavera que posa sobre la mesa. Tal vez podríamos interpretar que
dicho reflejo es el de la propia Magdalena, quien en lugar de ver su propia
faz, ve la de la muerte, en clara alusión a los Novísimos, tema fundamental
de la meditación de todo buen cristiano, para no vivir apegado a las riquezas
de este mundo. Es una impecable manifestación de la vanitas, aspecto iconográfico
tan frecuente en esta época de la Historia del Arte. Nuestro protagonista, el
espejo, hace aquí de medio o instrumento útil para la reflexión y la
meditación interior, en clara contraposición a su uso contrario (como
instrumento de la vanidad). El artista francés demuestra con maestría los
efectos de los objetos reflejados y su capacidad para representar uno solo
desde varias perspectivas, todo ello enmarcado en su característico
claroscuro caravaggista.
Dos
de las piezas expuestas parecen diferir diametralmente del resto, desde un
punto de vista cronológico. Una de ellas se trata de un espejo (o más bien
lo que queda de él) que data del siglo II d. de C. Con este ejemplar se
asientan las bases iconográficas a las que recurrían los maestros presentes
en la exposición. Son los peinados, así como el tratamiento del desnudo lo
que nos confirma el gran conocimiento arqueológico de estos artistas.
Asimismo, la presencia de las Tres Gracias en relación al espejo es una alusión
a Venus y a la Belleza.
La
otra obra diferente en el tiempo a las demás es la de Venus y Marte de
Max Beckman (1937) y que procede de una colección privada. En esta obra no
parece existir ninguna virtud ni buena acción. La diosa tampoco es
representada como encarnación de la belleza o la virtud tal y como lo entendía
Carracci en su obra comentada, sino más bien como una mujer hastiada de
vanidad y rendida ante la imagen masculina (Marte) que parece recogerla detrás
de ella. Parece una pesimista visión de la Paz vencida por la Guerra. A todo
ello hay que añadir el colorido exotismo que rodea a los personajes y que
adornan sus cuerpos, lo cual denota más cercanía con el mundo primitivo que
con el de la mitología clásica. La obra en sí rompe con la doble tradición
iconográfica de Venus y el espejo, desviándose así de las pautas marcadas
para la pintura y el arte en general, en claro proceso hacia la destrucción
del mismo, como anhelaron ya los dadaístas, cuyas ideas marcarían otras
nuevas en el modo de actuar de los artistas del siglo XX.
Al
margen de estas dos obras peculiares, continuamos con la exposición sin salir
del mundo del barroco pero dando paso ya al panorama holandés, donde Hans von
Aachen (1552-1615) nos muestra Pareja con un espejo de hacia 1596
(Viena, Kunsthistorisches Museum, Gemäldegalerie) y que se trata de una
obrita muy original al óleo sobre cobre, en la cual una mujer con los pechos
descubiertos y un espejo en la mano, sonríe mientras que un hombre a sus
espaldas, de evidente sonrisa casi demoníaca, parece incitar a la mujer a
ejercitarse en la vanidad y todo lo que esto conlleva. Una clara visión
negativa del espejo, llena de un simbolismo cuya descripción nos resultaría
demasiado exhaustiva. La alusión a la lujuria es bien patente y la
originalidad técnica de la obra también, ya que a pesar de tratarse de una
obra holandesa y llena de detallismo, no está exenta de cierta suavidad a la
italiana en el tratamiento de las carnaciones, así como en el sfumato de las
líneas.
Gerard
ter Borch muestra en un delicioso cuadrito, muy parecido en la composición al
de Los jugadores de cartas (Sammlung Reinhart) la neutralidad ante la
presencia del espejo que en este caso no parece tener una clara alusión simbólica
o alegórica, sino que más bien aparece como un objeto cotidiano más,
integrado en un contexto intimista, tan del gusto de los pintores holandeses
de la época a la que estamos haciendo referencia, como el gran Vermeer,
quien, de otro modo, quizá sí hubiera aportado un carácter simbólico, como
hizo en muchas de sus obras.
Un
papel parecido juega el espejo representado en la obra de Bellini
(1470/80-1531) y que sostiene la mujer representada en el lienzo de la colección Stanley Moss. La destreza del maestro en
cuidar todo lujo de detalles se manifiesta en el espejo que aparece al fondo.
¿Vanidad? Quizá la que pusiera su autor en el tratamiento del desnudo y de
la belleza de su personaje, pero no parece existir en el pathos del mismo, quien hace uso del espejo como
instrumento cotidiano y necesario para el arreglo personal. Es de destacar
que, a pesar de los siglos que nos separan de este cuadro, bien parece
adelantarse en el tiempo hasta el período contemporáneo, de tal manera que
el desnudo representado bien pudiera ser un intento de adelantarse a la
genialidad de Picasso o a la originalidad de Botero.
Por
último pasamos a comentar otro cuadro, que por la extrañeza y peculiaridad
de su representación deberíamos ubicarlo en el llamado manierismo italiano.
Giovanni Girolamo Savoldo, nos muestra un autorretrato que más bien parece
ser un resultado de sus muchas experimentaciones científicas a cerca de los
efectos de la luz y la refracción de la misma. El espejo no abandona su valor
simbólico, pero Savoldo lo instrumentaliza para el estudio científico. Una
prueba más del valor que se le dio a la pintura no solo como arte sino como
ciencia experimental, fruto de una mentalidad galileana que conduciría sin
dificultad al gran siglo de los descubrimientos científicos: el siglo XVII.
Todo
un mundo simbólico y estético representado en pocas obras, pero que bien
consiguen lo que considero su propósito: acercarnos al mundo de la iconografía
y de las artes plásticas en su contexto estético, tan lamentablemente
olvidado en muchos de los visitantes que nos acercamos a observar más lo
anecdótico, que el valor de lo representado, quizá por culpa de la
influencia que ha ejercido en nosotros el valor turístico, por encima de la
educación estética.
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