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Por Antonio Martín Jordán
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La
devoción que por las Ánimas del Purgatorio tenía el Padre Piquer,
fue lo que dio origen a la fundación del Sacro Real Monte de Piedad.
Sabemos que los Monte Píos eran unas instituciones de carácter
caritativo, de frecuente aparición en diversas cortes europeas, que
contaban con el ciego apoyo de las monarquías, especialmente en la
católica monarquía española.
Que
el Monte de Piedad de Madrid derivara posteriormente en lo que hoy es
la Fundación Caja Madrid, algo con fines radicalmente distintos a lo
que comenzó siendo en el siglo XVIII, es lo que hace que se conmemore
en este año su tercer centenario, y dicha conmemoración sirve de
feliz excusa para abrir una triple exposición sobre la figura del
monarca que amparó este proyecto: Felipe V. |
La exposición se presenta en tres
sedes distintas: la Casa de las Alhajas (sala de exposiciones de la Fundación
Caja Madrid), donde se recogen aspectos relativos fundamentalmente a la
arquitectura regia y que lleva por título Madrid y los Sitios Reales;
el Palacio Real (sede del primer monarca de la dinastía borbónica), donde se
albergan objetos cotidianos, además de importantes piezas artísticas que nos
ofrecen un completo panorama de la vida cotidiana en la corte de quien fuera
nieto del gran Luis XIV, ostentando el título de La vida del Rey. Una
tercera sede se dedica exclusivamente al arte de la pintura en la época de
Felipe V, lleva por título La pintura y tiene lugar, como no podía
ser menos, en el Museo del Prado.
Una
triple exposición que, a modo de ruta turística hará las delicias de los
visitantes madrileños, a la vez que se inserta en un eje histórico de la
ciudad muy decisivo e importante para la figura del gran monarca.
Madrid
y los Sitios Reales
La
sede de la Casa de las Alhajas encierra, a modo de itinerario histórico por
la vida del rey, todo lo relativo a la arquitectura de los Reales Sitios. Se
puede decir que la muestra de esta sede acoge dos aspectos relativos al Felipe
V: su vida y reinado y la arquitectura desarrollada en España a lo largo del
mismo. En cuanto a su itinerario vital y político, varios lienzos del
monarca, entre los que destaca el retrato de Rigaud que preside la exposición,
ilustran lo que fueron las etapas de su reinado, desde su puesta en marcha
tras la Guerra de Sucesión, hasta su muerte, pasando por aspectos destacados
como el breve y triste reinado de Luis I. A su vez, un audiovisual, más
esmerado en su decoro que en sus
contenidos, ilustra estos aspectos de la vida del rey, al son de la música de
Lully y Charpentier, entre otros, quienes deleitaron los oídos de su abuelo
en la añorada pero ya lejana corte de Versalles.
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El
segundo aspecto de la exposición, que da título a la misma es el
dedicado a la construcción y remodelación de los Reales Sitios. En
él se destaca el vivo contraste que los gustos borbónicos iban a
producir sobre una estética ya acostumbrada a las formas de la casa
de Habsburgo. El afán emprendedor de la nueva dinastía en España,
se unía a la nostalgia de un monarca que dejó grabada en su memoria
el ambiente de Versalles y Marly, lugares que había frecuentado
cuando vivía con su abuelo el gran Luis XIV de Francia. |

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Planos,
alzados y trazados originales de jardines y palacios como el de La Granja, El
Nuevo de Madrid, Aranjuez, El Pardo o El Buen Retiro, ilustran, algo
cansinamente y sin apenas explicaciones, los sueños del monarca, que no todos
fueron llevados a la realidad, de
la mano de Ardemans, Juvarra,
Sachetti, Bonavia, Carlier, Pedro de Ribera, etc., en los que se unen el afán
borbónico de fundir los gustos italianos y franceses al irrenunciable y bien
asentado de la anterior dinastía.
El
matrimonio con Mª Luisa Gabriela de Saboya, pero sobre todo el de Isabel de
Farnesio, quien por su fuerte personalidad bien merece una exposición sobre
su persona en exclusiva, ante quien no resistieron ni los inteligentes
consejos de la Princesa de los Ursinos, fue decisivo para traer a la corte
española el gusto por lo italiano, fundiéndose al francés que ya traía el
nostálgico monarca.
Quizá
lo más bello y por eso digno de destacar de esta muestra sean los diminutos
lienzos pero hermosos de Michel-Ange Houasse, a quien debemos agradecer su
fidelidad a la hora de captar el paisaje y la anécdota tanto popular como
cortesana de la época, aunque para ello no renuncie a su estricto clasicismo.
El gran protagonismo de este pintor en la época de Felipe V, así como la
abundancia de obras suyas dejadas en nuestro país,
es lo que hará que éstas aparezcan con frecuencia en esta triple
exposición.
No
solo los Reales Sitios cobran protagonismo en esta colorida y entretenida
muestra, sino aquellas arquitecturas que decoraron el Madrid de la época para
lo bueno y para lo malo. Encontramos planos y dibujos de edificios, iglesias y
palacios para la nobleza por un lado y por otro, diseños de catafalcos, algo
tan frecuente a la hora de honrar las exequias de monarcas o familiares de los
mismos, lo que consideramos una oscura faceta de la arquitectura madrileña de
la época, no tanto por lo que denota de fúnebre sino por haber sido poco
divulgado, aunque no poco estudiado por los especialistas de la historia de la
arquitectura.
La
vida del rey
El
Palacio Real de Madrid alberga un aspecto no menos interesante, aunque quizá
más anecdótico de lo que fue el reinado del neurasténico monarca: la vida
en la corte. Con el titulo La Vida del Rey, se nos muestra un resumen,
quizá demasiado sintetizado, de lo que fueron los avatares cotidianos del
monarca y su familia, dentro de la cual, como era inevitable, también existían
actos públicos.
Da
la bienvenida a la exposición una hermosa berlina dorada que llama la atención
sobre el visitante y le advierte de la riqueza y grandeza en que la corte se
desenvolvía, al menos aparentemente en algunos casos.
Numerosos
lienzos de la familia del monarca protagonista abren la exposición, dando a
conocer sus orígenes y reafirmando su legítima descendencia de quien fuera
el Rey Sol. Muebles, vajillas y algunas prendas de vestir ilustran y suscitan
la empatía de una corte nostálgica y a la vez renovadora, que añoraba el
empaque versallesco, a la vez que pretendía modernizar la estructura política
y social de España.
Numerosos
grabados, algunos muy importantes, traídos incluso de la Biblioteca Nacional
de París, ilustran la vida cotidiana de la corte de Versalles y su alma
gemela de Felipe V en España, recurriendo a actividades propias de un monarca
del siglo XVIII como eran el juego, la caza o las veladas musicales, en las
que debió destacar el protagonismo de Farinelli.
El
inicio de su reinado y la Guerra de Sucesión cobran un protagonismo
importante, ilustrándose con grabados y un gran lienzo sobre la batalla de
Almansa, donde sin mucho esmero estético, destaca la preocupación por el
autor de las tácticas militares.
La
religión, que por su carácter cristiano, va intrínsecamente unida a la vida
cotidiana, es un aspecto que aparece inmejorablemente ilustrado en esta
exposición, donde aparecen grandes obras de arte pictórico de autores como
el original Solimena o Meléndez, además de pocos pero suficientes ornamentos
litúrgicos.
Una
última sala se destaca por estar centrada en la figura del personaje
literario del Quijote, que deleitó los gustos de Felipe V, hasta el punto de
poseer tapices con escenas ilustrativas de la genial obra de Cervantes, así
como algunos lienzos entre los que sobresale la gran diferencia del clasicista
Houasse con otros pintores más tradicionalistas en el empleo del color y el
dibujo.
Una
exposición, ésta del Palacio Real, algo corta y que olvida algunos aspectos
importantes como la del reinado de Luis I o la de los retiros del Rey en La
Granja. No obstante no debemos reprochar nada al Patrimonio Nacional quien,
hace dos años nos deleitó en este último citado Real Sitio con la muestra
que tuvo lugar con motivo del tercer centenario del inicio de la monarquía
borbónica. Aquella sí fue inmejorable.
La
pintura
El
Museo del Prado acoge en algunas de sus salas una serie de obras quizá no muy
variadas en los temas o el estilo. Todas las obras expuestas se centran en un
leit motiv común: el rey. Todo gira en torno a la persona del monarca, cual
sol a cuyo alrededor giran los demás astros, lo que demuestra que supo poner
bien en práctica los consejos de su abuelo Luis XIV, haciendo de la corte
española un pequeño Grand Siécle. El retrato será el género protagonista
en la pintura cortesana, dentro del cual encontramos obras enmarcadas en la
idealización de la figura del monarca o de sus familiares, al que se suma el
aparato heredado de la corte de Versalles, todo ello envuelto de colores en
tonos pastel que ilustran esta época como si de un paraíso colorido y
optimista se tratara. Es la imagen de una corte que cambia los fondos negros
de los Habsburgo por el azul optimista de la nueva dinastía. Estas son las
características comunes que definen a todos los artistas creadores de estas
obras. Cada uno de ellos, es algo inevitable, tiene su propio estilo, aunque
llega un momento, con el auge del academicismo, en que las pautas de la corte
se imponen de tal manera que hace que las obras de los artistas apenas se
diferencien. Rigaud será quien trajo el relevo de la corte de Luis XIV a España,
especialmente en el retrato de aparato. Su mismo estilo será imitado, por
exigencias oficiales, por otros autores franceses como Jean Ranc, Van Loo o
Michel-Ange Houasse o el español Miguel Jacinto Meléndez, si bien este último
mantuvo un estilo personal muy español, acercándose a la pintura cortesana
de la época de los últimos Austrias, eso sí sin ofender el gusto de Felipe
V e Isabel de Farnesio. Michel-Ange Houasse no corrió la misma suerte en lo
que al retrato oficial se refiere. Aunque no se sabe muy bien por qué, no
gustó demasiado a Felipe V y se prefirió a artistas como Jean Ranc, quizá más
tradicional pero más fiel a la idealización que exigía la corte. De él
destaca un hermoso lienzo de Vertumno y Pomona en el que se nos muestra la
faceta más personal del pintor, sin demasiados límites oficiales como se
imponían en el retrato oficial. No obstante Houasse sí segurá trabajando
para el rey en temas mitológicos y costumbristas.
La
mitología es otro de los aspectos favoritos del monarca. La imagen de un rey
culto que esta transmitía, se une a su función de vehículo transmisor de la
virtud cristiana. Ello se puede apreciar en obras como las alegorías
referentes al propio monarca o a sus herederos, así como en la serie que
Juvarra proyectó para La Granja de San Ildefonso, sobre Alejandro Magno, en
quien se personifica a Felipe V como monarca virtuoso según sus convicciones
católicas. Un programa que, unido a la decoración escultórica de las
fuentes y jardines del complejo palatino segoviano, debió servir como tema de
meditación de sus largos retiros por aquellos parajes. Es en esta serie, además
de en otras obras expuestas en el resto de la exposición, donde se deben
citar a pintores italianos que serían muy del gusto de Isabel de Farnesio,
como Sebastiano Conca o Francesco Solimena, quien siguiendo el estilo de Lucca
Giordano, se pone a la cabeza de la pintura napolitana de esta época.
Además
del retrato y la mitología, era frecuente el tema de las costumbres y juegos
populares, llevadas de la mano de artistas como el ya citado y clasicista
Houasse, así como del gran Watteau, más idealizado y retrotraído hacia el
manierismo. Houasse, quien podría haber representado a los tipos populares
tal y como eran, tuvo que atenerse a las directrices del monarca para
representarlos a la manera cortesana francesa, acercándose así al estilo
bambociante de la pintura francesa del XVII.
Watteau,
a pesar de ser francés, menos clasicista y más cercano al rococó, gustó a
Isabel de Farnesio, a quien perteneció la colección que hoy cuelga en el
Museo del Prado, aunando así en una perfecta sintonía, el gusto francés al
italiano, sobre la mesa de la corte española.
Bien
se echa de menos mayor atención hacia el capítulo de la escultura, si bien
encontramos un par de obras en el museo del Prado, así como retratos
ecuestres en el Palacio Real, pero ¿qué hay de aquellos escultores franceses
traídos a la corte española para la fontanería de La Granja? ¿Y de los
maestros de la escultura religiosa?
No
obstante, esta triple exposición supone una prueba más del logrado intento
de divulgar el nombre de unos artistas, que pudieron destacar más como
maestros si el ambiente en el que vivieron no les hubiera cortado las alas
para someterse al gusto oficial, a la mera funcionalidad del arte por encima
de toda inspiración personal. El colorido y el optimismo de los personajes y
suntuosos edificios puede evocar una corte grandiosa y alegre, pero también
ocultar el sometimiento que el arte hubo de sufrir de manos de unos gustos
oficiales imperantes. Gustos que serían puestos a disposición de los
artistas que más adelante, en el reinado de Fernando VI, constituirían la
Academia.
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