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LA
OPINIÓN DE LICEUS
El
Arte de la Pintura de Vermeer y Las Meninas de Velázquez se
exhibirán juntos durante una semana en el Museo del Prado.
Gracias
a la generosidad del Kunsthistorisches Museum de Viena, el Museo Nacional del
Prado presentará al lado de Las Meninas de Velázquez, El Arte de la Pintura
de Vermeer, uno de los cuadros más emblemáticos del pintor holandés, que se
pudo contemplar en la exposición “Vermeer y el interior holandés” (19
febrero – 18 de mayo de 2003). Una ocasión excepcional para comparar dos de
las grandes obras maestras de todos los tiempos, que tratan el tema de la
naturaleza de la pintura y el papel del artista.
Durante
el acto que tendrá lugar el próximo lunes 19 de MAYO DE 2003, A LAS 12:00 en
la sala 12, estarán presentes Miguel Zugaza, Director del Museo, el Dr. Karl
Schütz, Director de la Gemäldegalerie del Kunsthistorisches Museum de Viena
y Gabriele Finaldi, Director Adjunto de Conservación e Investigación del
Museo.
Acceso:
Puerta de Velázquez (Pº del Prado, s/n), 11:45 h
LA
OPINIÓN DE LICEUS
VELÁZQUEZ
VERSUS VERMEER
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¿Qué
tienen en común Velázquez y Vermeer? Es más, ¿qué tienen en común
Las Meninas y El Arte de la Pintura?.
Éstas parecen ser las preguntas que se han planteado los
conservadores del museo del Prado ante la muestra que se presenta el
lunes 19 de mayo.
Tras
concluir la exposición Vermeer y el interior holandés con
“gran éxito de público”: todos los que se hayan acercado a verla
son testigos de las largas colas que han tenido que soportar para
acceder a la muestra, lo que nos lleva a otra reflexión, al del fenómeno
de las exposiciones temporales. No sabemos si debido a una buena campaña
de marketing, a la moda de hacer colas, o a que realmente el reclamo
(en este caso así lo era) fomentaba el ansia cultural del público,
el caso es que las grandes exposiciones van ligadas a interminables
esperas a las puertas de los museos.
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En
esta ocasión, como último coletazo de esta magna muestra que ha
conseguido reunir por primera vez en España un número considerable
de obras del artista holandés (principal reclamo de la exposición),
muy bien acompañado por coetáneos suyos, la Pinacoteca Nacional
expone juntas las consideradas por muchos obras maestras de estos dos
artistas barrocos.
Ambas
obras han sido catalogadas siempre como enigmáticas. ¿Qué representa
realmente Las Meninas? ¿Velázquez está retratando a la infanta
Margarita y su séquito, como parece indicar el lienzo de gran tamaño que
aparece a la izquierda del cuadro? ¿O está retratando a los reyes (quienes
aparecen en el espejo del fondo y al que dirige nuestra mirada el último
colgadero de lámpara del techo) y en ese preciso instante aparece su hija? ¿Y
Vermeer? ¿Es un autorretrato o la reafirmación de la pintura como arte
liberal?
A
primera vista las similitudes parecen obvias: los dos pintores se
autorretratan en su obra magna -en el caso de Vermeer sólo son
especulaciones, no todos los especialistas se ponen de acuerdo en que sea él
mismo el retratado en este lienzo-, no sabemos si como alarde de la pintura o
del pintor. Conocidas son las “artimañas” de Velázquez por dignificar su
hacer, de apartarlo de toda consideración de oficio, puesto que su mayor
deseo era ser condecorado con la obtención del título que le permitiría
usar el hábito con la Cruz de Santiago. Por eso, quizás su aparición en Las
Meninas sea un acto más de dignificarse a él mismo como pintor que al
arte de la Pintura. Sin embargo, a primera vista, la obra del holandés parece
que va en sentido contrario. Aquí el pintor no tiene tanta importancia,
puesto que se presenta de espaldas y lo que se nos muestra es el lienzo, el
fruto de su obra. Pero un análisis pormenorizado nos indica algo más. Fijándonos
en su atuendo vemos que en realidad va más allá: su ropa no pertenece a la
propia del siglo XVII, sino que se trata de un traje del siglo XV. Los
especialistas han querido ver en este gesto la intención de Vermeer de
vincular el arte de su tiempo con el de la época de los grandes maestros como
van Eyck y van der Weyden. Además, la trompeta que porta la musa a la que se
está retratando, es símbolo de la fama, vinculable por tanto a la fama que
puede alcanzar el artista. No olvidemos que la pintura estaba llena de
simbolismos, sobre todo la holandesa, que cuenta con un importantísimo
precedente en las pinturas del siglo XV, que no dejaban nada al azar y en la
que absolutamente todo lo representado tenía un significado implícito. Esta
obra está pues repleta de alusiones a la vida de la época. De este modo, la
lámpara es adornada con el águila bicéfala de la dinastía de los Habsburgo,
cuyo poder político en Holanda va desapareciendo (el tratado de Westfalia de
mediados de siglo otorga la independencia a las provincias holandesas del
norte), de lo que es señal el hecho de que el candelabro no porte ninguna
vela. Además, el caballete que sujeta el lienzo que en ese preciso instante
se está pintando, apunta hacia el mapa, enmarcando la nueva república
holandesa. Por otro lado, Clío, alegoría que aparece en el cuadro, es la
musa de la Historia (sus símbolos son la corona de laurel y el libro). Es una
de las nueve musas, que en la Antigüedad eran divinidades de la inspiración
en las artes y las ciencias. El artista está inspirado por las musas, por lo
que de este modo Vermeer proclama la condición de la pintura como arte
liberal, entroncando en cierto modo con la postura velazqueña.
En cuanto a un
análisis formal, esta iniciativa de exponer las dos obras juntas nos permitirá
conocer cómo los dos artistas utilizan métodos diferentes para solucionar
planteamientos similares, veámoslos:
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La
luz:
la
obra de Velázquez recibe varias fuentes de luz, la de la ventana
lateral (que hace brillar trajes y joyas), la de la puerta del fondo y
la que despide el cuadro/espejo del final de la estancia. En Vermeer
hay una única fuente de luz, proveniente de una ventana tapada por el
rico cortinaje de la izquierda (que, por otro lado, muestra uno de los
negocios más prósperos de Holanda, el de los paños).
El
espacio:
Vermeer
crea sensación de profundidad gracias a las diagonales del tablero,
de la silla (cuya posición en primerísimo primer plano invita al
espectador a adentrarse en la escena) y de las baldosas. Velázquez
emplea otra técnica diferente: una gran porción de techo (sin vigas)
crea ilusión de espacio, así como la superposición de las figuras
en varios planos sobre el suelo, un suelo uniforme, sin baldosas ni
alfombra con motivos, lo que representa todo un alarde de la maestría
del pintor (es dificilísimo que las figuras permanezcan totalmente
apoyadas en el suelo, sin dar la sensación de estar flotando).
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El
arte de pintar: Velázquez
nos muestra su paleta y sus larguísimos pinceles, lo que nos aporta
información sobre la técnica de su pintura. Si por un lado podemos
distinguir la pincelada suelta y larga, por otro comprobamos que es
posible gracias al uso de estos pinceles. Vermeer nos muestra otro
aspecto de la técnica: su mano descansa sobre un tiento, un
instrumento sobre el que se sostiene la mano mientras se ejecutan
detalles minuciosos.
Estos
y otros aspectos pueden comprobarse con una obra al lado de la otra. La
comparación de la pincelada de los artistas, su tratamiento de la luz, la
diferencia de culturas en unos países que hasta hacía poco habían sido
reinados por la misma monarquía y que hace que temática y hasta dimensiones
de las obras sean distintas, etcétera, entretendrán a propios y profanos en
este cara a cara de dos de los grandes maestros de la historia del arte.
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