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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA DESDE LA VISIÓN DEL MOVIMIENTO ROMÁNTICO

Del 19 de septiembre al 23 de noviembre de 2008


Más de 170 piezas, procedentes del Museo Romántico de Madrid, de muy variado signo (pintura, grabado, escultura, dibujo, monedas, objetos de uso cotidiano, mobiliario, etc.), ofreciendo una original visión sobre el conflicto bélico, aquella que tuvo la sociedad que se desarrolló con posterioridad a la Guerra de la Independencia, creadora de mitos e hija de un tiempo marcado por un hecho dramático de amplias repercusiones.


Esta exposición supone una ocasión única para mostrar al público - como anticipo a la próxima inauguración del Museo Romántico de Madrid- una buena parte de las importantes colecciones que alberga este centro, actualmente cerrado. A través de ellas, el Torreón de Lozoya y el Museo Romántico se suman a la conmemoración del Bicentenario de la Guerra de la Independencia pero de una forma completamente nueva que singulariza a Segovia en el marco de las actividades desarrolladas por todo el país: la Guerra de la Independencia vista a través de los ojos de la generación posterior a la misma -la de los románticos-; no en vano, el Romanticismo fue un movimiento estético y cultural que contribuyó, de manera definitiva, a crear todo el mito que rodeó a este acontecimiento patriótico -para aquella sociedad un hecho relativamente reciente- que dejó una huella profunda en la historia de España y que tenía un valor de enseñanza para el futuro.

Para ilustrar esta idea ha sido necesario acudir a una gran diversidad de piezas: pintura, escultura, artes decorativas, libros, documentos, estampas, dibujos e impresos, etc., destacando una nutrida representación de los géneros y artistas más importantes de la época: Zacarías González Velázquez, Vicente Carderera, Vicente López, José de Madrazo, José Aparicio, Valeriano Domínguez Bécquer, Leonardo Alenza, Antonio María Esquivel, Eugenio Lucas, etc, así como un amplio repertorio de artes decorativas: mobiliario, figuritas de plomo, porcelanas, barros, medallas, utensilios de tabaco, objetos de tocador, armas y otras piezas alegóricas, como los abanicos conmemorativos de la Constitución de 1812.

La exposición pretende proporcionar una magnífica ocasión para reflexionar, siguiendo sus seis apartados, sobre los mitos creados durante y con posterioridad a la Guerra ya que, una vez terminada, hubo un interés por mantener en la memoria colectiva –con el fin de afianzar el poder absolutista- los “horrores” cometidos por los franceses. El conflicto no sólo suscitó el primer brote de nacionalismo español, sino que dio lugar a una verdadera guerra civil, que acabó con el proceso de la Ilustración del XVIII, marcando con ello vivamente todo nuestro siglo XIX. Con ella se generó un dilema de difícil solución: la modernidad y el progreso de los “afrancesados” (la Ilustración, la Razón, la Enciclopedia y el Laicismo), de una parte, o la tradición y el patriotismo (lo autóctono, la Nación, la Inquisición y la Corona), de otra. Como sabemos, ganó la tradición, algo que marcó vivamente el descontento romántico: a mediados del siglo, el filósofo Jaime Balmes describía ya la escisión entre las dos Españas: la del pasado y la del porvenir, la de Mesonero Romanos y la de Larra.


La memoria épica de la Guerra contribuyó también a definir las características políticas de la España Romántica: las insurrecciones, pronunciamientos, las revoluciones y todas las convulsiones de la cultura que estaban, más que en ninguna otra época, relacionadas con los vaivenes de la política. La memoria creará un mito en el que se olvida que la España de 1808 tuvo la posibilidad de llevar a cabo una verdadera revolución y en su lugar se subraya la idea de nación indomable. Por otro lado, es un hecho que la imagen romántica de España -ese arquetipo que los europeos fabricaron de nuestro país- se consolidó con esta Guerra, considerada posteriormente por toda Europa como una lucha contra el poder tiránico de Napoleón. Fue una guerra de afirmación nacional frente al invasor, escenario perfecto de la agonía de un Antiguo Régimen que no acababa de desaparecer.

El recorrido de la exposición comenzará con la presentación de los retratos de los protagonistas. Tanto la familia real española: Carlos IV, María Luisa, su hijo el infante Francisco de Paula, Fernando VII, Isabel de Braganza, etc., como los prohombres y militares: Espoz y Mina, Rafael Riego, el Marqués de la Romana, Palafox, Castaños, Escoiquiz y un largo etcétera. Destacaremos el fantástico retrato de Don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, de Antonio Carnicero (1748-1814), realizado entre los años 1805 y 1808, que nos muestra al valido de Carlos IV desde una doble perspectiva: como intelectual y como valeroso oficial del ejército. La finalidad fundamental de estos retratos era la de dar a conocer, de forma más cercana, el rostro de los protagonistas, en un claro intento de difundir su imagen entre las clases populares, con el fin primordial de reforzar el gobierno o la rebelión militar. También el bando francés e inglés difundió la imagen de sus políticos -incluido el Emperador Napoleón- y militares -como Wellington-.

El segundo bloque de la exposición pasará revista a la guerra y a la táctica de la guerrilla. El propio Napoleón estaba convencido de que la guerra contra los españoles sería fácil y rápida. El Dos de Mayo, la Batalla de Bailén o el primer sitio de Zaragoza adquirieron rápidamente la condición de mitos referenciales. La victoria de Bailén demostró que los franceses no eran indestructibles y aumentó las esperanzas de la resistencia. La retirada de las tropas imperiales hacia los Pirineos y la salida de Madrid de José Bonaparte dieron comienzo a la segunda fase –“de ocupación”- de la Guerra, determinando la presencia del Emperador en España y la vuelta a la corte de José I. La ausencia de Napoleón desde 1812 del territorio español y el empuje de los ejércitos rebeldes y aliados determinarán que en junio de 1813, Wellington, al mando de las tropas británicas, españolas y portuguesas, venciera definitivamente a los franceses en la batalla de Vitoria. Además de los grandes acontecimientos se revisará igualmente el papel de la guerrilla, caracterizada por el ataque por sorpresa, gracias a su conocimiento del terreno y a la colaboración de la población civil, logrando ocasionar grandes bajas a los invasores.

La reinvención romántica del mito, los héroes y heroínas ocupará el tercer bloque. La concepción nacionalista de la historia centró su interés en remarcar las peculiaridades de cada nación, dentro de los conceptos idealistas de la patria, el honor y el heroísmo. La gloria se obtenía a través de la muerte ejemplar en la lucha. El culto al héroe popular y las ceremonias civiles en las que se le recordaba y veneraba, fue un fenómeno nuevo que se desarrolló a lo largo de todo el siglo. También se remarcará el papel de la mujer, que dejará de ser un ser frágil y pasivo, para encarnar a activas heroínas como Manuela Malasaña o Agustina de Aragón, a la que se reconoció concediéndole un sueldo y un grado militar dentro del Cuerpo de Artillería. En sus representaciones artísticas lo teatral se combinará con lo trágico para marcar los tintes oscuros de la descripción de la batalla o de la muerte individual. La pasión, la ira, la furia… serán las grandes protagonistas de estos grabados, estampas y lienzos, que se crearon con una clara finalidad propagandística de exaltación nacional. Nadie podía quedar impasible ante las trágicas acciones representadas, que pretendían reforzar el sentimiento de dignidad y resistencia del pueblo español ante el enemigo invasor.

En el cuarto bloque la exposición demostrará cómo la pintura de historia, característica de estos momentos, hizo un uso ingente de la alegoría: se saturó de una significación conceptual, de personajes que tenían una función metafórica. Son obras que pueden ser clasificadas como un espectáculo hablado, como la puesta en escena de un discurso y que, a menudo, remiten a una personificación de realidades abstractas. La alegoría clásica exigía un conocimiento intelectual y literario para poder ser descifrada. Hoy en día podemos considerarla como un código perdido pero, durante la Guerra de la Independencia y el periodo Romántico, este lenguaje, para nosotros hoy desconocido, era algo vivo y universal, conocido por todos.

La quinta sección de la muestra se centrará en las consecuencias políticas de la Guerra, en las Cortes de Cádiz de 1810 y en la Constitución de 1812, que intentaron instaurar el Estado Liberal en la Nación Española. La Constitución estableció una Monarquía liberal y parlamentaría, basada en los principios de la soberanía nacional y en la separación de poderes. El poder legislativo alcanzaba una preeminencia, una hegemonía con respecto al ejecutivo, cuyas atribuciones se restringían considerablemente, sobre todo para que el Rey no fuese un obstáculo al desarrollo de las Cortes. Con el texto constitucional se producirán múltiples avances sociales: se aprueba la libertad de prensa, se suprime el tormento en el procedimiento penal, se excluyen las pruebas de nobleza para el de­sempeño de cargos públicos o profe­sionales, se establece la libertad de industria, con lo que se quiebra la obligatoriedad de los gremios, se re­conoce la propiedad intelectual, se prohíben los mayorazgos, etc. Aunque la guerra se había hecho en nombre del Rey, todos sus logros se debían realmente a la ausencia de éste. La vida de “la Pepa” fue breve, ya que fue abolida cuando Fernando VII subió de nuevo al trono tras finalizar la Guerra en 1814, instaurando de nuevo la monarquía absoluta. Durante el Trienio Liberal (1820-1823), vuelve a jurar la Constitución de Cádiz, el 9 de marzo de 1820. Pero este sueño liberal dura bien poco: el maravilloso cuadro de José Aparicio, el “Desembarco de Fernando VII en el puerto de Santa María en 1823”, nos recuerda el abrupto despertar y el desencanto que supone la vuelta -otra vez plagada de engaños- de la memoria conservadora del Antiguo Régimen.

En el último bloque, el más extenso, la muestra pasará revista a la forma en la que se desenvolvía la vida cotidiana del Romanticismo, diferenciando siempre entre las clases sociales nobles y populares, entre el mundo masculino y femenino. Allí se describirán los tipos y estereotipos: el petimetre, el afrancesado, los majos, el bandolero; las costumbres y los trajes; las relaciones amorosas y las bodas; las diversiones: juegos, charlas, tabernas, bailes y toros y el mundo de las creencias: la Inquisición, la religión y la muerte. Por lo que se refiere a las formas de vida se constata que realmente apenas había cambiado nada en España desde 1808: seguía siendo un país roto físicamente por la guerra y doblemente fracasado en su proyecto de modernización política y económica, donde todavía reinaba un Antiguo Régimen que no acababa de desaparecer, la terrible Inquisición, la “barbarie” de las costumbres, la tra­dición católica, la pluralidad de nacionalidades, el retraso en la industrialización, etc. Frente al mundo cortesano, afrancesado, amanerado y formalista, convivirá un elemento popular, rústico o campesino y, al lado de éste, otro más bravo y violento, esencialmente ciudadano o de zona suburba­na: el Majo y la Maja. En adelante, hay una verdadera idealización del tipo, que se convierte en el más explotado por los costumbristas del siglo XIX, ya que supone una exaltación del pueblo frente a las clases altas, de lo nacional y castizo frente a todo lo extranjerizante, respaldando la idea de que lo español genuino se encuentra en la clase popular.

La incipiente burguesía y la aristocracia -que se había establecido en la capital desde el siglo XVIII, debido al centralismo borbónico- será cada vez más cosmopolita, dedicando una gran parte de sus ingresos a gastos fijos para el mantenimiento de su estatus social y su estilo de vida, en algunos casos, muy superior a sus auténticas posibilidades.

Comienza ahora a perfilarse un odio anti-francés, que se había alimentado durante todo el siglo anterior, debido a la influencia gala sobre la corte española. La excesiva simplificación entre patriotas y afrancesados dio sus frutos. A estos últimos -generalmente clases altas o acomodadas- se les acusó de apoyar al rey intruso y, con él, la posibilidad de una modernización de la sociedad española. Fueron tratados con desdén por toda la literatura y la crítica, que denunciaba su ociosidad, su amaneramiento y hasta su forma de vestir: el término “petimetre” se empleó en el lenguaje del siglo XVIII, penetrando más tarde el vocablo “currutaco”, “pisaverde”, “lechuguino”, etc. Estas “clasificaciones” no eran una novedad en la época romántica como prueban “el calavera” de Larra y los afectados personajes que aparecían en “Los españoles pintados por sí mismos” y en todas las colecciones costumbristas que de esta obra se derivaron.




 

 


TORREÓN DE LOZOYA de Segovia
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