Hace unos 1200 años, unos monjes
llegaron al actual emplazamiento de Santillana, trayendo las
reliquias de una santa de nombre Juliana
que había sido martirizada por orden de su marido Eulogio
por no querer renunciar a la virginidad y a la fe de Cristo,
durante las persecuciones decretadas en tiempos del emperador
romano Diocleciano, a finales del siglo III.
Ocuparon unas tierras y fundaron una pequeña ermita
y monasterio que con apoyo nobiliario y regio y las aportaciones
de sus vasallos llegó a ser la mayor abadía
de Cantabria durante la Edad Media. Los primeros documentos
conservados (a partir del año 870) hacen referencia
a donaciones de vasallos, con lo que el cenobio va adquiriendo
notoriedad e influencia, hasta llegar al año 1045 en
que el propio rey de Castilla Fernando I la toma bajo su protección
y le concede privilegios y exenciones, reconociendo al abad
del monasterio como señor de la villa. De ese modo
quedan unidas con el mismo nombre: Sancta Iuliana
> Santillana.
El siglo XII es la época de mayor
pujanza económica y jurisdiccional del monasterio,
a la vez que atrae a numerosos peregrinos que se dirigían
a Santiago de Compostela por el primitivo camino de la costa
a través de Oviedo, el cual tenía en punto de
referencia obligado en Santillana, para venerar las reliquias
de la santa. En este momento se construye el actual templo.
Pero a partir del siglo XIV comienza la decadencia de la abadía,
al sustituir la explotación directa de las tierras
(pozos de sal, pesca de río, molinos y ganado) por
una cómoda economía de rentas que proporciona
beneficios directos al abad la jurisdicción sobre la
villa culminan en 1445, cuando el rey Juan II concede la misma
al primer marqués de Santillana, el
literato don Iñigo López de Mendoza. A principios
del siglo XIX finaliza el señorío nobiliario
y se erige el ayuntamiento constitucional, con sede en un
palacio de la Plaza Mayor.
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| Colegiata de Santillana
del Mar |
La transformación del antiguo monasterio en Colegiata
–al cambiar la regla benedictina que lo regía por la
de la orden de Canónigos de San Agustín– se
produce a mediados del siglo XII, época en que se edifica
el templo actual, en estilo románico,
que es el más amplio de la cornisa cantábrica.
Su estructura de tres ábsides y tres naves sigue siendo
el modelo de Frómista (Palencia) y del románico
internacional que penetra en Castilla por el Camino de Santiago.
La escultura de su portada, capiteles y canecillos evocan
los temas fundamentales de la religiosidad medieval, en particular
la lucha entre el Bien y el Mal, y la necesidad de la penitencia
y el perdón para salvarse de las penas del infierno.
Este mensaje se muestra a través de alegorías
y símbolos animales (leones, pelícanos, palomas,
cuervos, serpientes, cabras...) y vegetales (manzanas, helechos,
acanto, lirios, vid, uvas, piñas...) así como
algunas escenas humanas.
En el centro del crucero se erige el sepulcro de
Santa Juliana, cuyas reliquias se guardan en la arqueta
del retablo con los escudos de la Casa de la Vega.
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| Claustro de la Colegiata |
El retablo mayor es una excelente obra de
estilo hispano-flamenco de finales del XV, con tablas pictóricas
relativas al martirio de la santa y esculturas de apóstoles
y evangelistas. El frontal del altar es una soberbia pieza
de platería mexicana. En el coro se conserva un notable
órgano barroco, y en la capilla bautismal, además
de la pila románica, un excepcional pantocrátor
realizado en torno al año 1200.
El claustro, adosado a la fachada norte
de la iglesia, muestra en sus 42 capiteles de variada temática
una completa evolución de la escultura románica.
Junto a sus muros se observan los sarcófagos con motivos
heráldicos de personajes relevantes del clero y la
nobleza.
La concesión del fuero en 1209 convierte la villa
en capital de la merindad de las Asturias de Santillana (territorio
que abarcaba la mitad occidental de la actual región)
y residencia del merino o representante regio. Ello supuso
la creación de un nuevo ámbito administrativo
en torno a la plaza del Mercado (actual Plaza Mayor)
en donde se celebraba un mercado semanal. De esta forma se
configuró un urbanismo, en “y” griega, basado en dos
centros (religioso y civil) y dos calles que confluyen a la
entrada del pueblo: la rúa del Rey
(citada desde el siglo XIII y actual calle del Cantón)
que parte del atrio de la colegiata (abrevadero), y la calle
de Juan Infante, que surge desde la plaza, en torno
a las cuales se fueron jalonando las casas, palacios, solares,
huertos y corrales, que al amparo de unas estrictas ordenanzas
concejiles desde 1575, ha perdurado con escasas variaciones
hasta nuestros días.
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Torre de Don Borja
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| Monasterio de Regina
Coeli |
De la arquitectura hemos de destacar las torres góticas
de la plaza (la del Merino y la de don Borja y la
casa de la Parra); y las de Velarde y Otero
en la calle del Cantón. La casa de doña
Leonor de la Vega (madre del Marqués de Santillana,
en la calle del Cantón): el palacio renacentista de
Velarde, tras la colegiata; las casonas
y palacios barrocos de las familias importantes
–Barreda, Bustamente, Tagle, Villa, Peredo, Polanco, Quevedo...–
y los dos conventos de dominicos (Regina
Coeli, masculino, y San Ildefonso, femenino), construidos
en el siglo XVII a las afueras de la villa. En sus fachadas
campean los escudos de armas de los fundadores, con lemas
relativos al honor, al triunfo y a la fama: “un buen morir
es honra de la vida” (de los Villa); “da la vida por la honra
y la honra por el alma” (de los Cos). Otros inventan su parentesco
con personajes de leyenda: “Velarde (o Tagle) se llamó,
en la sierpe mató (en referencia a san Jorge) con la
infanta se casó” (de los Velarde y Tagle). De estas
casonas de hidalgos decía Ortega y Gasset: “lo grande
no es su dimensión sino su pretensión”. Ciertos
palacios se erigieron con dineros enviados desde América
por los indianos, como el de los Sánchez de Tagle,
en el Revolgo, o el de Peredo, junto al cruce, que posee un
soberbio escudo y un parque de gran interés botánico.
También se conservan las cuatro fuentes tradicionales:
la Vieja, la Fontanilla, la del Cantón y la del Revolgo,
ésta con la escultura de la cabra, obra de Jesús
Otero.
La cueva de Altamira, descubierta por Marcelino Sanz de Sautuola
en 1879, está ubicada en una de las suaves colinas
que circundan el recogido y agradable valle que da cobijo
a la universal villa de Santillana. Su descubrimiento hace
ahora 120 años suscitó una fuerte polémica
entre los arqueólogos, ya que no creían que
los hombres prehistóricos fueran capaces de hacer unas
pinturas tan perfectas. La estancia principal, denominada
sala de polícromos, ha sido considerada como la “Capilla
Sixtina del arte cuaternario”. En su techo se representan
casi un centenar de animales y signos, destacando los 21 bisontes
en distintas actitudes, acompañados de otros animales
como ciervos, caballos, jabalís y toros, a veces superpuestos,
efectuados con técnicas diversas –gravado, silueteado,
pintado, raspado y efectos de sombreado- que dan como resultado
una composición de gran movimiento y belleza, única
en el arte paleolítico. Su realización data
de hace 14.000 años. El resto de la cueva (que tiene
un desarrollo longitudinal de 270 m) contiene numerosos grabados,
incluso más antiguos, y un importante yacimiento arqueológico
en el vestíbulo. En su entorno se encuentra el Centro
de Investigaciones y Museo de Altamira.
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| Pinturas rupestres
de Altamira |
La cueva de Altamira ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad
por la UNESCO y su visita es restringida a nueve mil personas
al año por motivos de conservación. No obstante,
su visita es posible previa solicitud por escrito con bastante
antelación al Museo y Centro de Investigación
de Altamira. Se ha realizado una réplica cuya fidelidad
y calidad satisface el interés yla curiosidad de casi
un millón de visitantes que anualmente llegan a Santillana.
La conservación de su fisonomía medieval a
lo largo de los siglos ha determinado la función cultural
que la villa posee, que junto al descubrimiento de las cuevas
de Altamira, ha hecho de su visita un deber inexcusable, siendo
las instituciones culturales, religiosas y artísticas
las que sustentan su prestigio y conservan su patrimonio.
En 1967 se creó el Museo Diocesano,
en el convento Regina Coeli, con la finalidad de conservar,
estudiar y exponer una parte importante del patrimonio artístico
religioso de la Diócesis. Contiene un millar de obras,
destacando las colecciones de imaginería medieval y
barroca en madera policromada, la platería española
y colonial, los esmaltes y marfiles, y una excelente colección
de cristos. Dispone de un Taller de Restauración de
gran prestigio y el Archivo Documental Diocesano. Se puede
visitar todos los días, (excepto miércoles y
el mes de febrero) de 10 a 13 y de 16 a 19 horas. Su entrada
es conjunta para visitar el claustro de la Colegiata.
El Museo y Centro de Investigación de Altamira,
creado en 1979, contiene una exposición de carácter
didáctico sobre el arte rupestre y la prehistoria en
Cantabria. La réplica de las pinturas conlleva la potenciación
de este conjunto. Se visita en horario de mañana, excepto
los lunes.
El Museo de Arte y Etnografía Regional,
ubicado en las Casas del Águila y la Parra, expone
interesantes muestras de arte de ámbito regional, nacional
e internacional. La entrada es libre y cierra los lunes.
El Museo Jesús Otero, junto a la
colegiata, expone en el jardín y casa-museo esculturas
que el artista legó a su villa natal.
La Fundación Santillana, con sede
en la torre de Don Borja, organiza grandes exposiciones y
actos culturales a lo largo de todo el año, con especial
vocación hacia la actividad educativa y la cultura
hispanoamericana. La entrada es libre y cierra los lunes y
martes.
La
constitución geológica del entorno de la villa,
con variedad de suelo y manto, así como la proximidad
del mar, proporciona numerosos parajes naturales y espléndidas
panorámicas.
En el sur, la colina de Vispieres es a la
vez bastión y mirador. En su cima se conservan fortificaciones
romanas y medievales que defendían los caminos que
llegaban a la villa. Más allá, nuestra vista
se alarga hacia la cordillera Cantábrica y los Picos
de Europa (a unos 100 km), cuyas cimas conservan la nieve
durante gran parte del año.
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| Playa de Santa Justa |
Al norte, la costa municipal se extiende desde la Punta
Calderón, diapiro arcilloso que resguardó
un pequeño puerto romano, hasta la playa de Santa
Justa, recogida y serena, con una antigua ermita
horadada en un anticlinal. El abrupto litoral de potentes
acantilados se corona con frescas praderías y formaciones
rocosas caprichosas, cuya prestancia en Ubiarco sorprenden
al caminante.
Pero son las rocas de Camplengo y Avíos
las que han dado vida y arte a Santillana, proporcionando
los sillares que enseñorean sus edificios, de arenisca
dorada patinada por el tiempo.
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| Palacio de Peredo |
El Campo del Revolgo, donde se celebran
las fiestas, juegos y recepciones de autoridades conserva
especies autóctonas (roble, castaño...) y las
exóticas se pueden observar en la finca del Palacio
Peredo.
Todo el término municipal es un enorme e irregular
mosaico verde, creado por el hombre con la ayuda de un clima
húmedo y suave, y siempre en torno a la monumental
villa de Santillana.
| Alrededores de Santillana |
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| Torre de Viveda |
Fuera de Santillana, pero dentro de su término municipal,
se encuentra en Queveda, la torre de don
Beltrán de la Cueva, del siglo XVI; y en Viveda,
la casa-torre de Calderón de la Barca,
del siglo XVIII, casa solariega y lugar de origen del insigne
dramaturgo español.
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| Puente San Miguel |
Tomando la carretera en dirección a Torrelavega se
llega a Puente San Miguel, capital del municipio
de Reocín, con un precioso parque –declarado bien de
interés cultural con categoría de jardín
histórico– en la finca propiedad de la familia Botín,
que se puede visitar. En esta localidad se gestó en
1778 la fundación de la provincia de Cantabria, en
su Casa de Juntas –ermita de los Nueve Valles– que se puede
contemplar junto a la iglesia.
Cerca de aquí, en Quijas, destaca
una torre medieval y el palacio de Bustamante, notable conjunto
barroco con capilla.
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