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  Guías culturales

 

EL MONTE IRAGO

Después de recorrer más de 200 kilómetros por la sobriedad de la Tierra de Campos castellana y el Páramo leonés –un paisaje tan austero que no deja indiferente: o te maravilla la inmensidad del horizonte o te abruma la monotonía de esas llanuras que parece que no tienen fin– el Camino de Santiago empieza una suave pero continua pendiente hasta llegar a la famosa Cruz de Ferro, en la cumbre del Monte Irago; probablemente, uno de los rincones más sencillos de la ruta jacobea y, al mismo tiempo, uno de sus símbolos más apreciados.
Rabanal del Camino

Desde Astorga

Según el “ Codex Calixtinus” –la primera guía de viajes que se escribió en la historia– el peregrino tiene que subir y bajar el Monte Irago durante la décima etapa, la que va de Rabanal del Camino a Villafranca del Bierzo.

Si se pregunta por qué finaliza la novena etapa en Rabanal y no en Astorga: una ciudad con 2000 años de antigüedad que, a buen seguro, ofrece más servicios a los peregrinos; la respuesta es bien sencilla: Astorga está situada a 870 m. sobre el nivel del mar; Rabanal, a 1.150 m. y la cumbre del Irago, a unos 1.500 m. de altitud. Si los peregrinos comenzaran la décima etapa en la capital maragata, tendrían que ascender 36 km. antes de llegar a la Cruz de Ferro; en cambio, si hacen noche en Rabanal, alcanzarán la cima en apenas 8 km. Algo que se agradece después de tantas jornadas de esfuerzo.

Desde La Maragatería, el camino de subida al Monte Irago pasa por Castrillo de los Polvazares. Éste es uno de esos pueblos que ha sabido recuperar su patrimonio tradicional y convertir el turismo en una buena fuente de ingresos. Gracias al cocido maragato –el que se come al revés; ya sabe, primero los garbanzos, la berza y la carne y después la sopa, para facilitar la digestión– sus típicas calles empedradas están siempre abarrotadas de turistas que admiran las casonas de piedra, con el marco de ventanas y puertas pintado de verde, y disfrutan de su gastronomía, convencidos de que los platos que se preparan en “El Arriero”, “La Magdalena” o “Cuca la Vaina” son especiales. Puede que en otros lugares, como la cercana Murias de Rechivaldo , ofrezcan cocidos tan buenos o mejores que éste, pero hay que reconocer que el entorno de este pueblo le da un sabor único a cada sorbo.

Cruz de Ferro

Después de cruzar El Ganso , llegamos a Rabanal del Camino , un pequeño pueblo que, sorprendentemente, atesora 1000 años de historia y leyendas unidas a los templarios de Ponferrada, la crónica de un caballero cartaginés, los restos de una mina de oro romana y la casa de las cuatro esquinas donde, dicen, durmió Felipe II. En la actualidad, esta pedanía de Santa Colomba de Somoza vive un nuevo resurgir gracias al Monasterio de San Salvador del Monte Irago donde una comunidad de benedictinos que se estableció en Rabanal en 2001 –fue el primer monasterio que se fundó en el siglo XXI– oficia las vísperas y completas en latín, siguiendo la tradición del canto gregoriano, e imparte la bendición del peregrino cada tarde según la costumbre medieval. Las ceremonias se celebran en la Iglesia de La Asunción, una construcción románica del XIII, muy sencilla, que aún conserva el reloj de la espadaña que construyó el mismo artesano que el famoso de la Puerta del Sol. En algunas celebraciones, sus habitantes todavía acuden a misa vestidos con el tradicional traje maragato: con ceñidas polainas negras cubriendo las piernas de los hombres y complejas faldas formadas por mandil, manteo, faltriquera y zagalejo en el caso de las mujeres.

La Cruz de Ferro

Antes de llegar a la cima del monte, el último pueblo de La Maragatería es Foncebadón . Cuesta creer que en este lugar se celebró un concilio en el siglo X y que el obispo Gaucelmo estableció aquí un albergue y un hospital de peregrinos; sobre todo cuando, hoy en día, apenas quedan un montón de ruinas y un camino lleno de barro. Ojalá que la nueva hospedería logre dar algo de vida a este inhóspito lugar que, aun así, mantiene intacto todo su encanto.

Foncebadón

A un kilómetro de distancia se alcanza la cumbre del Monte Irago, la Cruz de Ferro y una pequeña ermita dedicada, como es lógico, al apóstol Santiago. En realidad, el crucifijo no puede ser más sencillo –una cruz de hierro colocada sobre un mástil – pero hay pocos lugares que sobrecojan y emocionen tanto durante las trece etapas de la ruta jacobea. El mástil se levanta sobre un montículo de piedras y guijarros que los peregrinos dejan a su paso, camino de Compostela, siguiendo la tradición cristiana: cuando llegue el Juicio Final, estas piedras cantarán y dirán que ganaste la indulgencia. A los pies de la cruz, la gente ha ido acumulando los objetos más insospechados (ropa, fotografías, poemas, carnés…) convirtiendo este montón de piedras en un verdadero crisol de exvotos y de recuerdos.

Bajando a El Bierzo

Durante mucho tiempo, este fue el paso natural entre la Meseta y Galicia hasta que se construyó el actual trazado de la A6, por el puerto del Manzanal. Por estas pendientes de vértigo para el descenso de los ciclistas, los romanos ya trasladaban el oro de Las Médulas a “ Astúrica Augusta ” (Astorga) y, durante muchos siglos, este fue el camino por el que los arrieros atravesaban los Montes de León cargados con fardos; el desvío de la carretera de La Coruña sumió a esta tierra en un lamentable abandono del que, poco a poco, va recuperándose.

Dejando al oeste la cima del Teleno (2185 m.) –el monte sagrado de los astures que habitaron estas tierras antes de la conquista romana – se inicia el vertiginoso descenso hacia Ponferrada donde nos espera un cambio radical en el paisaje: acostumbrados al monte bajo, el brezo y los matorrales; El Bierzo, en cambio, nos sorprenderá por la frondosidad de un valle, muy fértil, donde reinan los árboles frutales y los castaños.

Montes de León

Después de pasar por Manjarín –uno de los caseríos abandonados al pie de la carretera– se encuentra El Acebo , un lugar muy pintoresco que parece retroceder en el tiempo al siglo XIX. A la salida, una pequeña desviación a la izquierda nos acercará hasta Compludo; un pueblo que siempre ha vivido una intensa vida monástica y donde, según la tradición, san Fructuoso estableció una pequeña iglesia en honor de los santos Justo y Pastor, los niños mártires de “ Complutum ” (Alcalá de Henares), de donde parece que procede el nombre de la aldea, famosa por su conocida herrería de origen medieval y que aún funciona en la actualidad.

El último pueblo antes de entrar a la capital berciana es Molinaseca ; un magnífico lugar para tomar un respiro junto al río Meruelo y comprar su famoso embutido, especialmente, la cecina. Desde aquí, el peregrino seguirá camino hacia Ponferrada y el turista podrá descubrir otros lugares como el Valle del Silencio, la iglesia mozárabe de Peñalba de Santiago, la cueva de san Genadio o el sorprendente paraje de Las Médulas.

 

Carlos Pérez Vaquero
Fotografías: Javier Aparicio

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