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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LOS CAPRICHOS DEL LOIRA

Entre las ciudades de Gien y Angers, el río más largo de Francia traza una suave "ese" rodeada de bosques, viñedos, abadías y más de cincuenta castillos que, en su momento, fueron escenario de gran parte de la historia francesa. Hoy en día, los "château" del Valle del Loira se han convertido en un destino imprescindible para cualquier turista.
Castillo de Chambord

Al fin y al cabo, el turismo nació aquí o, al menos, eso se dice de un grupo de viajeros ingleses que visitaron estos castillos y la ciudad de Tours. Cuando regresaron a Londres y la gente les preguntó qué habían estado haciendo en Francia -aún se conserva cierta animadversión entre las dos orillas del Canal- los caballeros añadieron el sufijo "ismo", que indica doctrina o movimiento -tan en voga por aquel entonces- al nombre de la ciudad que conocieron y así murió el concepto de viajero y nació el del "Turismo".

Los castillos del Loira se construyeron en tres regiones históricas -Orleanesado, Turena y Anjou- que fueron habitadas, sucesivamente, por galos, romanos, bárbaros, merovingios y carolingios. En el siglo IV, el Obispo de Tours, san Martín, logró cristianizar este amplio territorio y, por primera vez, consiguió que todo el Valle se uniera frente a los invasores y a las luchas internas de los nobles; pero el enfrentamiento continuo entre las familias condales abocó a los franceses sin remedio a la Guerra de los Cien Años (ss. XIV y XV) que estalló cuando el último de los reyes capetos, Carlos IV, murió sin descendencia y dos pretendientes reclamaron el Trono vacante: Felipe VI de Valois y el rey inglés Eduardo III que alegaba su derecho dinástico como nieto del Conde de Anjou.

Mientras duró la contienda y París quedó relegada a un segundo plano, ocupada por la coalición de ingleses y borgoñones, el joven delfín se trasladó al centro y viajó, itinerante, por las ciudades del valle. Allí, cerca del Loira, se fraguó la lucha por recuperar la unidad nacional con el apoyo de Juan II de Castilla, en la toma de La Rochelle, y la ayuda -o intervención divina, según se mire- de santa Juana de Arco. Cuando la guerra concluyó, Francia logró la reunificación, los ingleses regresaron a Gran Bretaña al perder su último bastión de Calais, París empezó a ejercer su centralismo y, como resultado colateral, desde entonces y hasta bien entrado el siglo XVIII, los grandes señores feudales, altos cargos, ministros, aristocracia y todo aquel que quería ser algo en la Corte de Versalles se construyó un castillo en el Loira o sus afluentes, lo más suntuoso posible, para rivalizar con los demás en pompa y esplendor.

Los romanos fundaron Tours en el siglo I cuando ocuparon esta región de la Galia habitada por los celtas turones. De aquella época no se conserva prácticamente nada porque la ciudad fue destruida por los godos en el siglo III y sólo se recuperó cien años después cuando los santos obispos, como san Martín, cristianizaron Francia desde esta ciudad. Según la tradición, cuando este santo murió en la cercana villa de Candes en el año 397, los fieles de Tours bajaron por el Loira, se llevaron su cuerpo y mientras remontaban el río en barca, los árboles de las orillas volvieron a florecer a pesar de estar en pleno mes de noviembre. Desde entonces, a esos días del año se les conoce como "El veranillo de san Martín". Una tradición popular que se conoce en toda Europa.

Castillo de Chenonceau

Cuando finalizó la Guerra de los Cien Años, el poder del monarca abandonó la capital de la Turena para regresar a París; aun así, Tours mantuvo su riqueza gracias a la industria de la seda, el comercio y la artesanía. Algo que se nota en las calles cuando se visita el castillo -en especial, la Torre de Guisa-, la catedral gótica dedicada como era de esperar a san Martín y lugares tan acogedores como las terrazas de la plaza Plumereau.

Al suroeste de Tours, comenzamos nuestro recorrido por los castillos del Loira en Villandry. Reconozco que no es el más espectacular del valle pero merece la pena visitarlo aunque sólo sea por sus jardines. Es un lugar único a la hora de conjugar la concepción italiana de paseos ornamentales, con setos de boj recortados, y la corriente más tradicional que convierte este vergel en un paraíso de plantas aromáticas, flores y huertos. Un auténtico "museo verde" que incluye canales, un pequeño estanque y un jardín acuático. El castillo, un antiguo torreón almenado con un patio irregular en forma de "u", estuvo a punto de ser derribado en 1906 pero un médico español, el doctor Joaquín Carvallo, lo adquirió para reconstruirlo tal y como se concibió en el siglo XVI.

A poca distancia se encuentra Azay-le-Rideau. Levantado en apenas nueve años (1518-1527) sobre una isla del río Indre, su reflejo en el agua es una de las imágenes más buscadas por los fotógrafos. Cuando el delfín Carlos -al que tanto ayudó Juana de Arco- llegó a sus puertas en 1418 y los soldados que defendían el castillo lo abuchearon -eran partidarios de sus enemigos, los angloborgoñones- el rey lo sitió, ahorcó a toda la guarnición y quemó el castillo. Lo que hoy contemplamos es la reconstrucción del XVI, un excelente ejemplo del denominado "Primer Renacimiento". Curiosamente, la familia Berthelot que lo mandó restaurar, cayó en desgracia tras el desastre de Pavía y nunca llegó a vivir en él ni tan siquiera a terminarlo, de ahí su extraña planta en forma de "ele". Según el novelista Honoré de Balzac, uno de sus conocidos huéspedes, Azay es "un diamante engastado en el río".

Otro escritor, en este caso Charles Perrault -autor de cuentos como "Caperucita" o "La Cenicienta"- buscó su inspiración en el cercano "chateau" de Ussé para imaginar el castillo de la Bella Durmiente. La verdad es que el entorno es perfecto para un cuento de hadas: junto al bosque de Chinon, en lo alto de una terraza con maceteros de naranjos, cerca del río Indre… Aunque se construyó entre los siglos XV y XVII, su estructura ha sufrido numerosas alteraciones desde entonces: se demolió el ala norte, se abrieron ventanas de corte clásico en la fachada sur y, en general, se transformó su estilo renacentista en un neogótico de falsete sólo porque en las restauraciones francesas del XIX estaba de moda esa estética pseudomedieval. A pesar de todo, Ussé le sorprenderá porque conserva esa imagen de sueño encantado.

Castillo de Azay-le-Rideau

Si hasta el momento, los castillos de Vilandry, Azay y Ussé tenían más aspecto de palacetes que de verdaderas fortalezas; nadie pondrá en duda el carácter defensivo de Chinon. Las últimas excavaciones han encontrado restos prehistóricos -además de los conocidos asentamientos galo, romano y godo- que demuestran la importancia de este peñasco que domina la población a la orilla del río Vienne. En realidad, el castillo es la suma de muchas construcciones superpuestas (fuertes, torreones, murallas, barbacanas…) de diversas épocas que fueron testigos de la muerte de Ricardo Corazón de León; del encuentro de Juana de Arco con el delfín, al que identificó entre la multitud mientras un vasallo lo suplantaba en el trono, o del último viaje, camino de la hoguera, de los grandes maestres de la Orden del Temple. Aquí se han escrito muchas páginas de la historia de Francia.

Cambiamos de sentido, hacia el Este, para salir de Tours remontando el cauce del Loira con dirección a Blois.
Como sucedió en Chinon, el castillo de Amboise se levanta sobre un cerro a la orilla del río, en un lugar que tuvo carácter defensivo en tiempo de los celtas y romanos. La fortaleza ya existía en el siglo XI, cuando se enfrentaron por estos dominios las casas de Blois y Anjou. En el XVI, los cronistas lo definían como una verdadera ciudad formada por los alojamientos reales, la capilla de Saint-Hubert, torreones, murallas y el habitual jardín italiano.

A poca distancia de Amboise encontrará dos lugares poco visitados pero muy interesantes: el primero es el pequeño castillo de Le Clos-Lucé donde murió Leonardo da Vinci el 12 de mayo de 1519, rodeado de "La Gioconda" y de otras obras maestras. Actualmente, alberga un museo con reproducciones de los inventos del genio como el paracaídas, el tanque o la ametralladora. El otro lugar es un edificio que debería estar en Asia pero el gusto de los nobles del XVIII por cierto exotismo oriental llevó a construir la Pagoda de Chanteloup; un edificio de siete plantas circulares superpuestas que, a más de 40 metros de altura y con cien ojos con las barandillas, le proporciona unas vistas magníficas. Desde aquí continuaremos nuestro viaje abonados a los topónimos que empiecen por "Ch", una letra muy recurrente en esta región.

Chenonceau, a poco más de 15 km., se alza en el cauce del río Cher sobre los restos de un puente de cinco arcos y un molino fortificado del siglo XIII. Los arquitectos debieron tenerlo muy difícil para construir este espectacular castillo partiendo de aquellas ruinas, pero el resultado fue soberbio: Un gran torreón, coronado por buhardillas y torretas, contiene la capilla y las principales dependencias; a su lado y sobre el río, se eleva la famosa galería con vistas al Cher. En tierra firme, la Torre de Marques da paso a varias hectáreas de jardines desde donde puede contemplar el reflejo del castillo en el agua formando una de esas imágenes que se guardan para siempre en la retina. Aunque el castillo es propiedad privada se pueden visitar sus aposentos y un pequeño Museo de Cera con trajes de época.

Castillo de Amboise

Muy cerca de Blois llegaremos a Chaumont. El primer castillo se construyó en torno a una torre del s. X pero fue arrasado en el XIV por orden de Luis XI -como vimos, las relaciones entre el monarca y los nobles daba lugar a continuos enfrentamientos- que se arrepintió ante las ruinas y autorizó a reconstruirlo, tarea que finalizó cuatrocientos años después. El aspecto exterior, con el castillete de entrada junto al puente levadizo -se utiliza a diario en cuanto se van los turistas- responde a una típica imagen medieval; sensación que se acrecienta en su cuidado interior, decorado con armaduras y tapices adquiridos por los propietarios en media Europa.

¿Se acuerda del castillo que aparece en tantos cómic de Tintín? Es la versión impresa de Cheverny. Un verdadero palacete acondicionado en el XVIII para dar fiestas a la alta sociedad y disfrutar de una de las grandes pasiones de la monarquía francesa: la caza. En la sala de trofeos se conservan, en paredes y techos, más de 2.000 cornamentas de ciervos.

Después de tomar el aperitivo en Blois -la ciudad también conserva un gran castillo en el que destacan la fachada de las logias, la escalera de Francisco I y la colorida Sala de los Estados- regresamos a nuestra ruta por la "che", en este caso en Chambord.

El problema de visitar lugares tan espectaculares en distancias tan cortas es que llega un momento en que no existen calificativos para describir tanta belleza. Chambord, que en la antigua lengua celta significa "Vado de la curva" en el riachuelo Cosson, fue un antiguo torreón del s. XII que el rey Francisco I transformó en el XVI en un fastuoso castillo con diseño, según se dice, de su protegido Leonardo da Vinci, siguiendo unos rigurosos principios matemáticos. El resultado fue la armonía del gótico francés con la decoración propia del Renacimiento italiano que corona el castillo con torres, chimeneas, linternas, tambores y terrazas. En su interior, destacan las cámaras reales, la galería de cuadros y las escaleras. En el siglo XX, el Gobierno francés lo adquirió para rehabilitarlo con mucho gusto, recuperando los fosos y el aspecto que tuvo en el XVI. Desde las terrazas, puede contemplar las mil hectáreas que lo rodean de estanques, canales, jardines y frondosos bosques con ciervos, corzos y jabalíes en libertad.

La visita al Loira y sus afluentes no tendría fin y podría continuar en Beaugency, Châteaudun, Valençay, Saumur o Sully; ahora es usted quien tiene que descubrir cuál es su rincón favorito en un valle que no deja de ser un hermoso capricho.

Carlos Pérez Vaquero
Fotografías: Leandro Escudero

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