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Castillo
de Chambord
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Al fin y al cabo, el turismo nació aquí o,
al menos, eso se dice de un grupo de viajeros ingleses que
visitaron estos castillos y la ciudad de Tours. Cuando regresaron
a Londres y la gente les preguntó qué habían
estado haciendo en Francia -aún se conserva cierta
animadversión entre las dos orillas del Canal- los
caballeros añadieron el sufijo "ismo", que
indica doctrina o movimiento -tan en voga por aquel entonces-
al nombre de la ciudad que conocieron y así murió
el concepto de viajero y nació el del "Turismo".
Los castillos del Loira se construyeron en tres regiones
históricas -Orleanesado, Turena y Anjou- que fueron
habitadas, sucesivamente, por galos, romanos, bárbaros,
merovingios y carolingios. En el siglo IV, el Obispo de Tours,
san Martín, logró cristianizar este amplio territorio
y, por primera vez, consiguió que todo el Valle se
uniera frente a los invasores y a las luchas internas de los
nobles; pero el enfrentamiento continuo entre las familias
condales abocó a los franceses sin remedio a la Guerra
de los Cien Años (ss. XIV y XV) que estalló
cuando el último de los reyes capetos, Carlos IV, murió
sin descendencia y dos pretendientes reclamaron el Trono vacante:
Felipe VI de Valois y el rey inglés Eduardo III que
alegaba su derecho dinástico como nieto del Conde de
Anjou.
Mientras duró la contienda y París quedó
relegada a un segundo plano, ocupada por la coalición
de ingleses y borgoñones, el joven delfín se
trasladó al centro y viajó, itinerante, por
las ciudades del valle. Allí, cerca del Loira, se fraguó
la lucha por recuperar la unidad nacional con el apoyo de
Juan II de Castilla, en la toma de La Rochelle, y la ayuda
-o intervención divina, según se mire- de santa
Juana de Arco. Cuando la guerra concluyó, Francia logró
la reunificación, los ingleses regresaron a Gran Bretaña
al perder su último bastión de Calais, París
empezó a ejercer su centralismo y, como resultado colateral,
desde entonces y hasta bien entrado el siglo XVIII, los grandes
señores feudales, altos cargos, ministros, aristocracia
y todo aquel que quería ser algo en la Corte de Versalles
se construyó un castillo en el Loira o sus afluentes,
lo más suntuoso posible, para rivalizar con los demás
en pompa y esplendor.
Los romanos fundaron Tours en el siglo I cuando ocuparon esta
región de la Galia habitada por los celtas turones.
De aquella época no se conserva prácticamente
nada porque la ciudad fue destruida por los godos en el siglo
III y sólo se recuperó cien años después
cuando los santos obispos, como san Martín, cristianizaron
Francia desde esta ciudad. Según la tradición,
cuando este santo murió en la cercana villa de Candes
en el año 397, los fieles de Tours bajaron por el Loira,
se llevaron su cuerpo y mientras remontaban el río
en barca, los árboles de las orillas volvieron a florecer
a pesar de estar en pleno mes de noviembre. Desde entonces,
a esos días del año se les conoce como "El
veranillo de san Martín". Una tradición
popular que se conoce en toda Europa.
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Castillo
de Chenonceau
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Cuando finalizó la Guerra de los Cien Años,
el poder del monarca abandonó la capital de la Turena
para regresar a París; aun así, Tours mantuvo
su riqueza gracias a la industria de la seda, el comercio
y la artesanía. Algo que se nota en las calles cuando
se visita el castillo -en especial, la Torre de Guisa-, la
catedral gótica dedicada como era de esperar a san
Martín y lugares tan acogedores como las terrazas de
la plaza Plumereau.
Al suroeste de Tours, comenzamos nuestro recorrido por los
castillos del Loira en Villandry. Reconozco que no es el más
espectacular del valle pero merece la pena visitarlo aunque
sólo sea por sus jardines. Es un lugar único
a la hora de conjugar la concepción italiana de paseos
ornamentales, con setos de boj recortados, y la corriente
más tradicional que convierte este vergel en un paraíso
de plantas aromáticas, flores y huertos. Un auténtico
"museo verde" que incluye canales, un pequeño
estanque y un jardín acuático. El castillo,
un antiguo torreón almenado con un patio irregular
en forma de "u", estuvo a punto de ser derribado
en 1906 pero un médico español, el doctor Joaquín
Carvallo, lo adquirió para reconstruirlo tal y como
se concibió en el siglo XVI.
A poca distancia se encuentra Azay-le-Rideau. Levantado en
apenas nueve años (1518-1527) sobre una isla del río
Indre, su reflejo en el agua es una de las imágenes
más buscadas por los fotógrafos. Cuando el delfín
Carlos -al que tanto ayudó Juana de Arco- llegó
a sus puertas en 1418 y los soldados que defendían
el castillo lo abuchearon -eran partidarios de sus enemigos,
los angloborgoñones- el rey lo sitió, ahorcó
a toda la guarnición y quemó el castillo. Lo
que hoy contemplamos es la reconstrucción del XVI,
un excelente ejemplo del denominado "Primer Renacimiento".
Curiosamente, la familia Berthelot que lo mandó restaurar,
cayó en desgracia tras el desastre de Pavía
y nunca llegó a vivir en él ni tan siquiera
a terminarlo, de ahí su extraña planta en forma
de "ele". Según el novelista Honoré
de Balzac, uno de sus conocidos huéspedes, Azay es
"un diamante engastado en el río".
Otro escritor, en este caso Charles Perrault -autor de cuentos
como "Caperucita" o "La Cenicienta"- buscó
su inspiración en el cercano "chateau" de
Ussé para imaginar el castillo de la Bella Durmiente.
La verdad es que el entorno es perfecto para un cuento de
hadas: junto al bosque de Chinon, en lo alto de una terraza
con maceteros de naranjos, cerca del río Indre… Aunque
se construyó entre los siglos XV y XVII, su estructura
ha sufrido numerosas alteraciones desde entonces: se demolió
el ala norte, se abrieron ventanas de corte clásico
en la fachada sur y, en general, se transformó su estilo
renacentista en un neogótico de falsete sólo
porque en las restauraciones francesas del XIX estaba de moda
esa estética pseudomedieval. A pesar de todo, Ussé
le sorprenderá porque conserva esa imagen de sueño
encantado.
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Castillo
de Azay-le-Rideau
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Si hasta el momento, los castillos de Vilandry, Azay y Ussé
tenían más aspecto de palacetes que de verdaderas
fortalezas; nadie pondrá en duda el carácter
defensivo de Chinon. Las últimas excavaciones han encontrado
restos prehistóricos -además de los conocidos
asentamientos galo, romano y godo- que demuestran la importancia
de este peñasco que domina la población a la
orilla del río Vienne. En realidad, el castillo es
la suma de muchas construcciones superpuestas (fuertes, torreones,
murallas, barbacanas…) de diversas épocas que fueron
testigos de la muerte de Ricardo Corazón de León;
del encuentro de Juana de Arco con el delfín, al que
identificó entre la multitud mientras un vasallo lo
suplantaba en el trono, o del último viaje, camino
de la hoguera, de los grandes maestres de la Orden del Temple.
Aquí se han escrito muchas páginas de la historia
de Francia.
Cambiamos de sentido, hacia el Este, para salir de Tours
remontando el cauce del Loira con dirección a Blois.
Como sucedió en Chinon, el castillo de Amboise se levanta
sobre un cerro a la orilla del río, en un lugar que
tuvo carácter defensivo en tiempo de los celtas y romanos.
La fortaleza ya existía en el siglo XI, cuando se enfrentaron
por estos dominios las casas de Blois y Anjou. En el XVI,
los cronistas lo definían como una verdadera ciudad
formada por los alojamientos reales, la capilla de Saint-Hubert,
torreones, murallas y el habitual jardín italiano.
A poca distancia de Amboise encontrará dos lugares
poco visitados pero muy interesantes: el primero es el pequeño
castillo de Le Clos-Lucé donde murió Leonardo
da Vinci el 12 de mayo de 1519, rodeado de "La Gioconda"
y de otras obras maestras. Actualmente, alberga un museo con
reproducciones de los inventos del genio como el paracaídas,
el tanque o la ametralladora. El otro lugar es un edificio
que debería estar en Asia pero el gusto de los nobles
del XVIII por cierto exotismo oriental llevó a construir
la Pagoda de Chanteloup; un edificio de siete plantas circulares
superpuestas que, a más de 40 metros de altura y con
cien ojos con las barandillas, le proporciona unas vistas
magníficas. Desde aquí continuaremos nuestro
viaje abonados a los topónimos que empiecen por "Ch",
una letra muy recurrente en esta región.
Chenonceau, a poco más de 15 km., se alza en el cauce
del río Cher sobre los restos de un puente de cinco
arcos y un molino fortificado del siglo XIII. Los arquitectos
debieron tenerlo muy difícil para construir este espectacular
castillo partiendo de aquellas ruinas, pero el resultado fue
soberbio: Un gran torreón, coronado por buhardillas
y torretas, contiene la capilla y las principales dependencias;
a su lado y sobre el río, se eleva la famosa galería
con vistas al Cher. En tierra firme, la Torre de Marques da
paso a varias hectáreas de jardines desde donde puede
contemplar el reflejo del castillo en el agua formando una
de esas imágenes que se guardan para siempre en la
retina. Aunque el castillo es propiedad privada se pueden
visitar sus aposentos y un pequeño Museo de Cera con
trajes de época.
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Castillo
de Amboise
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Muy cerca de Blois llegaremos a Chaumont. El primer castillo
se construyó en torno a una torre del s. X pero fue
arrasado en el XIV por orden de Luis XI -como vimos, las relaciones
entre el monarca y los nobles daba lugar a continuos enfrentamientos-
que se arrepintió ante las ruinas y autorizó
a reconstruirlo, tarea que finalizó cuatrocientos años
después. El aspecto exterior, con el castillete de
entrada junto al puente levadizo -se utiliza a diario en cuanto
se van los turistas- responde a una típica imagen medieval;
sensación que se acrecienta en su cuidado interior,
decorado con armaduras y tapices adquiridos por los propietarios
en media Europa.
¿Se acuerda del castillo que aparece en tantos cómic
de Tintín? Es la versión impresa de Cheverny.
Un verdadero palacete acondicionado en el XVIII para dar fiestas
a la alta sociedad y disfrutar de una de las grandes pasiones
de la monarquía francesa: la caza. En la sala de trofeos
se conservan, en paredes y techos, más de 2.000 cornamentas
de ciervos.
Después de tomar el aperitivo en Blois -la ciudad
también conserva un gran castillo en el que destacan
la fachada de las logias, la escalera de Francisco I y la
colorida Sala de los Estados- regresamos a nuestra ruta por
la "che", en este caso en Chambord.
El problema de visitar lugares tan espectaculares en distancias
tan cortas es que llega un momento en que no existen calificativos
para describir tanta belleza. Chambord, que en la antigua
lengua celta significa "Vado de la curva" en el
riachuelo Cosson, fue un antiguo torreón del s. XII
que el rey Francisco I transformó en el XVI en un fastuoso
castillo con diseño, según se dice, de su protegido
Leonardo da Vinci, siguiendo unos rigurosos principios matemáticos.
El resultado fue la armonía del gótico francés
con la decoración propia del Renacimiento italiano
que corona el castillo con torres, chimeneas, linternas, tambores
y terrazas. En su interior, destacan las cámaras reales,
la galería de cuadros y las escaleras. En el siglo
XX, el Gobierno francés lo adquirió para rehabilitarlo
con mucho gusto, recuperando los fosos y el aspecto que tuvo
en el XVI. Desde las terrazas, puede contemplar las mil hectáreas
que lo rodean de estanques, canales, jardines y frondosos
bosques con ciervos, corzos y jabalíes en libertad.
La visita al Loira y sus afluentes no tendría fin
y podría continuar en Beaugency, Châteaudun,
Valençay, Saumur o Sully; ahora es usted quien tiene
que descubrir cuál es su rincón favorito en
un valle que no deja de ser un hermoso capricho.
Carlos
Pérez Vaquero
Fotografías: Leandro Escudero
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