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Castillo
de Vianden
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Esa riqueza no es ningún mito, se ve inmediatamente
en la calidad de vida de la gente, en sus casas y en las calles,
donde es tan habitual encontrarse un Ferrari como aquí
un Mégane, y se nota sobre todo en dos aspectos: por
un lado, en su nivel de formación (la mayor parte de
sus habitantes hablan sin problemas varios idiomas, además
del luxemburgués, de forma que es muy fácil
hacerse entender en inglés, francés o alemán)
y en su elevado sentido del civismo. Sirva como ejemplo que
en la capital, si dejas el coche mal aparcado en una zona
peatonal, la policía no te pone una multa, se limita
a dejar una nota en el parabrisas donde te recuerdan que la
próxima vez aparques bien.
A pesar de su reducido tamaño (todo el país
es más pequeño que la provincia de Álava)
en Luxemburgo se puede hablar de cinco regiones perfectamente
delimitadas: Mosela -famosa por sus vinos blancos- y Mullerthal
-a la que llaman la pequeña Suiza- están situadas
al este, en la frontera con Alemania; las Tierras Rojas, en
el sur, en el límite con Francia; el Corazón
del Buen País, poético nombre para el territorio
que rodea la capital y, finalmente, Las Ardenas donde se encuentra
el destino que visitaremos hoy: Clervaux.
Llegar en coche hasta aquí es muy sencillo, sobre
todo teniendo en cuenta que es casi imposible perderse en
un país de 2.584 Km².
Clervaux está situado a unos 20 Km. de la frontera
belga, al oeste de la carretera E421 que recorre el Gran Ducado
desde el extremo norte hasta la capital, donde confluye en
una circunvalación con las autopistas E-25, que viene
de Bélgica, y E-44, que va a Alemania. En ambos casos,
las autopistas son de dos, tres e incluso cuatro carriles
en cada sentido, gratuitas e iluminadas con farolas por la
noche. Algo habitual en todo el Benelux.
La imagen más fotogénica de la ciudad se encuentra
nada más llegar, en el mirador de "Bellevue";
sin duda, un nombre muy apropiado para una vista muy hermosa:
las colinas que rodean el valle del río Clerve están
cubiertas de frondosos bosques de abetos; en medio, un pequeño
pueblo de cuento de hadas aporta una nota de vida con sus
casas blancas de tejados negros, donde apenas viven 11.000
almas, mientras el cauce del río serpentea entre las
calles peatonales del casco histórico junto al castillo
feudal y las elevadas torres de la iglesia parroquial, formando
una postal pintoresca que remata la inconfundible silueta
de la Abadía de San Mauricio, en la cumbre de la colina.
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Castillo
de Clervaux
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Esta vista, que sólo admite el calificativo de idílica,
le animará a descansar, pasear y perderse entre los
árboles; algo que este pueblo -y el país en
general- han sabido explotar muy bien para el turismo, sacando
partido a ese 60% de la superficie de Luxemburgo que está
cubierto de bosques y praderas; de forma que en las oficinas
turísticas podrá encontrar rutas de senderismo
y caminos para andar en bici entre ríos cristalinos,
cabañas de madera y vacas pastando en verdes prados.
Bucólico, lo sé; pero la belleza de este pueblo
se valora en su justa medida cuando se sabe que fue destruido
hace tan solo 60 años.
Sucedió en el invierno de 1944. Las tropas de Hitler
lanzaron una dura contraofensiva en la región de Las
Ardenas con el objetivo de debilitar el frente occidental
de los aliados. Cuando los tanques americanos liberaron Clervaux,
a principios de 1945, y obligaron a las tropas alemanas a
huir en retirada hacia su país, la ciudad, como muchas
otras localidades de esta tierra, quedó arrasada. Hoy
en día, aún pueden verse dos de aquellos tanques
de la brigada Sherman al pie del castillo y, cerca del río,
la escultura de un soldado en memoria de las tropas aliadas
que cayeron en combate.
La historia de este pequeño enclave del norte de Luxemburgo
refleja, en realidad, los avatares por los que ha pasado todo
el país.
Desde que un documento del siglo X mencionó por primera
vez la existencia del castillo de "Lucilinburhuc"
-en la actual capital- el Gran Ducado se convirtió
en objeto de deseo para las potencias europeas de todas las
épocas (bohemios, borgoñones, franceses, españoles,
prusianos, austriacos o alemanes) hasta que en 1815, cuando
Napoleón cayó derrotado en Rusia, el Congreso
de Viena reconoció la independencia de ese pequeño
territorio situado tan estratégicamente entre el Reino
de los Países Bajos y la poderosa Confederación
Germánica.
Con razón, no debe extrañarnos que, en once
siglos de existencia, el lema de Luxemburgo sea: "Queremos
seguir siendo lo que somos".
Clervaux nació en el siglo XII en torno a la fortaleza
construida por la Casa de los Brandemburgo, a la que se fueron
añadiendo, sucesivamente, nuevos alojamientos, establos,
torres y bodegas que afianzaron el carácter defensivo
del recinto y del pueblo que surgió a sus pies. Fue
Claude de Lannoy, en 1634, quien reformó algunas estancias,
como la Sala de los Caballeros, para transformar el castillo
en una residencia palaciega. A principios del siglo XX, el
edificio se convirtió en un hotel de lujo pero el estallido
de la II Guerra Mundial y su posterior destrucción
durante la batalla de Las Ardenas lo sumieron en la ruina,
hasta que el Gobierno luxemburgués adquirió
su propiedad e inició la ardua tarea de reconstruirlo,
intentando devolverle a su aspecto original.
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Clervaux
desde Bellevue
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Actualmente, el "Château" de Clervaux -pintado
de un blanco inmaculado- alberga la sede del Ayuntamiento,
la Oficina de Turismo (en la Torre de las Brujas) y tres interesantes
colecciones: un museo de maquetas que reproduce los principales
palacios y fortalezas del país, como la del cercano
castillo de Vianden, en el valle del oro; el Museo de la Batalla
de Las Ardenas, con recuerdos y armas de aquella ofensiva
y, por último, la exposición permanente "Family
of Man".
En 1951, Edward J. Steichen (un fotógrafo americano
de origen luxemburgués) reunió en el MoMA de
Nueva York más de 500 instantáneas realizadas
por 273 fotógrafos de 68 países que reflejaban
la pluralidad y diversidad de la "Familia Humana".
En aquel entonces, el proyecto cautivó a más
de nueve millones de personas de todo el mundo que admiraron
cada fotografía de los 37 grupos temáticos en
los que se organizó la muestra (amor, religión,
trabajo, infancia, etc.). En 1964, el Gobierno de Washington
donó la colección a Luxemburgo y, desde los
años 90, "la mayor exposición fotográfica
de todos los tiempos", en palabras de los expertos, se
encuentra instalada en el castillo de Clervaux.
Al salir de la muestra fotográfica, podemos continuar
la visita muy cerca, detrás del castillo, en la iglesia
parroquial. Fue construida entre 1910 y 1912 siguiendo las
trazas del característico estilo románico renano;
un románico muy esbelto para lo que nosotros estamos
acostumbrados. Otros monumentos de interés que merece
la pena visitar son: la Capilla de Nuestra Señora de
Loreto, rococó; el Museo de los Juguetes, dedicado
especialmente a las miniaturas de metal y a los soldados de
plomo y, finalmente, la Abadía benedictina de San Mauricio
que domina el valle del Clerve con su agudo campanario. Se
construyó a principios del siglo XX y contiene una
interesante exposición de costumbres religiosas.
Por lo demás, las calles peatonales del centro histórico
le aguardan con vistosas cervecerías, tiendas de recuerdos
y numerosos hoteles, pequeños, pero llenos de encanto,
que se han especializado en el relax de sus huéspedes;
algo muy sencillo en un país donde se respira tranquilidad.
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Palacio
Grandes Duques de Luxemburgo
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En cuanto al paladar se refiere, la situación geográfica
del Gran Ducado, las invasiones de sus vecinos y el haberse
convertido en sede de numerosas instituciones europeas hacen
de la cocina luxemburguesa una carta con menús muy
variados que ha "heredado" platos como la choucroutte
y las salchichas alemanas o los quesos y los dulces franceses;
pero si quiere probar algo autóctono, le recomiendo
que se detenga en cualquier panadería (muy similares
a las "granjas" catalanas donde se puede tomar un
café con un pastel) y pruebe las tartas de queso y
los bollos de nueces con pasas. Si se acerca al mostrador,
le sorprenderá la variedad de panes que son capaces
de preparar estos artesanos de la harina con semillas de sésamo
o pipas de calabaza.
Una gastronomía, tan diversa como internacional, se
puede acompañar con los vinos blancos del Mosela (afrutados),
los típicos aguardientes de la zona, un café
más bien enaguarichado o la cerveza del país,
la "Diekirch"; pero si tiene ocasión y puede
elegir, continúe bebiendo cervezas belgas de abadía
como la "Leffe". Su paladar me lo agradecerá.
Por cierto, si le habían encargado traer monedas de
recuerdo, los euros de Luxemburgo son muy difíciles
de conseguir incluso allí porque, aunque parezca una
paradoja, apenas circulan (se coleccionan) y, al pagar cualquier
compra, los comerciantes le darán el cambio en monedas
de otro Estado de la eurozona; aunque, eso sí, le ofrecerán
la posibilidad de comprar una tira que contiene sus ocho monedas
por tan sólo 12 euros y, de regalo, se llevará
una foto de los Grandes Duques Enrique y María Teresa.
Otra posibilidad, como me ocurrió a mi en Vianden,
consiste en encontrar algún trabajador de origen portugués
(representan el 11% de la población luxemburguesa;
que se dice pronto) y, por aquello de estrechar lazos ibéricos,
podrá pedirle cambio de un par de billetes.
Espero que disfrute de la visita.
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Direcciones
de interés:
Syndicat d´Iniciative (Oficina de Turismo):
Château de Clervaux. L - 9712 Clervaux.
Oficina
Nacional de Turismo:
Apartado 1001. L - 1010 Luxemburgo
info@ont.lu
Embajada
del Gran Ducado de
Luxemburgo en España:
C/ Claudio Coello, 78, 1º. E - 28001 Madrid
Tel.: 91 435 91 64
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Carlos Pérez
Vaquero
Fotografías: Leandro Escudero
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