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Noto
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Más allá del parque, la Porta Reale da la bienvenida
al verdadero Noto, el que no tiene nada que ver con los barrios
modernos ni con las nuevas construcciones; entonces, por la
puerta grande, entras en un escenario barroco único
en toda Europa. Un lugar al que llaman "el jardín
de piedra".
En el mes de enero de 1693, un devastador terremoto destruyó
completamente la ciudad que habían fundado los sículos
en el siglo IX a.C. La historia de Noto, como la de toda Sicilia,
se escribió con la huella que dejaron sus conquistadores
-griegos, romanos, árabes, normandos, suevos y aragoneses-
pero el seísmo lo redujo todo "rasa al suolo",
como dicen ellos. Del desastre surgió la oportunidad
de construir una nueva ciudad en la pendiente de la colina;
un lugar diseñado, según el gusto barroco de
la época, con calles paralelas intercaladas entre plazas
que se plantearon como grandes escenarios, con escalinatas,
terrazas y desniveles; creando un espacio de armonía
entre iglesias, palacios, conventos y casonas de piedra que,
al contacto con el sol, adquieren una tonalidad dorada irrepetible.
La nueva Noto -obra de los arquitectos Rosario Gagliardi
y Vincenzo Sinatra- se convirtió en la capital siciliana
del Barroco por su exuberancia y la unidad de estilo. En palabras
de la UNESCO, Noto y las otras siete ciudades de su valle
-Caltagirone, Militello, Val di Catania, Catania, Módica,
Palazzolo, Ragusa y Scicli- atesoran "(…) la excepcional
calidad de la arquitectura barroca y representan la culminación
de ese estilo en Europa". Un estilo artístico
que se desarrolló desde finales del siglo XVI hasta
bien entrado el XVIII y que alcanzó su mayoría
de edad en Turín, Nápoles, Venecia y, sobre
todo, en Roma, por influencia de los Papas, antes de llegar
a Sicilia donde el barroquismo logró su máximo
exponente en Noto.
Los arquitectos diseñaron la ciudad ordenada por estados
sociales; una parte se dedicó al poder religioso, otra
a los nobles y la última al pueblo llano, agrupado
en los llamados quartieri popolari.
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Modica
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La calle principal, el corso Vittorio Emanuele III al que
se llega nada más cruzar la Puerta Real, representa
el epicentro del poder eclesiástico con la catedral
de S. Nicolò y las iglesias de S. Franceso, S. Carlo
Borromeo y S. Domenico y sus respectivos conventos. En paralelo
y subiendo el desnivel de la colina, la vía Cavour
y sus calles perpendiculares eran el hogar donde la nobleza
se construyó palacios tan espectaculares como los de
Nicolaci, Astuto e Impellizzeri. Más allá, los
artesanos y los campesinos vivían en los barrios de
Agliastrello, Mannarazza y Pianalto.
La exhuberancia del planteamiento barroco se plasmó
sobre todo en las plazas, creadas como si fueran grandes escenarios
para representar la vida diaria: la Plaza 16 de mayo gira
entorno a la escultura de Hércules -de lo poco que
se salvó del terremoto-, el Teatro Vittorio Emanuele
III y el convento de S. Domenico; y la Plaza del Municipio
con el Ayuntamiento -ubicado en el Palazzo Duzecio, en honor
al rey que defendió Noto de los griegos en el siglo
V a.C.- y la catedral, formando el llamado "area maioris
ecclesiae".
La historia de esta Cattedrale es la suma de continuos desastres
-naturales y humanos- que han causado su ruina en tres ocasiones
(1760, 1848 y 1996). En los años 50, el techo de madera
fue sustituido por un forjado de hormigón que medía
48 cm. de espesor; lógicamente, al aplicar tanto peso
sobre los arcos que sostenían la bóveda (muy
debilitada por otros seísmos y por la mala calidad
de los materiales empleados en las dos reconstrucciones anteriores),
el colapso fue inevitable y la cúpula se derrumbó
el 13 de marzo de 1996 arrastrando parte de las capillas laterales
y de la nave central.
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Ragusa
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Actualmente, los andamios y las grúas que, poco a
poco, tratan de reconstruirla por cuarta vez, están
cubiertos por un inmenso trampantojo que resta toda la perspectiva
y escenografía con la que se creó la escalinata
de acceso. Esperemos que en unos años recupere su pasado
esplendor.
Pero si hay un elemento imprescindible en Noto son las ménsulas
que decoran sus balcones; en especial, las del Palazzo Nicolaci
donde las figuras grotescas nos miran desde su altura con
forma de sirenas, caballos, leones, quimeras, hipogrifos,
demonios o angelotes. Figuras de la mitología que sustentan
los balcones donde los nobles se asomaban para contemplar
la infiorata, la fiesta popular que cubre las calles con alfombras
de flores cada tercer domingo de mayo.
El diseño de los balcones permitía que las
mujeres de la nobleza se pudieran asomar cómodamente
con sus amplios vestidos; para lograrlo, los arquitectos crearon
las inferriate ricurve: barandillas cóncavas de hierro
forjado sobre la calle que dejaban asomar los miriñaques
de las damas de la alta sociedad. Una muestra ejemplar del
barroquismo de Noto.
Lamentablemente, el patrimonio que se puede visitar es mínimo
comparado con todos los bienes que guarda este hermoso jardín
de piedra, en espera de un plan urgente de rehabilitación
integral que no termina de llegar. Quizá, el problema
de Noto es que forma parte del pobre sur de una región,
Sicilia, que también es de lo más pobre de Italia.
Esperemos que todos estos edificios barrocos sean reconstruidos
con alguna utilidad que los mantenga vivos y los salvaguarde
para el futuro. Hasta entonces, siempre puede terminar su
visita a Noto disfrutando de un buen plato de ravioli di ricotta
(raviolis con requesón), lasaña o tagliatelle
acompañados de una copa de vino rosado o moscatel,
alla sua salute.
Carlos
Pérez Vaquero
Fotografías: Diego García Carrera y Leandro
Escudero
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