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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LOS TOROZOS

Al norte del Duero, entre la ribera del Pisuerga y la Tierra de Campos, hay una extensa franja de terreno donde se alternan los páramos infinitos y pequeños cerros con pagos llenos de encinas y robles, el cauce de algunos riachuelos, una variada fauna de jabalíes, avutardas, perdices y lobos e incluso una espina de la Corona de Cristo. Es la comarca de los Montes Torozos, una ruta singular llena de grandes atractivos.
Iglesia de Wamba

Salchichas y huesos:

Nuestro recorrido puede comenzar a 4 kilómetros de Valladolid, subiendo la cuesta de Zaratán de la N-601, la carretera de León. Hasta hace unos años, este pueblo permaneció al margen de la frenética urbanización que tanto ha cambiado los alrededores de la capital del Pisuerga; pero, con el cambio de siglo, llegaron las constructoras y, en apenas un lustro, los chalés y un enorme centro comercial lo han rodeado. Aun así, Zaratán todavía conserva parte de su encanto –iglesia de san Pedro, ermita de santa María, el antiguo puente del tren burra...– y algunas tradiciones como los encierros nocturnos o la fiesta de primeros de noviembre, cuando se reparten, gratuitamente, sus famosas salchichas. Uno de los platos más típicos de la comarca.

Desde aquí, la carretera de la Mota (VA-514) pasa muy cerca de Ciguñuela coincidiendo con parte del “Camino de Madrid” que siguen los peregrinos para llegar a Compostela. En esta localidad, situada al otro extremo del páramo de Villanubla –más de siete kilómetros de línea recta– puede visitar una curiosa fábrica de velas y otear el horizonte desde la iglesia de san Ginés. Puede que esta imagen del páramo sea una de las más fotogénicas de Valladolid; al fin y al cabo, no hay que olvidar que esta provincia es la única de toda España que no tiene montañas, ni una; por ese motivo, su perfil morfológico apenas varía, arriba abajo de los 800 metros de altura, formando una extensa llanura en la que sólo “despuntan” algunos alcores, como estos oteros de los Montes Torozos.

Al final del páramo, la carretera gira a la izquierda y desciende bruscamente hacia el único pueblo de nuestra geografía que empieza por uve doble: Wamba .

Dicen los historiadores que el rey visigodo Recesvinto murió en este lugar en el año 672 y que, siguiendo sus costumbres, los nobles tuvieron que reunirse para elegir sucesor a Wamba que fue coronado allí mismo. Desde entonces, aquel monarca da nombre a este lugar; sin embargo, la fama del pueblo se debe a la iglesia de santa María: un templo donde confluyen el mozárabe del ábside, el crucero y las pinturas murales –del siglo X– con tres naves románicas del XII, formando un conjunto único y muy bien conservado que además, atesora una extraña sorpresa en su interior. En una de las capillas adosadas al muro occidental –bajo el epitafio “ Como te ves, yo me vi; como me ves, te verás. Todo acaba en esto aquí. Piénsalo y no pecarás ”– un osario apila miles de calaveras, perfectamente colocadas junto a tibias, fémures, peronés y otros huesos. La imagen que ofrece esta capilla es insólita y, en nuestro entorno más cercano, sólo tiene parangón en la “ Capella dos Ossos ” de Évora, en Portugal. Imagino su pregunta: –¿Qué hacen aquí todos esos restos? – Si aceptamos la leyenda, los huesos pertenecen a los caballeros hospitalarios que la Orden de San Juan de Jerusalén trajo de Tierra Santa en la Edad Media, cuando estos monjes-soldado se establecieron en la iglesia de Wamba, favorecidos por los monarcas leoneses.

Comuneros y la Espina:

La carretera continúa serpenteando entre cerros con dirección a Castrodeza –un pueblo de origen vacceo que celebra cada mes de julio las hogueras de san Roque– y Torre lobatón , una villa que algunos autores identifican con la antigua “Abulóbrica” de los romanos aunque, sin lugar a dudas, este pequeño pueblo del valle del Hornija ocupó su lugar en nuestra historia en 1521, cuando las tropas comuneras de Padilla, Bravo y Maldonado asaltaron el castillo, defendido por los soldados del emperador Carlos I, lo conquistaron y salieron de aquí para librar su última batalla en la campa de Villalar.

Tomando un chato de vino en el bar frente al Ayuntamiento, puede que algún parroquiano le cuente otro gran “acontecimiento” local que aún se recuerda: cuando hicieron de “extras”, junto a Charlton Heston, en algunas escenas de “El Cid” en 1961.

El castillo de Torrelobatón es el prototipo de fortaleza vallisoletana, muy similar a la sede de las Cortes en Fuensaldaña: planta cuadrada con tres cubos circulares en cada esquina excepto en la cuarta, donde se levanta la torre del homenaje. Fue construido en el siglo XV por la familia de los Enríquez –los almirantes de Castilla– y, afortunadamente, ya no se emplea como silo de cereales; en la actualidad, dos Fundaciones regionales y el Ayuntamiento están elaborando el proyecto para convertirlo en un Centro de Interpretación de la Historia de Castilla y León. Hasta entonces, dentro de algo más de un año, la fortaleza comunera sólo puede visitarse, lógicamente, cada 23 de abril.

Además del castillo, en “ Torre ” puede ver el arco de la villa, el mencionado ayuntamiento –de traza herreriana, muy sobrio– y la iglesia de santa María que, a pesar del desafortunado campanario de ladrillo, muestra unas amplísimas arquerías góticas en la nave central que justifican la visita. A las afueras, si no se desvía a Gallegos de Hornija a comprar bollos o mantecados, continuaremos a la izquierda de la ermita del Cristo, hacia Torrecilla, Barruelo del Valle y San Cebrián.

Castillo de Torrelobatón

Los mozárabes y la Santa Espina:

Entre los siglos IX y XI, los cristianos que vivían en el Califato de Córdoba –influenciados por la cultura árabe pero sin profesar la religión islámica– emigraron a los reinos cristianos del norte de la Península al ver peligrar sus creencias. Aquellos mozárabes se asentaron, principalmente, en el Valle del Duero –entonces, una tierra de nadie– y nos legaron iglesias como las de San Miguel de la Escalada y Santiago de Peñalba (León), San Baudelio de Berlanga (Soria) y este templo de San Cebrián de Mazote .

La iglesia de san Cipriano, del s. X, tiene planta basilical con ábsides en ambos extremos, algo habitual en su rito religioso, y tres naves separadas por arcos de herradura que se apoyan en capiteles de origen muy diverso –romanos, visigodos o bizantinos– y columnas de mármol. Una verdadera joya que destaca por su luminosidad y por la sencillez de la techumbre de madera que cubre la nave central.

El resto del pueblo, como tantos otros de Torozos, se limita a vivir de la agricultura del cereal, la ganadería ovina y las subvenciones comunitarias.

En medio de este paisaje, desforestado en gran medida para sembrar trigo y cebada, subsisten pequeños encinares convertidos en cotos de caza, como el que se encuentra muy cerca de la Santa Espina , el monasterio donde Felipe II conoció a su hermanastro, Juan de Austria.

A mediados del siglo XII, la hermana del rey Alfonso VII, doña Sancha, fundó este monasterio cisterciense, en el valle que forma el arroyo Bajoz, con una reliquia de la Corona de Cristo que le entregó el rey de Francia. “La Espina” reúne buena muestra de diversos estilos artísticos: de la austeridad de los claustros herrerianos al barroco de la fachada de la iglesia, formando un conjunto muy cuidado en el que destacan por su belleza el interior de la iglesia y la sala capitular. Actualmente, es la sede de la Escuela Profesional Agraria que dirigen los Hermanos de La Salle; un centro de capacitación que lleva más de 100 años preparando a los futuros agricultores que para conocer el pasado de esta sacrificada profesión, pueden visitar el “Museo de los Aperos de Ayer”.

Los Torozos no terminan aquí, en esta pedanía de Castromonte , sino que se extienden hasta Tordesillas, Urueña, Montealegre, Villalba de los Alcores o Ampudia: lugares que, por muchos motivos, merecen otra visita.

Carlos Pérez Vaquero
Fotografías: Diego García Carrera

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