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Baudelaire
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Baudelaire murió relativamente joven, no llegando
a la cincuentena. Heredero de una pequeña fortuna que
pronto dilapidó (bien hecho, jóvenes ahorradores),
vivió en París y sólo dejó la
ciudad cuando -al parecer- se sentía víctima
de una grave enfermedad que degeneró en apoplejía.
Baudelaire no volvió a ser el mismo a su vuelta de
Bélgica. Escribió, sí, eso también
hizo. Alumno sin rostro de Poe, bebió absenta y plumas
de cuervo, enamorado de Annabel Lee. En su estancia con los
Usher, probó placeres prohibidos. Por él hablamos
de aquella generación de «poetas malditos».
Baudelaire, referente literario. Las Flores del Mal: su gran
libro de poemas, símbolo de una generación eterna,
repetida y cíclica. La Fanfarlo: su propio retrato.
Los Paraísos Artificiales: quizá su condena
social. No fue un escritor prolífico, tampoco un gran
crítico, pero escribió ensayos sobre arte, literatura,
poesía..., su propia poesía puede leerse también
así, filosofía social, espejo de una época,
heredera del gran romanticismo (todavía vivo, siempre).
Y es que, mientras Victor Hugo vivía en su gran casa
y era nombrado alcalde de París, Baudelaire se paseaba
andrajoso y elegante por los suburbios, bebiendo la fuente
del miedo y los placeres, uno al fin. Mientras Hugo fue un
enamorado de la vida, Baudelaire puede definirse como el poeta
diabólico, remedo de todo aquello que la sociedad bien-pensante
del momento (de todos los momentos) podría aborrecer.
Aún no ha llegado el reinado material de Marx, son
otros tiempos. La facción romántica está
embebida en poder, el auge realista aún está
por llegar, pero ha dado sus primeros coletazos (Baudelaire
llega a conocer al gran Balzac, también a Nerval).
Reacciona contra todo y todos, como también haría
Rimbaud. Nos llega la sombra del este tratante y se proyecta
sobre aquél que fue el primero de «los malditos».
Son herederos del espíritu burgués, pero otro
espíritu muy diferente al actual. Un ser cultivado,
amante del arte hasta el diletantismo, mediana fortuna y vicios,
placeres y sombras. La poesía de estos nuestros malditos
es eso, poesía del lado oscuro, pero teñida
con el gusto del bon-vivant.
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Baudelaire vivió medio olvidado, su libro no era Los
Miserables (grandioso éxito de ventas nunca superado).
Las Flores del Mal apenas tuvo éxito, aunque un juicio
muy similar -y ridículo- al que sufriera Flaubert tiempo
atrás por su Madame Bovary, ayudó a incrementar
su popularidad. Cuando acaeció su muerte, sus flores
fueron olvidadas por mucho tiempo, y sólo con el reconocimiento
de Sartre en su famoso ensayo se volvió a hablar del
poeta. En parte, el Baudelaire que conocemos es una recreación
de Jean Paul Sartre (que también haría retomar
el gusto por Poe). El filósofo lleva al escritor a
su terreno, desde luego, y toma el spleen como símbolo
de la nada y del tiempo, la condena del hombre moderno. Desde
luego, no iba para nada desencaminado, y si algún escritor
pudiera considerarse como precursor del existencialismo, ese
sería Baudelaire.
La creación de Sartre nos muestra al
verdadero maldito, el que nunca existió, nos muestra
su personaje en La Naúsea, o El Extranjero (Camus):
Baudelaire no fue nada de esto. No fue un hombre bañado
en desdén, Baudelaire, como todo hombre de letras,
anhelaba en secreto la gloria (un edificante escrito de Charles
Asselineau -amigo personal durante gran parte de su vida-
nos mostrará al verdadero hombre). Baudelaire fue un
aficionado al arte en toda su extensión (hombre de
su época), escribió sobre sus coetáneos,
criticó al dios-Hugo y a la vez le alabó su
prosa. Y es que las palabras no llevan al engaño, a
esa «bella mentira» de Dante. El Baudelaire que
conocemos fue la creación de un hombre, su propio escrito
en vida.
Uno de los libros más aclaratorios del poeta es, sin
duda, La Fanfarlo. Allí se crea el personaje y se define
a sí mismo como un dandi. Encontramos mil y una referencias
a lo que sería el movimiento (la sombra de Lord Henry
Wotton se proyecta distante) y mil equívocos más.
Como sucedería en El Retrato de Dorian Gray, el personaje
va alcanzando cotas místicas, mientras el hombre se
sumerge en lo más profundo de sus miedos, en su miseria
más humilde, Baudelaire sufre una apoplejía.
Ahora ya apenas puede hablar, mucho menos ser entendido, ¿alguna
vez lo fue? Baudelaire muere como vive, como un cuento de
su maestro Poe, sin voz, en compañía del retrato
siempre bello, diabólico, que un día quiso pintar.
Las Flores del Mal
«Porque todo libro que no se dirige a la mayoría,
por número e inteligencia, es un libro estúpido»
(Charles Baudelaire)
Los tiempos, a veces crueles, siempre certeros, nos acostumbran
al género, el más cruel de los vicios literarios.
Así convertimos en géneros novelas, versos y
escenas, vacuo juego entre lo esperado y lo esperable, éste
nuestro cómodo vicio.
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Baudelaire buscaba con Las Flores del Mal la superación
del espíritu romántico y parnasiano, y ello
conllevaba el desprecio de aquellos ideales que habían
gobernado el arte hasta el momento. Las Flores del Mal simboliza,
ya su título lo indica, la superación de Wertther
y su anquilosada manera de entender la belleza. Las Flores
del Mal iba originalmente a llamarse Las Lesbianas (por considerar
el autor a ésta como la forma más infructuosa
del amor); Los Limbos (haciendo referencia a su estructura).
Las Flores del Mal es la referencia a todo esta herencia artística,
Werther oliendo la flor que un día creyó inmarcesible.
Pero la rosa de Werther, encarnada en Margarita, es un espejo
de la moral, condenable y así maleable. Las Flores
del Mal hablan con un lector compañero en el pecado,
como haría en los Paraísos Artificiales.
Pero Las Flores del Mal huye de otros muchos tópicos
de la poesía romántica. La obra posee una estructura
dramática sólidamente construida, y responde
a un plan rigurosamente calculado. Cada uno de los poemas
adquiere relevancia no en el verso por sí, sino visto
a través de la totalidad de la obra. Baudelaire era
minucioso, casi obsesivo, había que hallar el término
preciso, sin ambages, la sinestesia precisa. Las Flores del
Mal es una compleja «teoría de correspondencias»
en la cual nada es llevado por el azar, música y color
(otra vez el demonio de Goethe) vencidos por el tedio vital,
la bilis negra.
La narración, sin ser el Don Juan de Byron, responde
a la singladura a la que el poeta nos invita. Él será
nuestro Virgilio, y junto a él recorreremos los círculos
infernales (no nos es dado el poder de alcanzar los cielos
en esta ocasión). «Spleen e Ideal». A la
sombra del tiempo, de los sabios, nuestro viaje comienza de
la mano de un albatros, vamos de la mano del poeta y la brevedad
de su verso roto, buscamos la liberación de la mano
del eterno-femenino (nótense las referencias dantescas),
del vino y de las rebeliones, buscamos la liberación
en una buhardilla oscura, en el romanticismo y en la belleza.
Nada de ello nos servirá para vencer, porque el pecador
espera su condena, una pequeña mendiga nos mira, vemos
el arte, una vez más en la muerte, dualidad segura.
Al fin llega el final de nuestro camino, nos queda el viaje
eterno, lleno de sufrimiento, pero nuestro camino nos ha enseñado
algo, caminamos de la mano del spleen y la monotonía,
nuestra verdadera meta era perder, ver el horror que anida
en nuestro corazón, en una mirada sórdida pero
sincera. Perdidos, al fin, podremos diferenciar el aroma.
Martín
Cid
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