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Catedral
de Cuenca
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Aprovechando la formidable orografía del terreno se
construye el recinto fortificado, que aún puede contemplarse
en la actualidad. En el año 1177 Alfonso VIII entra
victorioso en ella. Vive entonces Cuenca una etapa de apogeo,
gracias a la industria textil, la artesanía, la riqueza
forestal y ganadería. Sufre luego, y durante varios
siglos, azarosos avatares históricos, hasta que la
llegada del ferrocarril en 1855 y el aprovechamiento silvícola,
favorecen de nuevo el renacer de la actividad urbana.
Cuenca ofrece el encanto de su monumentalidad, pero también
la pujanza de una capital moderna, embarcada hacia el futuro
con optimismo. Para saborear la magia de esta hermosa ciudad
hay que pasear con calma por el entramado de sus recoletas
calles y rincones, observando con detenimiento cada uno de
los mil y un detalles que surgen por doquier. Las Casas Colgadas
son universalmente conocidas, el reclamo más popular
para los visitantes. Dentro de ellas, además, se ubica
el Museo de Arte Abstracto, con una valiosísima colección
de los principales artistas contemporáneos: Saura,
Oteiza, Chillida, Zóbel, Sempere, Tapies, etc. Contempladas
desde la otra orilla del Huécar, da la impresión
que las rústicas balconadas estuvieran labradas sobre
la misma piedra vertical que se asoma al barranco.
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Casas
Colgadas
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Pero Cuenca guarda otros gratos secretos, como la Catedral
de Santa María de Gracia, obra de singular talla,
con evidentes influencias normandas, lo que la hace diferente
a las del resto de España. Su interior es luminosos,
con ese bello triforio o galería que discurre por los
muros de la nave. La Torre del Ángel, el Trasparente,
los sepulcros o el Museo, donde se exhiben cuadros de pintores
de renombre, son sólo algunos de sus tesoros. Fuera
del templo hay otros edificios de interés, como el
Palacio Episcopal, el Ayuntamiento o el Convento
de San Pablo, situado fuera de la ciudad y que hoy es
Parador de Turismo. La Iglesia de San Pedro, San
Martín, San Antón, El Salvador,
San Felipe Neri, San Miguel, La Merced.
El Convento de las Angélicas, el de la Concepción
Francisca, las Petras, la Ermita de la Epifanía,
o el Hospital e Iglesia de Santiago atesoran importantes
Museos, retablos, tallas, escudos, portadas, etc.
Hay igualmente casas de típica y noble factura, como
la de las Rejas, el canónigo, el Cura, el rey. Colegios
y Palacios, como el de los Luna Carrillo y otras muchas que
en la imaginación evocan escenas del pasado. Tal es
el caso de la Torre Mangana, espléndido vestigio que
la cultura árabe dejó en esta ciudad. El Pósito,
el Jardín de los Poetas, la Puerta de Valencia y las
murallas, la Sede de la Inquisición. En fin tantos...
Pero llega la hora del buen yantar, y en este sentido Cuenca
puede presumir de la más exquisita gastronomía:
el gazpacho, los zarajos, el morteruelo o el ajoarriero forman
parte de su sabrosa oferta culinaria, al igual que el cordero,
ya sea al horno, a la brasa o a la caldereta. El queso de
la tierra, la caza y la pesca son elementos básicos
de la cocina, en la que sería imperdonable no incluir
un apropiado vino manchego. Y a los postres el alajú,
los pellizcos de monja o el licor de resolí.
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Ciudad
Encantada
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La tarde se presta al descubrimiento de otros interesantes
matices arquitectónicos. Plazas, arcos, escalinatas,
balcones, pasadizos, rejerías, etc. Las multicolores
fachadas de la calle Alfonso VIII. Los curiosos y espectaculares
"rascacielos", construidos al borde mismo del escarpe
rocoso en los Barrios de San Martín o San Juan.
Cualquier momento es oportuno para entrar en una tienda y
adquirir la tradicional artesanía conquense: cerámica,
alfombras, tapices, orfebrería, forja o madera. Cuando
el día se acaba, al visitante le invade la inevitable
sensación de tener que marchar sin haber disfrutado
de otros muchos alicientes. Razón de más para
planificar la estancia en Cuenca más de una jornada,
porque si la ciudad es absolutamente sugestiva, no lo es menos
el entorno natural que la rodea, único e irrepetible.
Las alternativas son infinitas: recorrer en coche los alrededores,
como la Ciudad Encantada, el Nacimiento del río
Cuervo y otros parajes fascinantes. O simplemente caminar,
relajadamente, por las Hoces del Huécar y el Júcar
a los pies de esta mítica ciudad, y bajo las frondosas
arboledas que la flanquean, especialmente llamativas en primavera
y en otoño.
Las perspectivas cambian totalmente en cada recodo de la
ribera de ambos ríos. Además, la noche , siempre
sugerente, aún recobra un particular hechizo en Cuenca,
entre las sombras y luces de sus calles medievales. Con la
acertada iluminación de sus monumentos. Desde luego,
no debe perderse el viajero una visita nocturna de la ciudad
desde los múltiples miradores que la circundan. Merece
la pena...
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