 |
|
James
Joyce
|
Estudió en los jesuitas, recibió premios de
poesía (que se gastó en invitar a una gran cena),
bebió durante toda su vida, terminó sus días
ciego y con varias úlceras... Unos dicen que fue el
mejor escritor desde Homero, otros dicen que su pluma está
más allá de este mundo, otros dicen que terminó
loco, que su escritura es sólo un ejemplo de un hombre
esquizofrénico. La Historia habla, y 1922 es la fecha
en la que se publicó el libro más famoso del
S. XX: Ulises.
Cuentan que Nora (su Penélope) y Joyce se escribían
cartas muy subidas de tono, que estaba obsesionado con los
fluidos corporales y el sexo, cuentan también que es
un ateo profundamente religioso, un hombre culto de pésimo
gusto, un irlandés universal.
La Historia, como bien dicen algunos, se escribe con la pluma
de los anónimos, con el tenue caminar de Stephen Dedalus,
Ajax, Leopold Bloom, Aquiles, Ulises... La Historia cambia
el tiempo y convierte lo ignorado en texto, porque son las
palabras la fuente última y primera del conocimiento.
Más allá, sólo la muerte.
James Joyce es el escritor que, viviendo una vida en el exilio,
convirtió la vieja Irlanda mítica en un universo
estable y cambiante (Ulises), que describió la vida
de las gentes de Dublín (Dublineses), que relató
su propio nacimiento y condena (Retrato de un Artista Adolescente),
que vivió una y mil vidas en el sueño de un
beodo (Finnegans' wake).
James Joyce nació cerca de Dublín el 2 de febrero
de 1882, en aquella añorada Irlanda de escasez y pobreza.
Hijo de un padre alcohólico que fue perdiendo sus posesiones
(escasas) a medida que su «problemilla» iba tomando
tintes más dramáticos. El propio James no se
libraría de esta pesada carga endogámica. Sus
primeros años transcurren sin mayores altibajos en
una ciudad a la que observa para nunca más perder de
vista en su posterior exilio. La que un día fue prodigiosa
memoria del autor se fijaba en todo, captaba cada detalle,
en un mundo ya en formación, pero sin eclosionar.
Joyce comenzó con un libro de poemas de amor (Música
de Cámara, 1907). Su siguiente obra, un fresco sobre
la vida (Dublineses, 1914), ahonda en el concepto de «epifanía»
(procedimiento literario de revelación interior a través
de instantáneas de la vida, palabra, imágenes)
que más tarde pasaría a llamarse «epiclesis»
(forma más desarrollada de la «epifanía»).
Dublineses es una colección de relatos, sí,
pero es una novela en sí misma con un único
personaje: Dublín.
 |
Narrada en un inglés académico pero localista,
Dublineses no es sólo un fresco de la vida en aquellos
días, sino una novela que antecede al mejor Dos Passos
(Manhattan Transffer). Las historias se entremezclan y los
personajes desaparecen para volver a eclosionar con furia.
Se trata de una curiosa mezcla entre el escritor que ha de
llegar y el gran heredero de una tradición narrativa
clásica (recordemos los movimientos realistas encabezados
por Balzac). Joyce bebe de todos los estilos y practica todas
las narrativas. Como más tarde haría en El Retrato
del Artista Adolescente, la obra evoluciona lingüística
y estructuralmente desde el primero de los relatos. Los personajes,
espejos de la realidad sin contacto con ella, crean un universo
ficticio de paralelismos. Aquellos que acusan a Joyce de haberse
vuelto loco, sin embargo, encontrarán en Dublineses
un ejemplo de inglés académico, pausado y reflexivo.
Más tarde, y esbozada anteriormente en Stephen el
Héroe, comienza con las aventuras de Stephen Dedalus
en Retrato del Artista Adolescente (1916). Surge el verdadero
Joyce, cambiante, resultón, expresivo, abnegado, autontemplativo,
un torrente verbal de tonalidades cambiantes. Es la historia
de un chico, el mismo Joyce, que estudia en los jesuitas,
que descubre la ética de Santo Tomás, que mira
el mundo de los prostíbulos y desciende hasta el infierno
de las palabras. Cinco capítulos en los que el lenguaje
es el personaje principal y se convierte en la expresión
del alma del héroe (Stephen Dedalus). Las palabras
evolucionan junto con el protagonista, cambia, es inocente
y vacuo al principio; profundo, filosófico y pedregoso
en su desarrollo medio; pasional, etéreo, enamoradizo
y vergonzante más tarde; libre y sincero cuando Dedalus
llega al final de su camino: Joyce, ahora convertido en verdadero
artista, está listo para escribir Ulises.
Retrocedamos en el tiempo. Nos encontramos con un Joyce que,
según sus palabras, no sabía beber (por desgracia
luego aprendió). El necesario proceso de distanciamiento
con el que sería el principal personaje de su obra
(Dublín) aún no se ha realizado. Estamos frente
a un hombre por formar, aún recluso tras los grilletes
familiares. Vive junto a unos amigos (inmortalizados más
tarde en las ahora célebres escenas de la torre). En
aquellos tiempos conoce a la que sería su compañera
y madre de sus hijos Giorgio y Lucía: Nora Barnacle.
Fue una relación difícil más por parte
del escritor que de esta «señorita». Joyce
frecuentaba burdeles y se emborrachaba constantemente, convocaba
celosos fantasmas... Pero Nora Barnacle pasará a la
historia de la literatura (quizá falsamente, cierto
es) como la inspiradora del personaje de Molly Bloom en Ulises.
Desde luego, parece cierto que la fecha en que acaece la acción
de Ulises hace referencia a la primera cita de Nora y James
(aunque otras voces más sensacionalistas señalen
otras hipótesis).
 |
Un día para una obra, una obra para la historia. Tras
el reducido éxito de sus anteriores obras (pero que
sin embargo le abrieron las puertas del mundillo literario)
el autor se enfrascará en una de las obras más
contradictorias del S.XX. Ulises es la historia de un día
(16 de junio), en la que suceden pocas cosas, nada en realidad.
Un par de amiguetes de taberna se juntan en un burdel, poco
más sucede. La literatura clásica reducida a
su más mínima expresión. Pero Ulises
es también (como ya había hecho en Dublineses)
la historia anónima de personajes sin interés
en un enclave homérico (el título proviene de
la inspiración en La Odisea). Los personajes lo observan
todo y todo lo ven. El lenguaje es aquí el rey absoluto
y el tirano aristocrático al servicio de un nuevo ser
musical. Y es que hablar del estilo literario de Joyce es
intentar describir una nota, impropio. Es el escritor sobre
el que se han vertido ríos de tinta, y nadie ha dicho
nada. Joyce comparaba el monólogo interior en el último
capítulo de Ulises (Penélope) con el fluir de
un río, que se entrega en una duermevela al sueño
del mundo... El libro, concluye con la palabra más
simple y compleja (siempre impropio e inabarcable en cualquiera
de las traducciones al castellano): Yes... Sonoridad, música
de nuevo... Alguien dijo que Ulises era música. El
estilo de Joyce es por ello un estilo cambiante, imitativo
y nuevo, reflexivo por el mismo nacimiento de la palabra,
en su juego eterno.
Ulises (1922) es la obra de un hombre que abandonó
Irlanda y es la obra del que jamás la abandonó.
Es un retrato de la vida en aquellos principios de siglo (ya
pasado, siempre presente), en el que dos personajes (el mismo
Stephen Dedalus y Leopold Bloom) conviven a través
de las peripecias de un día (bautizado posteriormente
«El día de Bloom» o «Bloom's day»),
16 de junio de 1904, día en el que Joyce y Nora tuvieron
su primera y fatídica cita (parece ser que en la primera
cita, debido a su ceguera, se confundió de doncella
y el encuentro no terminó demasiado bien). Ulises narra
la vida de estos dos personajes en este día (y en menor
medida de la esposa de Bloom, Molly). Mediante procedimientos
varios se retratan pensamientos y acciones de estos dos hombres,
imagen de juventud y madurez del propio Joyce. El libro es
redundante y nunca repetitivo, nuevo y clásico en su
estructura. Cada capítulo ahonda en una función
del cuerpo humano y en un órgano, cada capítulo
usa un procedimiento literario diferente, cada capítulo
es un mundo, y el universo, en dos personajes, en dos culturas,
en dos religiones (judía, Bloom, y católica,
Dedalus). Se habla del uso del monólogo interior en
las clases de literatura. Su uso, con el que concluye la obra,
le da la inmortalidad al autor, mientras que si nos dejamos
guiar por la obra (no por su exégesis) lo usa tan sólo
como herramienta, una más, en el trabajo de mil procedimientos
distintos, aún sin explorar, mil imitaciones de mil
autores. Bajo el signo de Ulises está el admirado Ibsen
y el propio padre Shakespeare, está Hedda Gabler (Molly
Bloom) y Hamlet (Dedalus), está la filosofía
tomista y está el imperativo categórico. Ulises
es el retrato de la vieja Irlanda en su espejo universal,
Ulises es el mundo.
Precisamente muchos lectores se quedan tan sólo en
los juegos de palabras (actitud sin duda promovida por esa
caterva de críticos ignorantes, muertos)... Leer a
Joyce es entregarse a un mundo nuevo en el que hay que dejar
atrás la propia historia para escribir la Historia.
Leer a Joyce es caer en el meta-lenguaje, la meta-literatura,
es sumergirse en el océano profundo de las palabras,
hallar un significado nuevo en cada uno de sus significantes,
perder la noción del tiempo y encontrar un segundo
nuevo, una nota, una escala en cada nuevo capítulo.
Decenas de críticos trataron de explicar Ulises, cientos
de ellos lo han intentado más tarde... Historia, historia...
Ulises es una «obra escrita para tener entretenidos
a los críticos durante cien años».
«He querido liberar a las palabras de su significado»,
decía el propio autor. Finnegans' Wake es el último
y más genial de los libros de Joyce. Es la obra de
la noche, del sueño, de las palabras sin significado,
es la música. Incomprensible desde un punto de vista
formal, Joyce deforma hasta el absurdo el lenguaje y lo recompone:
Libro escrito en inglés... En español, latín,
griego, italiano... Los dialectos son uno, es el lenguaje
del hombre, universal, primigenio. El proceso de Ulises de
descomposición continúa, se hace más
y más profundo... El hombre, esclavo de la cultura,
de la Historia, se libera por fin en un sueño desgarrador,
explosivo y deformado. Es el sueño de un tabernero,
inmoral, más allá de las reglas del lenguaje,
de la literatura, de los siglos. Finnegans' wake es una paráfrasis
bíblica y cabalística, es la historia de los
gigantes míticos de Irlanda y el universo, el intento
de un hombre ciego por ver la luz, por describir un mundo
que nunca existió a través de la descomposición
imposible de las palabras, creando de nuevo el universo, un
tapiz sin colores, una nota sostenida.
En cierta ocasión, en un congreso sobre el autor,
uno de estos eruditos con gafas y gran nariz dijo la frase
definitiva sobre Joyce y Finnegans' wake: «Llevo veinte
años estudiando el libro y aún no sé
de qué va».
La escritura de la obra se dilató durante quince años,
en los que Joyce acusaba una ceguera casi total (fue ayudado
por Samuel Beckett). Influencias varias recorren el libro
y mil equívocos fueron dispuestos para evitar su interpretación
formal, muchos de ellos vertidos por el propio Joyce. Durante
su redacción, su hija Lucía comenzó a
dar muestras de un peligroso desequilibrio mental. Para ello
(Joyce residía en Zurich en aquella época),
se puso en contacto con el más afamado de los psiquiatras
de la época: Carl Jung. Así Joyce entría
en contacto con la teoría del inconsciente colectivo,
convirtiéndola en una de las piedras de su obra en
construcción (la novela se llamó durante mucho
tiempo así Work In Progress, hasta que fue desvelado
su título definitivo). La historia parece hacer referencia
a un tabernero y un oscuro secreto. Es ésta la historia
del sueño de este HC Earwick, pero es también
la narración de los tiempos a través de las
edades de la humanidad mítica. Retomamos a Homero,
pero ya no desde su sentido estrictamente literario, sino
que vamos mucho más allá: Las palabras rompen
con los grilletes de su significado y se convierten en música,
armonía pura en el tiempo literario, infinito, renuente
y esencial. El libro comienza con una frase sin inicio y concluye
con otra sin final, que sólo encontraremos en la propia
primera frase, así es el tiempo cíclico de Vico
(en el cual parece ser que se inspiró), de Dante y
Abenarabi, de los gigantes irlandeses que habitan aún
entre nosotros, de los dioses y monstruos de un sueño
que será, siempre, haber escuchado una nota mantenida
en el aire: ciega, eterna, serena.
Martín
Cid
|