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Frank
Kafka
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Esta nueva «cultura de café», post-romántica,
decadente, mística, enriquecedora, mitificada, maravillosa
y ecléctica creará mitos para luego destruirlos,
construirá catedrales paganas y compondrá himnos
al absurdo. Es quizá Kafka una de las figuras que mejor
responde a los requisitos de un tiempo: No se puede evaluar
la ecuación vida-obra-cultura de manera aislada, sino
poniendo en consonancia estos tres términos. ¿Es
acaso Kafka, el Kafka que hoy conocemos, reconocido (estrictamente)
por su valía literaria? Supongamos que sí. ¿Por
qué entonces cualquier renombrado “kafkiano” que se
precie nos remite (irremisiblemente) al complejo edípico
y las circunstancias histórico-religiosas de su vida?
Kafka no es un escritor, Kafka icono de la modernidad, semblante
literario y espejo para cualquier «literato de café»
que se precie. La obra, más allá de su valía
narrativa, es un cimiento cultural sobre el cual explicar
los aconteceres históricos posteriores. Se toma a Kafka
como paradigma debido a su azarosa existencia y éste
se amolda perfectamente a estas vicisitudes. Se trata de un
judío que parece no haber superado el complejo edípico
(justo en el momento en el que las corrientes freudianas están
más en boga); ofrece una visión cuasi-apocalíptica
(por lo que no es difícil sacar a relucir sus dotes
proféticas); habla de un mundo de sueños encerrado
en un universo real (otra vez el inconsciente, ahora colectivo,
de los psicoanalistas post-Freud); y es el ejemplo para toda
una «generación perdida» de escritores
buscando nuevas formas de expresión (tomando de Kafka
un ejemplo de «nueva expresividad» y temas nuevos).
Es, a la vez, un icono cultural de centro-europa, de una Alemania
que reivindica como nadie sus iconos (basados en formas clásicas
travestidas de modernidad, fuerza y vigor).Muere joven, deja
la leyenda de no ser leído (por encima de la literatura,
cultura en sí mismo). Todo esto convierte a Kafka en
lo que hoy es: paradigma del post-romanticismo, «estructuralista»
primigenio.
Kafka es, de esta manera, elegido como abanderado en un conflicto
pseudo-literario-sionista a modo de reivindicación
post-bélica. Se toma la figura del bueno de Franz como
ejemplo de la cultura judía que manifiesta el absurdo
de un conflicto mundial. Se diviniza la figura del checo por
encima de su obra y, como sucede con Beethoven, se le eleva
por encima de su arte. Y es que entre estos dos «monstruos»
existen muchas similitudes: la divinización, la incomprensión
muchas veces por parte de las grandes masas de lectores y,
sobre todo, el proceso paulatino de «iconización»
y conversión en parámetros culturales-sociológicos
posteriores. Y es que la obra de Beethoven no puede ser entendida
sólo mediante el período heroico, al igual que
la obra de Kafka no debe ser interpretada estrictamente mediante
una biografía psicoanalítica (muy en boga en
tiempos post-kafkianos).
«Me senté en la ladera del monte Laurenzi. Bastante
triste, examinaba mis deseos para la vida. El más importante,
o el más atractivo, resultó el deseo de adquirir
una visión de la vida (y de convencer a los demás
de mi visión mediante la escritura), en la que la vida
conservase su peso, sus naturales altibajos, pero en la que,
al mismo tiempo, con no menos evidencia, la vida fuese identificada
como una nada, como un sueño, como un vago flotar...»
Franz Kafka
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Kafka es, en eso sí coincido con los múltiples
exégetas de su obra, el escritor del absurdo. Pero
su obra va mucho más allá de una simple exposición
de los hechos, sino que penetra, mediante un método
curioso y paradójico en la mente de un conjunto de
personajes. Quizá es por esta razón tan atractivo
a los de la escuela de Jung (ése del inconsciente colectivo
que propugna que todos somos uno). Los personajes de Kafka
no son personajes en la acepción moderna del término
(distinción personal con características propias
dentro de la obra), sino que se caracterizan por su dependencia
del medio literario en el que están inscritos. El agrimesor
no puede exisitir en otra obra que no sea «El Castillo»,
o Karl no puede emerger en otro estrato que aquel barco del
cual dimana su viaje. Los personajes dependen total y absolutamente
de la obra, no al revés. Como escritor, este tema me
resulta bastante (cuanto menos) curioso. Dicen los entendidos
que un personaje debe tener vida, conservar sus características
y que éstas se amolden a la obra, pero siempre manteniendo
la vitalidad de dicho carácter. Pues nuestro divinizado
Kafka no hace esto: Cada uno de los personajes existe por
un motivo dentro de la obra, para cumplir una finalidad. A
veces, se encuentran forzados o cumplen una «simple»
función explicativa. Alguien dijo una vez que los personajes
de K. eran «ideas con patas». ¿No es acaso
Joseph K. el paradigma del hombre moderno y del inconsciente
colectivo? Cierto, pero no. Y es que, tal vez, la grandeza
de este escritor consiste en la simplicidad y proximidad con
la que maneja cuestiones metafísicas y las amolda a
un ecosistema narrativo.
No podemos leer a Kafka con la misma mente con la que nos
acercamos a Cervantes o Shakespeare. No posee una obra con
un personaje de tanta enjundia como Don Quijote, su prosa
no es tan rica en metáforas como la de Otelo, pero,
sin embargo, Kafka es más leído y sus obras
gozan de una gran aceptación tanto por entendidos como
por neófitos. ¿A qué se debe? Sus obras
nos son tan próximas porque están escritas desde
la cercanía y la «ingenuidad».
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Frank
Kafka
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No voy a abstraerme de hacer una interpretación psicologista
de sus obras. ¿No han visto alguna vez el personaje
de Joseph K. como un niño que se siente abrumado por
un mundo que no comprende? Fue mi primera reacción
al leer «El Proceso». Joseph K. es el niño
castigado por un padre tiránico. No comprende por qué
es castigado, ni siquiera por qué debe ser exculpado,
ni la naturaleza de su pecado (falta). Pero aparte del sesgo
infantil de K., su universo es, asimismo, el mundo de un hombre
moderno, adulto y culpable. K. polemiza con la religión
(judaica en este caso) y las instituciones modernas, mira
un sistema adulto con los ojos de un niño que no comprende,
pero debe plegarse a los mandatos de un super-ego castrante
y absurdo.
Kafka es grandioso en los múltiples prismas a través
de los cuales nos podemos acercar a su obra. Cuando en «El
Proceso» se habla de La Ley, los proselitistas interpretan
ésta como La Torah (Ley judía, Pentateuco católico),
los leguleyos más teóricos hablan del derecho,
los sociólogos de ley natural... Así casi ad
infinitum. ¿Podríamos hablar entonces de defectos
en una obra? Creo que no, más bien podríamos
establecer una lectura meta-literaria: ¿No es acaso
la «ley narrativa» moderna una estructura absurda
y coartadora del ser literario?
Kafka habla de las formas aristotélicas y del mundo
de la representación platónica. Porque el mundo
es una abstracción de las formas en sí mismas,
manifestadas mediante equilibrios numéricos. El número,
proporción divina... Conceptos pitagóricos (que
nos han llegado mediante Platón), la cábala
hebraica que tan en boga estaba en aquellos tiempos inciertos
(de ahí los excelentes paralelismos y los dobles sentidos
kafkianos). El todo es la estructura perfecta, eterna e inmutable,
Aristóteles nos explica los cambios en los cuerpos,
pero también nos habla de cómo la estructura
permanece invariable... Metafísica, una vez más.
De esto mismo nos habla el autor, cómo el personaje
se mantiene invariablemente invadido por la idea, por la estructura
de las cosas, cómo su personalidad depende de la obra,
la estructura, el todo... Cómo el niño kafkiano
se enfrenta con un mundo teórico e inevitablemente
se siente perdido en la maraña estructural. Kafka habla
del pecado y de la culpa, de su propia vida y de una época
y de todas las épocas..., y de aquéllas que
nunca existieron, parámetros sin explorar, universo,
tiempo y espacio infinito.
Tomen a Kafka, olviden todo, retrocedan veinte años,
dos vidas y una eternidad. Olviden el tiempo y su infancia,
el universo se abrirá, de nuevo, por vez primera, aquella
primera condena en el castillo, con la gramática del
sueño del señor Samsa en el monte Laurenzi.
Martín
Cid
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