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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RUMANÍA: MÁS ALLÁ DE DRÁCULA

La camarera -como no podía ser de otro modo en un salón decorado con siluetas de vampiros- llevaba un disfraz de diablo con una capa de satén, roja y negra, y unos cuernecillos de plástico en la cabeza. Sin duda, un uniforme muy adecuado para servir la cena en Transilvania.
Cárpatos

El plato era un pequeño "murciélago" preparado con todo esmero: Una bola de puré de patata formaba el cuerpo del animal; encima, el cocinero había representado los ojos con dos trozos de pimiento morrón, los dientes con tiras de cebolla y las alas con lonchas de panceta recortada. Para rematar, unas rodajas de salchichón adornaban el plato como siniestra metáfora de la sangre. Lógicamente, antes de empezar a comer, la diablesa me llenó la copa de vino con un tinto del país llamado "Vampire".

Imagino que esta puesta en escena es tan tópica en Rumanía como una cena bereber en Marruecos o un tablao flamenco en Andalucía donde se entremezclan el folclore y la cultura tradicional con las mejores técnicas del márketing; pero, no nos engañemos, esto es exactamente lo que el turista espera ver en un lugar que Bram Stoker -el autor de "Drácula"- definió como "una de las partes más salvajes y menos conocidas de Europa".

Aún así, el mito del vampiro da muy poco juego en Rumanía; mucho menos de lo que se podría esperar. Es cierto que hace tiempo se habló de construir una especie de "Draculandia", un gran parque de atracciones temático, pero el proyecto todavía duerme el sueño de los justos en algún despacho de Bucarest y sólo ha servido para dar titulares a la prensa sobre fondos que desaparecieron, cambios de sede y poco más.

Excepto esa idea, que todavía está sin concretar, la leyenda del Conde Drácula sólo se explota para el turimo en lugares muy concretos: El primero es Bistrita (en rumano se pronuncia algo así como /bístritsa/). Allí fue donde el personaje de Jonathan Harper (Keanu Reeves en la película de Coppola) se alojó en el hotel "Golden Krone" y describió el lugar como "una ciudad vieja y muy interesante". Hoy en día, Bistrita tiene algo más de 50.000 habitantes y es más vieja y oscura que interesante pero aprovecha el mito del vampiro para organizar cenas como la de la diablesa y el murciélago de puré en un hotel que, por cierto, también se llama "Corona de Oro".

El segundo es el Paso Borgo (Pasul Bârgaului); un desfiladero cercano a la frontera con Ucrania donde un grupo de avispados empresarios han recreado el Hotel "Castel Drácula". Un edificio de piedra que ofrece unas impresionantes vistas de los Cárpatos y de los bosques que rodean el Puerto de Tihuta y el caserío de Piatra Fontanele. Fue en estos caminos donde un misterioso cochero llevó en calesa a Harper hacia el castillo del Conde. Hoy en día, las carreteras siguen siendo un buen lugar para rodar el anuncio de unas pastillas antimareo, pero merece la pena llegar aunque sólo sea por ver esos bosques y los riscos de las montañas, recortándose en el horizonte, tal y como se ven desde la cafetería del hotel, en la azotea; después de tomar la biodramina, en los sótanos se puede asistir a una especie de pasaje del terror. Una mazmorra -decorada con demonios, calaveras y vampiros- encierra el ataúd del Conde. En ese momento se produce la típica lucha entre la lógica más evidente (sabes que se prepara el tópico golpe de efecto) y la sugestión del entorno (el ambiente, la música…) y, de pronto, las luces se apagan y, como esperaba el subconsciente, se abre la tapa del féretro y un actor salta como un resorte agitando su capa entre los gritos del público. Un espectáculo (des) agradable, según los gustos de cada uno.

Peles

Por último, el tercer lugar donde se vive especialmente el mito del "no muerto" es el mal llamado Castillo de Drácula. En realidad, se trata del Castillo de Bran, una espectacular fortaleza que construyeron los caballeros teutones en el siglo XIV aprovechando un risco de los Alpes Transilvanos. Un sitio muy hermoso, rodeado de bosques y de tenderetes donde poder comprar tazas, camisetas y demás parafernalia con las imágenes que Coppola hizo famosas en su película. Lo de "mal llamado" lo digo porque, según los historiadores, no se ha demostrado que el personaje que inspiró la novela de Stoker llegase a vivir en Bran. Aún así, la leyenda popular y el incentivo del Patronato Nacional de Turismo lo han convertido en la morada de Drácula y en uno de los estereotipos de Rumanía más conocidos en todo el mundo. En el interior de la fortaleza, se pueden recorrer las galerías y habitaciones que rodean el patio de armas -muy restauradas por la monarquía rumana a finales del XIX- y dar rienda suelta a la imaginación. Al fin y al cabo, como dijo Jonathan Harper en su diario: "(…) en los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del mundo".

Sin embargo, más allá de la figura del Conde late otra historia: la vida real del príncipe de Valaquia que la inspiró.

Cuando Bram Stoker publicó su famosa novela en 1897 -una de las mejores obras de la literatura universal aunque pertenezca a un género tan denostado como el terror- el escritor irlandés nunca había estado en Rumanía. Para describir el personaje del Conde Drácula se basó en los mitos y leyendas que toda Centroeuropa contaba sobre un príncipe valaco del siglo XV, Vlad III, que pasó a la Historia como el sanguinario Vlad Tepes (Empalador en rumano) Draculea (hijo de Dracul, apodo con el que era conocido su padre que significa Dragón). Para entender estos apelativos hay que situar al personaje en el contexto histórico que le tocó vivir.

Aunque Rumanía, como tal, surgió a mediados del siglo XIX, la historia de sus grandes regiones -Valaquia, Moldavia y Transilvania- se remonta a la prehistoria y a los primeros asentamientos que se establecieron en estas tierras, situadas entre los Cárpatos, el Danubio y el Mar Negro; sin embargo, fue Trajano quien marcó para siempre su futuro cuando conquistó lo que entonces se llamaba Dacia en el siglo II d.C. Aquel hecho sentó el origen latino de una población que, tras la caída del Imperio Romano, mantuvo los usos y costumbres romanos y el latín, como lengua propia, en un territorio hostil aislado entre pueblos magiares, eslavos y otómanos que siempre lucharon por conquistarlo. Por ese motivo, cuando las potencias europeas aceptaron en 1856 la formación del nuevo estado, el país recibió el nombre de "România" para recuperar su estirpe latina y el orgullo de su origen.

Sighisoara

Con estos antecedentes, no es de extrañar que los rumanos sigan considerando a Vlad III Draculea como un auténtico héroe nacional, un símbolo que representa la independencia del país frente a las ansias expansionistas de sus vecinos.

El mito del sanguinario príncipe, acrecentado por la leyenda negra que difundieron húngaros y turcos, surgió cuando Vlad regresó al trono de Valaquia e implantó un reinado del terror, a sangre y fuego, en el que se dice que llegó a empalar a 25.000 personas en un solo año. Son célebres algunos episodios como el de la copa de oro que se dejaba en los arroyos para que la gente pudiera beber y que nadie se atrevía a robar o el del sacerdote que le recriminó el hedor de los cadáveres empalados y Vlad, simplemente, lo mandó ensartar en un espetón más alto que los demás para que sobresaliese y muriera sin la molestia del olor. Estos sucesos ponían a prueba la honradez y moralidad de sus atemorizados súbditos, con métodos tan brutales como disuasorios que servían para demostrar a sus enemigos el poder que infunde el miedo.

Vlad Tepes nació en Sighisoara en 1431, en la casa que su padre, el gobernador Vlad Dracul, tenía cerca de la Torre del Reloj y que todavía se conserva hoy en día reconvertida en restaurante, "Berarte", con el emblema familiar (un dragón) sobre la puerta de entrada. Desde entonces, esta ciudad de origen romano y trazado medieval ha cambiado muy poco. Fortificada por un cerco de murallas y torreones que se asoman entre los árboles, todavía conserva el sabor antiguo de sus calles estrechas, los pasadizos empedrados, más de 150 casas originales del siglo XVI pintadas con suaves tonos pastel y la galería de madera que cubre de las inclemencias del tiempo a los fieles que suben a rezar a la Iglesia de la Montaña.

Cuando el padre de Vlad murió asesinado, la familia Dracul huyó a Hungría donde permanecieron hasta que el joven príncipe regresó dispuesto a recuperar el poder. Estableció la nueva capital en Targoviste (/tergóvishte/) donde aún se conservan los restos de la Corte Principesca de Valaquia, junto a la Torre del Ocaso y las iglesias de la Asunción y de Santa Viernes; allí fue donde inició su particular estrategia, sembrando el terror y recogiendo el odio de sus vecinos, sobre todo los turcos, que finalmente le tendieron una emboscada en 1476 en el parque Snagov, cerca de Bucarest, donde necesitaron 200 soldados para capturarlo y decapitarlo. El cuerpo se enterró en el monasterio que hay en la isla, en mitad del lago, pero la cabeza fue llevada a Constantinopla donde el sultán la exhibió como un trofeo.

Targoviste

En la actualidad, queda muy poco de aquella Bucarest que Vlad fundó en el siglo XV en la confluencia de dos ríos, en plena llanura valaca (un paisaje muy similar a la Tierra de Campos castellana). La ciudad fue proclamada capital del Estado en 1880 y desde entonces no ha parado de crecer hasta llegar a los 2.500.000 de habitantes que se empeñan en compararla con la capital francesa diciendo que "Bucarest es el París de los Cárpatos" o el "Petit Paris" y otras ocurrencias. En realidad, sí que hay cierta similitud (amplias avenidas; palacetes que, sin duda, vivieron tiempos mejores en la Bucarest del XIX; parques e incluso un Arco del Triunfo) pero es evidente decir quién sale perdiendo en la comparación.

Aun así, la ciudad conserva algunos lugares llenos de encanto como la Posada de Manuc (Hanul lui Manuc), un auténtico caravansarái de madera donde antiguamente reposaban los viajeros y las caravanas que unían Oriente con Occidente; la Patriarquía, sede de la Iglesia Ortodoxa Rumana donde se puede sentir la devoción de este pueblo cuando depositan los cirios, muy estilizados, a un lado u otro de la entrada en función de si pides por los vivos o rezas por los difuntos; o el Museo del Pueblo (Muzeul Satului), un parque donde se reproducen las construcciones típicas del país (sobre todo las iglesias de madera de la región de los Maramures) entre puestos donde los artesanos venden los famosos huevos de pascua, iconos bizantinos y reproducciones en madera de "La columna del infinito", obra del Constatin Brancusi. Este escultor, discípulo de Rodin, sufrió un incidente diplomático con Estados Unidos cuando llevó sus obras para montar una exposición y los agentes de aduanas le exigieron pagar aranceles por meter "chatarra" en el país. Cosas del arte abstracto.

Aunque la capital todavía conserva restos de la Corte de Vlad III (Curtea Veche) y algunos edificios neoclásicos como el Odeón o la Biblioteca Nacional, el corazón de la ciudad está ocupado por las obras faraónicas de la época de Ceaucescu, como el gigantesco Parlamento (Palatul Parlamentului); el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono. Tiene 3.100 habitaciones construidas con todo tipo de lujos (mármol, caoba y roble). Para que se haga una idea, sólo la fachada mide lo mismo que seis campos de fútbol, alcanza los 12 pisos de altura y oculta otros tantos niveles de sótanos bajo tierra; en total, ocupa un volumen de 2.550.000 metros cúbicos. Todo un exceso de la megalomanía del dictador. En los años 90, los primeros gobiernos democráticos se plantearon la posibilidad de derribarlo pero el presupuesto era tan elevado que, al final, se decidió reconvertirlo en sede del Congreso y el Senado rumanos como símbolo del pasado más reciente del país.

Bran

Y es que, durante más de 40 años, los rumanos vivieron al otro lado de ese telón de acero que dividió Europa en dos mitades irreconciliables. Cuando Gorbachov llegó al Kremlin con su política de la perestroika y puso fin a la guerra fría, el bloque soviético inició una etapa de transformaciones que se extendieron a toda la Europa del Este excepto a Rumanía.

El régimen del Conducator, Nicolae Ceaucescu, se aisló del mundo, aferrándose a la oligarquía que gobernaba el país como si fuera una corte absolutista hasta que su represión estalló en la ciudad de Timisoara en 1989 y, meses más tarde, acabó con la ejecución del dictador y su esposa.

A pesar de todo, los rumanos no han superado esa resignación que tanto les caracteriza, quizá porque la democracia sólo les ha traído una dolorosa realidad (la emigración masiva de ciudadanos a Italia, Alemania y España) y una esperanza (la entrada en la Unión Europea prevista para 2007). Ese momento se vive con tanta euforia que incluso los anuncios de coches incluyen el precio en euros y no en su moneda local, el leu. En Bucarest tuve ocasión de comentárselo a una profesora de Instituto y me respondió que los rumanos lo preferían así porque les daba más seguridad a la hora de comprar; una sensación de estabilidad muy necesaria en un país que está harto de vaivenes políticos y de gobiernos poco efectivos.

En Rumanía, con la mitad de extensión que España, el 45% de sus 22.000.000 de habitantes (sobre) vive en un medio rural muy empobrecido, donde trabajan con maquinaria obsoleta (en el mejor de los casos) o animales de tiro y carros que, a poco que viaje por el país, verá en todas las carreteras junto a los destartalados Dacia, la versión local del antiguo R-12 de la Renault.

Ciprian, un ingeniero bucarestino que aprovecha sus vacaciones para ganar un sueldo extra conduciendo autocares, lo resumió perfectamente: "Con un salario medio de 300   al mes sólo te quedan dos salidas: emigrar o intentar compaginar aquí dos o más empleos".

La carestía de la vida se ve en cualquier supermercado donde no se echa de menos ningún producto, desde whisky hasta colonias de marca, pero los precios son prohibitivos para una economía modesta que tiene que pagar 5   por un pollo -un manjar de lujo - o casi 2   por un litro de leche que, por cierto, aquí se considera una bebida de niños y ancianos. Tomar una jarra de cerveza en una terraza (para eso también son muy latinos) te cuesta 0,30   que sólo son 50 de las antiguas pesetas para nosotros, pero que representan 10.000 lei para ellos.

Con esta situación, la llegada del maná europeo a partir del 2007, en forma de ayudas y subvenciones, y un repunte del turismo como fuente de ingresos pueden dar al país un atisbo de esperanza. Hasta ese momento, Rumanía es uno de los pocos lugares que aún quedan en Europa donde podemos sentirnos viajeros y no simples turistas.

Bran

Muy cerca de Bucarest, la monarquía rumana -que ocupó el trono de 1861 a 1947- construyó su propia Versalles: Sinaia. Junto al monasterio que da nombre a la ciudad, en recuerdo del Monte Sinaí, un camino de tierra por el bosque nos lleva al Castillo de Peles (Castelul Peles) que mandó construir el Carlos I a finales del XIX siguiendo las pautas del Renacimiento alemán. Para variar, el monarca pertenecía a una corriente germanófila enfrentada a los intelectuales y miembros del partido liberal, francófilos, que finalmente, terminaron imponiéndose de cara a la I Guerra Mundial. El palacio se construyó con todo tipo de adelantos para la época, incluyendo un sistema de calefacción central y aspiradores. En su interior destaca la extensa colección de armas de la casa reinante, los Hohenzollern, y la curiosidad de que todos los visitantes tienen que cubrirse los zapatos con patucos para no rayar el suelo, lo que provoca más de un resbalón. En el exterior, entre setos de boj, fuentes y esculturas encontrará un segundo palacio, más pequeño, llamado Pelisor. Por el camino, los campesinos de la comarca se acercarán a venderle vasitos de plástico llenos de frutas del bosque -arándanos, frambuesas o fresas- que ellos mismos han recolectado.

De vuelta a Sinaia, merece la pena asistir a uno de los ritos ortodoxos del Monasterio y ver al monje canonarca mientras rodea el templo golpeando un madero para llamar a oración al resto de los monjes y a los fieles. En el interior, además de la rica decoración bizantina con imágenes de Cristo, la Virgen o los Santos, destaca uno de los elementos más importantes en cualquier iglesia del rito oriental: el iconostasio. Esta obra de arte separa el lugar donde el monje realiza la consagración del resto de la iglesia. Si no tiene prisa, cuando acabe la ceremonia puede hablar con los monjes y debatir sobre la infalibilidad del Papa; al final, comprobará que las diferencias entre católicos y ortodoxos se limitan más a cuestiones formales que de fondo.

A pesar de los datos socioeconómicos y de que la renta per cápita rumana apenas llega a los 1.500 dólares anuales (en España, rondamos los 16.000) también existe una clase alta que veranea en la ribera del Mar Negro -en Constanza- y que esquía en las pistas de Poiana Brasov, a escasos kilómetros de Brasov. En esta ciudad, que ha recuperado el nombre tras la etapa comunista en que se llamó Orasul Stalin, destacan la Iglesia Negra -un gran templo gótico que se ahumó con las teas-, el ayuntamiento, san Nicolás y la Escuela del Barrio de Schei donde se publicó el primer libro escrito en rumano. Si le gusta la carne de caza, en los restaurantes de esta ciudad sirven carne de oso; el que yo probé, al menos, o se pasó la vida comiendo lavanda o era una pobre ternera disfrazada de plantígrado.

Al noroeste, en Sibiu, cada verano se celebra una fiesta del estilo de la famosa Oktoberfest de Múnich con una terraza llena de mesas y bancos donde todo el mundo bebe jarras de cerveza y brinda al grito de "Pofta buna!" (¡Buen provecho!). Sibiu se fundó en el siglo XII por emigrantes alemanes; algo muy significativo en toda Transilvania donde existe una gran influencia germana en el carácter, las costumbres y el modo de vida. Por eso, muchos carteles los encontrará en rumano y alemán, empezando por el propio nombre de Sibiu que también se llama Hermannstadt. Entorno a las plazas Grande y Chica del centro histórico se alzan el Palacio Brukenthal, las tres catedrales (ortodoxa, católica y evangélica), los restos de la muralla y un hermoso conjunto de casas con sus característicos "tejados con ojos" por la forma de sus buhardillas. Es uno de esos lugares en los que te apetece quedarte a vivir.

Bucarest

Muy cerca de Sibiu están el parque de Astra, con reproducciones de viviendas de los campesinos a orillas de un lago, y el Museo de Iconos sobre vidrio de Sibiel.

Más al norte, Biertan es un espejismo de la Edad Media cuando lo fundaron los sajones a finales del siglo XIII con un doble objetivo: militar y religioso. Hoy en día, su basílica -tardogótica del XV-y los tres cercos de murallas y torreones de los siglos XIV a XVI forman un conjunto único. En el interior de la iglesia, además del famoso tríptico del Altar Mayor, hay una sacristía guardada por una puerta de 1515 que todavía sorprende por su complicado mecanismo.

Esto sólo es una muestra de todo lo que tiene que ver Rumanía; probablemente, uno de los países menos conocidos del viejo continente aunque gracias al trío O-Zone -que el año pasado hizo bailar a medio mundo con su "Dragonstea din tei", el primer éxito rumano que encabeza las listas europeas- mucha gente a descubierto que existe un país que, más allá del mito de Drácula, quiere hacerse un hueco en el futuro de Europa.

Carlos Pérez Vaquero
Fotografías: Diego García Carrera

 

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