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Cárpatos
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El plato era un pequeño "murciélago"
preparado con todo esmero: Una bola de puré de patata
formaba el cuerpo del animal; encima, el cocinero había
representado los ojos con dos trozos de pimiento morrón,
los dientes con tiras de cebolla y las alas con lonchas de
panceta recortada. Para rematar, unas rodajas de salchichón
adornaban el plato como siniestra metáfora de la sangre.
Lógicamente, antes de empezar a comer, la diablesa
me llenó la copa de vino con un tinto del país
llamado "Vampire".
Imagino que esta puesta en escena es tan tópica en
Rumanía como una cena bereber en Marruecos o un tablao
flamenco en Andalucía donde se entremezclan el folclore
y la cultura tradicional con las mejores técnicas del
márketing; pero, no nos engañemos, esto es exactamente
lo que el turista espera ver en un lugar que Bram Stoker -el
autor de "Drácula"- definió como "una
de las partes más salvajes y menos conocidas de Europa".
Aún así, el mito del vampiro da muy poco juego
en Rumanía; mucho menos de lo que se podría
esperar. Es cierto que hace tiempo se habló de construir
una especie de "Draculandia", un gran parque de
atracciones temático, pero el proyecto todavía
duerme el sueño de los justos en algún despacho
de Bucarest y sólo ha servido para dar titulares a
la prensa sobre fondos que desaparecieron, cambios de sede
y poco más.
Excepto esa idea, que todavía está sin concretar,
la leyenda del Conde Drácula sólo se explota
para el turimo en lugares muy concretos: El primero es Bistrita
(en rumano se pronuncia algo así como /bístritsa/).
Allí fue donde el personaje de Jonathan Harper (Keanu
Reeves en la película de Coppola) se alojó en
el hotel "Golden Krone" y describió el lugar
como "una ciudad vieja y muy interesante". Hoy en
día, Bistrita tiene algo más de 50.000 habitantes
y es más vieja y oscura que interesante pero aprovecha
el mito del vampiro para organizar cenas como la de la diablesa
y el murciélago de puré en un hotel que, por
cierto, también se llama "Corona de Oro".
El segundo es el Paso Borgo (Pasul Bârgaului); un desfiladero
cercano a la frontera con Ucrania donde un grupo de avispados
empresarios han recreado el Hotel "Castel Drácula".
Un edificio de piedra que ofrece unas impresionantes vistas
de los Cárpatos y de los bosques que rodean el Puerto
de Tihuta y el caserío de Piatra Fontanele. Fue en
estos caminos donde un misterioso cochero llevó en
calesa a Harper hacia el castillo del Conde. Hoy en día,
las carreteras siguen siendo un buen lugar para rodar el anuncio
de unas pastillas antimareo, pero merece la pena llegar aunque
sólo sea por ver esos bosques y los riscos de las montañas,
recortándose en el horizonte, tal y como se ven desde
la cafetería del hotel, en la azotea; después
de tomar la biodramina, en los sótanos se puede asistir
a una especie de pasaje del terror. Una mazmorra -decorada
con demonios, calaveras y vampiros- encierra el ataúd
del Conde. En ese momento se produce la típica lucha
entre la lógica más evidente (sabes que se prepara
el tópico golpe de efecto) y la sugestión del
entorno (el ambiente, la música…) y, de pronto, las
luces se apagan y, como esperaba el subconsciente, se abre
la tapa del féretro y un actor salta como un resorte
agitando su capa entre los gritos del público. Un espectáculo
(des) agradable, según los gustos de cada uno.
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Peles
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Por último, el tercer lugar donde se vive especialmente
el mito del "no muerto" es el mal llamado Castillo
de Drácula. En realidad, se trata del Castillo de Bran,
una espectacular fortaleza que construyeron los caballeros
teutones en el siglo XIV aprovechando un risco de los Alpes
Transilvanos. Un sitio muy hermoso, rodeado de bosques y de
tenderetes donde poder comprar tazas, camisetas y demás
parafernalia con las imágenes que Coppola hizo famosas
en su película. Lo de "mal llamado" lo digo
porque, según los historiadores, no se ha demostrado
que el personaje que inspiró la novela de Stoker llegase
a vivir en Bran. Aún así, la leyenda popular
y el incentivo del Patronato Nacional de Turismo lo han convertido
en la morada de Drácula y en uno de los estereotipos
de Rumanía más conocidos en todo el mundo. En
el interior de la fortaleza, se pueden recorrer las galerías
y habitaciones que rodean el patio de armas -muy restauradas
por la monarquía rumana a finales del XIX- y dar rienda
suelta a la imaginación. Al fin y al cabo, como dijo
Jonathan Harper en su diario: "(…) en los Cárpatos
se reúnen todas las supersticiones del mundo".
Sin embargo, más allá de la figura del Conde
late otra historia: la vida real del príncipe de Valaquia
que la inspiró.
Cuando Bram Stoker publicó su famosa novela en 1897
-una de las mejores obras de la literatura universal aunque
pertenezca a un género tan denostado como el terror-
el escritor irlandés nunca había estado en Rumanía.
Para describir el personaje del Conde Drácula se basó
en los mitos y leyendas que toda Centroeuropa contaba sobre
un príncipe valaco del siglo XV, Vlad III, que pasó
a la Historia como el sanguinario Vlad Tepes (Empalador en
rumano) Draculea (hijo de Dracul, apodo con el que era conocido
su padre que significa Dragón). Para entender estos
apelativos hay que situar al personaje en el contexto histórico
que le tocó vivir.
Aunque Rumanía, como tal, surgió a mediados
del siglo XIX, la historia de sus grandes regiones -Valaquia,
Moldavia y Transilvania- se remonta a la prehistoria y a los
primeros asentamientos que se establecieron en estas tierras,
situadas entre los Cárpatos, el Danubio y el Mar Negro;
sin embargo, fue Trajano quien marcó para siempre su
futuro cuando conquistó lo que entonces se llamaba
Dacia en el siglo II d.C. Aquel hecho sentó el origen
latino de una población que, tras la caída del
Imperio Romano, mantuvo los usos y costumbres romanos y el
latín, como lengua propia, en un territorio hostil
aislado entre pueblos magiares, eslavos y otómanos
que siempre lucharon por conquistarlo. Por ese motivo, cuando
las potencias europeas aceptaron en 1856 la formación
del nuevo estado, el país recibió el nombre
de "România" para recuperar su estirpe latina
y el orgullo de su origen.
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Sighisoara
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Con estos antecedentes, no es de extrañar que los
rumanos sigan considerando a Vlad III Draculea como un auténtico
héroe nacional, un símbolo que representa la
independencia del país frente a las ansias expansionistas
de sus vecinos.
El mito del sanguinario príncipe, acrecentado por
la leyenda negra que difundieron húngaros y turcos,
surgió cuando Vlad regresó al trono de Valaquia
e implantó un reinado del terror, a sangre y fuego,
en el que se dice que llegó a empalar a 25.000 personas
en un solo año. Son célebres algunos episodios
como el de la copa de oro que se dejaba en los arroyos para
que la gente pudiera beber y que nadie se atrevía a
robar o el del sacerdote que le recriminó el hedor
de los cadáveres empalados y Vlad, simplemente, lo
mandó ensartar en un espetón más alto
que los demás para que sobresaliese y muriera sin la
molestia del olor. Estos sucesos ponían a prueba la
honradez y moralidad de sus atemorizados súbditos,
con métodos tan brutales como disuasorios que servían
para demostrar a sus enemigos el poder que infunde el miedo.
Vlad Tepes nació en Sighisoara en 1431, en la casa
que su padre, el gobernador Vlad Dracul, tenía cerca
de la Torre del Reloj y que todavía se conserva hoy
en día reconvertida en restaurante, "Berarte",
con el emblema familiar (un dragón) sobre la puerta
de entrada. Desde entonces, esta ciudad de origen romano y
trazado medieval ha cambiado muy poco. Fortificada por un
cerco de murallas y torreones que se asoman entre los árboles,
todavía conserva el sabor antiguo de sus calles estrechas,
los pasadizos empedrados, más de 150 casas originales
del siglo XVI pintadas con suaves tonos pastel y la galería
de madera que cubre de las inclemencias del tiempo a los fieles
que suben a rezar a la Iglesia de la Montaña.
Cuando el padre de Vlad murió asesinado, la familia
Dracul huyó a Hungría donde permanecieron hasta
que el joven príncipe regresó dispuesto a recuperar
el poder. Estableció la nueva capital en Targoviste
(/tergóvishte/) donde aún se conservan los restos
de la Corte Principesca de Valaquia, junto a la Torre del
Ocaso y las iglesias de la Asunción y de Santa Viernes;
allí fue donde inició su particular estrategia,
sembrando el terror y recogiendo el odio de sus vecinos, sobre
todo los turcos, que finalmente le tendieron una emboscada
en 1476 en el parque Snagov, cerca de Bucarest, donde necesitaron
200 soldados para capturarlo y decapitarlo. El cuerpo se enterró
en el monasterio que hay en la isla, en mitad del lago, pero
la cabeza fue llevada a Constantinopla donde el sultán
la exhibió como un trofeo.
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Targoviste
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En la actualidad, queda muy poco de aquella Bucarest que
Vlad fundó en el siglo XV en la confluencia de dos
ríos, en plena llanura valaca (un paisaje muy similar
a la Tierra de Campos castellana). La ciudad fue proclamada
capital del Estado en 1880 y desde entonces no ha parado de
crecer hasta llegar a los 2.500.000 de habitantes que se empeñan
en compararla con la capital francesa diciendo que "Bucarest
es el París de los Cárpatos" o el "Petit
Paris" y otras ocurrencias. En realidad, sí que
hay cierta similitud (amplias avenidas; palacetes que, sin
duda, vivieron tiempos mejores en la Bucarest del XIX; parques
e incluso un Arco del Triunfo) pero es evidente decir quién
sale perdiendo en la comparación.
Aun así, la ciudad conserva algunos lugares llenos
de encanto como la Posada de Manuc (Hanul lui Manuc), un auténtico
caravansarái de madera donde antiguamente reposaban
los viajeros y las caravanas que unían Oriente con
Occidente; la Patriarquía, sede de la Iglesia Ortodoxa
Rumana donde se puede sentir la devoción de este pueblo
cuando depositan los cirios, muy estilizados, a un lado u
otro de la entrada en función de si pides por los vivos
o rezas por los difuntos; o el Museo del Pueblo (Muzeul Satului),
un parque donde se reproducen las construcciones típicas
del país (sobre todo las iglesias de madera de la región
de los Maramures) entre puestos donde los artesanos venden
los famosos huevos de pascua, iconos bizantinos y reproducciones
en madera de "La columna del infinito", obra del
Constatin Brancusi. Este escultor, discípulo de Rodin,
sufrió un incidente diplomático con Estados
Unidos cuando llevó sus obras para montar una exposición
y los agentes de aduanas le exigieron pagar aranceles por
meter "chatarra" en el país. Cosas del arte
abstracto.
Aunque la capital todavía conserva restos de la Corte
de Vlad III (Curtea Veche) y algunos edificios neoclásicos
como el Odeón o la Biblioteca Nacional, el corazón
de la ciudad está ocupado por las obras faraónicas
de la época de Ceaucescu, como el gigantesco Parlamento
(Palatul Parlamentului); el segundo edificio más grande
del mundo después del Pentágono. Tiene 3.100
habitaciones construidas con todo tipo de lujos (mármol,
caoba y roble). Para que se haga una idea, sólo la
fachada mide lo mismo que seis campos de fútbol, alcanza
los 12 pisos de altura y oculta otros tantos niveles de sótanos
bajo tierra; en total, ocupa un volumen de 2.550.000 metros
cúbicos. Todo un exceso de la megalomanía del
dictador. En los años 90, los primeros gobiernos democráticos
se plantearon la posibilidad de derribarlo pero el presupuesto
era tan elevado que, al final, se decidió reconvertirlo
en sede del Congreso y el Senado rumanos como símbolo
del pasado más reciente del país.
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Bran
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Y es que, durante más de 40 años, los rumanos
vivieron al otro lado de ese telón de acero que dividió
Europa en dos mitades irreconciliables. Cuando Gorbachov llegó
al Kremlin con su política de la perestroika y puso
fin a la guerra fría, el bloque soviético inició
una etapa de transformaciones que se extendieron a toda la
Europa del Este excepto a Rumanía.
El régimen del Conducator, Nicolae Ceaucescu, se aisló
del mundo, aferrándose a la oligarquía que gobernaba
el país como si fuera una corte absolutista hasta que
su represión estalló en la ciudad de Timisoara
en 1989 y, meses más tarde, acabó con la ejecución
del dictador y su esposa.
A pesar de todo, los rumanos no han superado esa resignación
que tanto les caracteriza, quizá porque la democracia
sólo les ha traído una dolorosa realidad (la
emigración masiva de ciudadanos a Italia, Alemania
y España) y una esperanza (la entrada en la Unión
Europea prevista para 2007). Ese momento se vive con tanta
euforia que incluso los anuncios de coches incluyen el precio
en euros y no en su moneda local, el leu. En Bucarest tuve
ocasión de comentárselo a una profesora de Instituto
y me respondió que los rumanos lo preferían
así porque les daba más seguridad a la hora
de comprar; una sensación de estabilidad muy necesaria
en un país que está harto de vaivenes políticos
y de gobiernos poco efectivos.
En Rumanía, con la mitad de extensión que España,
el 45% de sus 22.000.000 de habitantes (sobre) vive en un
medio rural muy empobrecido, donde trabajan con maquinaria
obsoleta (en el mejor de los casos) o animales de tiro y carros
que, a poco que viaje por el país, verá en todas
las carreteras junto a los destartalados Dacia, la versión
local del antiguo R-12 de la Renault.
Ciprian, un ingeniero bucarestino que aprovecha sus vacaciones
para ganar un sueldo extra conduciendo autocares, lo resumió
perfectamente: "Con un salario medio de 300 al
mes sólo te quedan dos salidas: emigrar o intentar
compaginar aquí dos o más empleos".
La carestía de la vida se ve en cualquier supermercado
donde no se echa de menos ningún producto, desde whisky
hasta colonias de marca, pero los precios son prohibitivos
para una economía modesta que tiene que pagar 5
por un pollo -un manjar de lujo - o casi 2 por un litro
de leche que, por cierto, aquí se considera una bebida
de niños y ancianos. Tomar una jarra de cerveza en
una terraza (para eso también son muy latinos) te cuesta
0,30 que sólo son 50 de las antiguas pesetas
para nosotros, pero que representan 10.000 lei para ellos.
Con esta situación, la llegada del maná europeo
a partir del 2007, en forma de ayudas y subvenciones, y un
repunte del turismo como fuente de ingresos pueden dar al
país un atisbo de esperanza. Hasta ese momento, Rumanía
es uno de los pocos lugares que aún quedan en Europa
donde podemos sentirnos viajeros y no simples turistas.
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Bran
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Muy cerca de Bucarest, la monarquía rumana -que ocupó
el trono de 1861 a 1947- construyó su propia Versalles:
Sinaia. Junto al monasterio que da nombre a la ciudad, en
recuerdo del Monte Sinaí, un camino de tierra por el
bosque nos lleva al Castillo de Peles (Castelul Peles) que
mandó construir el Carlos I a finales del XIX siguiendo
las pautas del Renacimiento alemán. Para variar, el
monarca pertenecía a una corriente germanófila
enfrentada a los intelectuales y miembros del partido liberal,
francófilos, que finalmente, terminaron imponiéndose
de cara a la I Guerra Mundial. El palacio se construyó
con todo tipo de adelantos para la época, incluyendo
un sistema de calefacción central y aspiradores. En
su interior destaca la extensa colección de armas de
la casa reinante, los Hohenzollern, y la curiosidad de que
todos los visitantes tienen que cubrirse los zapatos con patucos
para no rayar el suelo, lo que provoca más de un resbalón.
En el exterior, entre setos de boj, fuentes y esculturas encontrará
un segundo palacio, más pequeño, llamado Pelisor.
Por el camino, los campesinos de la comarca se acercarán
a venderle vasitos de plástico llenos de frutas del
bosque -arándanos, frambuesas o fresas- que ellos mismos
han recolectado.
De vuelta a Sinaia, merece la pena asistir a uno de los ritos
ortodoxos del Monasterio y ver al monje canonarca mientras
rodea el templo golpeando un madero para llamar a oración
al resto de los monjes y a los fieles. En el interior, además
de la rica decoración bizantina con imágenes
de Cristo, la Virgen o los Santos, destaca uno de los elementos
más importantes en cualquier iglesia del rito oriental:
el iconostasio. Esta obra de arte separa el lugar donde el
monje realiza la consagración del resto de la iglesia.
Si no tiene prisa, cuando acabe la ceremonia puede hablar
con los monjes y debatir sobre la infalibilidad del Papa;
al final, comprobará que las diferencias entre católicos
y ortodoxos se limitan más a cuestiones formales que
de fondo.
A pesar de los datos socioeconómicos y de que la renta
per cápita rumana apenas llega a los 1.500 dólares
anuales (en España, rondamos los 16.000) también
existe una clase alta que veranea en la ribera del Mar Negro
-en Constanza- y que esquía en las pistas de Poiana
Brasov, a escasos kilómetros de Brasov. En esta ciudad,
que ha recuperado el nombre tras la etapa comunista en que
se llamó Orasul Stalin, destacan la Iglesia Negra -un
gran templo gótico que se ahumó con las teas-,
el ayuntamiento, san Nicolás y la Escuela del Barrio
de Schei donde se publicó el primer libro escrito en
rumano. Si le gusta la carne de caza, en los restaurantes
de esta ciudad sirven carne de oso; el que yo probé,
al menos, o se pasó la vida comiendo lavanda o era
una pobre ternera disfrazada de plantígrado.
Al noroeste, en Sibiu, cada verano se celebra una fiesta
del estilo de la famosa Oktoberfest de Múnich con una
terraza llena de mesas y bancos donde todo el mundo bebe jarras
de cerveza y brinda al grito de "Pofta buna!" (¡Buen
provecho!). Sibiu se fundó en el siglo XII por emigrantes
alemanes; algo muy significativo en toda Transilvania donde
existe una gran influencia germana en el carácter,
las costumbres y el modo de vida. Por eso, muchos carteles
los encontrará en rumano y alemán, empezando
por el propio nombre de Sibiu que también se llama
Hermannstadt. Entorno a las plazas Grande y Chica del centro
histórico se alzan el Palacio Brukenthal, las tres
catedrales (ortodoxa, católica y evangélica),
los restos de la muralla y un hermoso conjunto de casas con
sus característicos "tejados con ojos" por
la forma de sus buhardillas. Es uno de esos lugares en los
que te apetece quedarte a vivir.
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Bucarest
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Muy cerca de Sibiu están el parque de Astra, con reproducciones
de viviendas de los campesinos a orillas de un lago, y el
Museo de Iconos sobre vidrio de Sibiel.
Más al norte, Biertan es un espejismo de la Edad Media
cuando lo fundaron los sajones a finales del siglo XIII con
un doble objetivo: militar y religioso. Hoy en día,
su basílica -tardogótica del XV-y los tres cercos
de murallas y torreones de los siglos XIV a XVI forman un
conjunto único. En el interior de la iglesia, además
del famoso tríptico del Altar Mayor, hay una sacristía
guardada por una puerta de 1515 que todavía sorprende
por su complicado mecanismo.
Esto sólo es una muestra de todo lo que tiene que
ver Rumanía; probablemente, uno de los países
menos conocidos del viejo continente aunque gracias al trío
O-Zone -que el año pasado hizo bailar a medio mundo
con su "Dragonstea din tei", el primer éxito
rumano que encabeza las listas europeas- mucha gente a descubierto
que existe un país que, más allá del
mito de Drácula, quiere hacerse un hueco en el futuro
de Europa.
Carlos
Pérez Vaquero
Fotografías: Diego García Carrera
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