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Acueducto
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Su emplazamiento es privilegiado, mirando al mar abierto
de la meseta castellana a su espalda se alza la imponente
Sierra de Guadarrama. Un lugar estratégico que no pasó
desapercibido para los romanos, quienes hace 2.000 años
levantaron el Acueducto, verdadero prodigio de aquella ingeniería
y que a pesar de los avatares de los siglos sigue ahí,
testigo mudo del paso de otras culturas, visigodos, árabes,
judíos.
A comienzos del pasado milenio se construyen algunas de sus
magníficas iglesias románicas y Segovia comienza
a vivir una época de esplendor que alcanzará
su mayor cota en el siglo XV. Durante muchos años su
riqueza se apoyó en la fabricación y exportación
de sus excelentes paños. Pero el notable protagonismo
en la fracasada revuelta de los Comuneros, contribuyó
a un periodo de decadencia.
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Vista
general del Alcázar
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La imagen del Acueducto es un símbolo turístico
internacional de nuestro país. La envergadura de esta
construcción es impresionante, más de 700 m.
de longitud y 166 arcos. Pero quizá se aprecie mejor
desde lo alto de las escalinatas que suben de la Plaza del
Azoguejo.
La Plaza Mayor tiene en uno de sus extremos el Edificio del
Ayuntamiento, la iglesia de San Miguel en otro, el Teatro
Juan Bravo y en frente el ábside de la Catedral, con
sus pináculos y arbotantes donde se posan las cigüeñas.
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Iglesia
de la Vera Cruz
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Prácticamente a un paso está El Alcázar,
que se eleva sobre un recortado saliente rocoso. A sus pies
confluyen los ríos Eresma y Clamores, cubiertas sus
orillas de frondosas arboledas que contribuyen a realzar aún
más este marco incomparable. Obligado es adentrarse
en las regias salas de este castillo y subir a alguno de sus
torreones para admirar el paisaje. Otra perspectiva extraordinaria
se obtiene desde el Santuario de la Fuencisla. A su lado están
el Convento de Carmelitas, donde se guardan los restos de
San Juan de la Cruz y algo más allá la singular
Iglesia de la Vera Cruz, fundada posiblemente por la Orden
del Temple.
No viene mal hacer un paréntesis, para dedicar un
rato a visitar las tiendas de recuerdos, que ofrecen al viajero
un variado repertorio artesano, desde los célebres
bordados de mantelerías, hasta la cerámica,
alfarería y vidrio. También el forjado de metales
o la cestería.
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Imagen
de la Catedral
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Antes del almuerzo y si hay tiempo, puede visitarse algún
museo, entre ellos el de Zuloaga, o la Casa de Antonio Machado.
Arcos como el de la Fuencisla, puertas como la de San Andrés,
Torreones como el de Lozoya, Palacios y casas señoriales
surgen de improviso a lo largo de la ciudad. Pero llega el
momento de sentarse a una mesa y disfrutar de una buena comida.
Para empezar, unos judiones de La Granja, o una sopa castellana.
Luego el famoso cochinillo asado, preparado con esmero por
los maestros asadores de Segovia. Para quienes prefieran pescado,
las truchas de los transparentes ríos de la Sierra.
De postre un clásico ponche.
Tras la agradable charla de sobremesa, lo mejor es continuar,
pues aún queda mucho por ver. El románico adquiere
en Segovia particular relevancia, con esas hermosas torres y
atrios soportalados. Son , por citar algunas, la de San Martín,
San Justo, San Clemente, San Andrés, San Juan de los
Caballeros, San Millán, San Miguel, San Nicolás,
San Quirce, San Sebastián, La trinidad, San Esteban o
la de San Lorenzo, enclavada en un recoleto barrio castellano.
Conventos como el del Parral o el de San Antonio el Real completan
la larga lista de históricos y nobles edificios segovianos.
Una empresa difícil la de intentar conocer tanto patrimonio
cultural en unas horas, teniendo en cuenta por otra parte,
que apenas a 10 km. se halla el Palacio de la Granja de San
Ildefonso y sus espléndidos jardines, o el Palacio
de Riofrío. Por ello, lo más sensato es pernoctar
en Segovia, ver la ciudad de noche y seguir al día
siguiente.
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