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Templo
de Segesta
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Cuando la gente ve las fotos de las ruinas de Agrigento,
nadie piensa que has estado de viaje por Sicilia sino en Grecia
y es que, aunque resulte paradójico, la mejor muestra
de la arquitectura griega más antigua se encuentra
lejos de la acrópolis. -¿Por qué?-. La
respuesta es más sencilla de lo que parece a primera
vista.
Hace 2.700 años, la tradición griega establecía
que, al morir el cabeza de familia, las tierras tenían
que repartirse entre sus hijos varones. Lógicamente,
con el paso del tiempo, cada generación recibía
parcelas más pequeñas y menos rentables, de
forma que muchos habitantes de las polis griegas decidieron
vender sus pertenencias y buscar fortuna dedicándose
al comercio en las cercanas costas de la Jonia (actual Turquía).
A partir del siglo VIII a.C. algunas ciudades de la hélade,
como Atenas y Corinto, fomentaron el establecimiento de nuevas
colonias en toda la cuenca mediterránea (a veces por
la fuerza, como en el caso de Troya). Fue entonces cuando
los primeros griegos llegaron a la Trinacria -nombre con el
que bautizaron a Sicilia porque, según ellos, la isla
tenía forma de triángulo con tres piernas apuntando
a cada uno de sus ángulos (curiosa representación
que sigue siendo el emblema regional)- y fundaron una larga
serie de colonias entre las que destacaron Naxos (Taormina),
Catania, Siracusa, Segesta y Ákragas (Agrigento).
Mientras en el siglo V a.C. estas colonias vivieron su momento
de mayor esplendor, en la "madre patria" las polis
se desangraban luchando contra un enemigo común: los
medos (persas) del rey Darío y su hijo Jerjes. Las
guerras médicas por la hegemonía en el Mediterráneo
oriental (490-478 a.C.) destruyeron buena parte del arte griego
anterior al periodo clásico que, sin embargo, logró
subsistir en Sicilia.
Allí, alejados de las luchas grecopersas, triunfaba
la escuela de Pitágoras. El célebre filósofo,
afincado en el sur de la península itálica,
estableció un sistema de proporciones que unía
la arquitectura con las matemáticas, fijando los principios
que debía tener un templo, basándose en valores
numéricos, para determinar su "symmetria".
En la práctica, estableció las dimensiones de
los templos de acuerdo con el principio del "doble más
uno"; es decir, que si una fachada tenía 4 columnas
de ancho, debía tener 9 de largo. Esa norma caracterizó
las dimensiones de los templos de Hera y La Concordia, en
Agrigento, con 6 columnas de ancho por 13 en los laterales,
y alcanzaría su máxima expresión en el
Partenón de Atenas (8 x 17).
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Templo
de Hera en Agrigento
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La antigua colonia de Ákragas, fundada por los griegos
hacia el 582 a.C. y rebautizada por los romanos como "Agrigentum"
-por la gente que vivía allí dedicada al campo-
conserva un espectacular conjunto de ruinas sobre un abrupto
acantilado situado al sur del actual casco urbano de Agrigento:
el Valle de los Templos.
Esta es la única muestra de su antiguo esplendor,
cuando la ciudad en la que nació Empédocles
(el filósofo que se arrojó al cráter
del Etna para demostrar que era inmortal) llegó a tener
más de 200.000 habitantes a mediados del siglo V a.C.
Posteriormente, las guerras púnicas y la invasión
de bizantinos y árabes sumieron a la ciudad en el olvido.
Hoy en día, los 50.000 agrigentinos de la urbe moderna
se ganan la vida con el turismo y la explotación de
sus resecas tierras de cultivo (vino, almendras y aceite de
oliva) sin lograr salir del estancamiento en el que vive una
de las provincias más pobres de Sicilia y de toda Italia.
La imagen más conocida del "Valle de los Templos"
-que curiosamente está en un altozano- es el conjunto
menos interesante de todos, desde un punto de vista histórico.
En el siglo XX, cuando comenzó a excavarse este complejo,
los arqueólogos encontraron restos de diversos templos
y decidieron reconstruirlos en un pastiche sin valor que,
sin embargo, se ha convertido en la postal más demandada
por los turistas: el Templo de Cástor y Pólux.
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Templo
de la Concordia en Agrigento
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A su lado, aún podemos admirar las ruinas del que
habría sido el mayor templo dórico del mundo.
Una auténtica desmesura para su época que los
prisioneros cartagineses no llegaron a finalizar y que pretendía
demostrar la victoria de Zeus sobre los bárbaros y,
de paso, el poder de esta polis en el mundo griego. El templo
no habría tenido parangón con ningún
otro: sustituía el uso de columnas por pilastras de
20 m. de altura adosadas a un muro ciego entre las que se
situaban grandes atlantes (versión masculina de las
famosas cariátides) coronado por un friso de dos metros
y medio de altura, todo ello con unas dimensiones colosales:
56 x 113 m. (el Partenón "sólo" mide
30 x 69 m.)
Cruzando la carretera de acceso al recinto llegaremos a la
Vía Sacra donde se alinean los restos más destacados:
los templos de Hera Lacinia y de La Concordia. Es cierto que
en Sicilia no había mármol, como en otras polis,
y que los templos se levantaban con materiales más
toscos, como la toba (una piedra caliza, muy porosa y ligera,
propia de esta zona), pero eso no quita para que podamos admirar
una belleza de líneas casi, casi rústica por
su sencillez y perfección. Podríamos decir que
este conjunto tiene una belleza natural, sin ningún
tipo de aditivos.
El templo de Hera, que corona el promontorio donde se encuentra
todo el conjunto de ruinas, se construyó hacia el año
450 a.C. siguiendo las pautas clásicas (6 x 13 columnas)
y aún conserva gran parte de su peristilo. A escasos
metros, La Concordia sólo puede sorprender al viajero
por su equilibrio y la armonía de sus líneas.
Es el templo que mejor se conserva de Agrigento gracias a
que, desde el siglo VI d.C. el obispo Gregorio lo utilizó
como basílica. Por eso aún podemos admirar,
sin grandes alteraciones, la perfección de su estilo
dórico (las "gotas" de las cornisa o las
metopas y triglifos del friso) o su interior (la llamada cella)
que conserva el naos, la parte más sagrada donde se
encontraba la estatua del Dios, y el pronaos, un vestíbulo
de acceso que daba paso a las escaleras para llegar a la segunda
planta. Su estructura es digna de un manual de bellas artes.
El paseo por el Valle se cierra con el Templo de Heracles,
destruido por uno de los habituales terremotos de la isla.
Es el más antiguo del conjunto arqueológico
y estaba dedicado a venerar la figura del héroe Hércules.
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Cráter
del Etna
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Como sucedió con todas las polis griegas de Sicilia,
el rápido auge de cada una de ellas dio paso a un periodo
de luchas (buscando el apoyo de griegos, cartagineses o romanos)
y abandono que, en el caso de Agrigento, ha mantenido cierta
población; entorno a Segesta, sin embargo, sólo
hay tres habitantes además de las piedras: los turistas,
los cardos y los caracoles.
Mientras que Agrigento fue destruida por los cartagineses,
igual que otra colonia siciliana (Selinunte), Segesta sobrevivió
a Aníbal pero no logró el apoyo de Atenas, que
sucumbió al intentar ayudarla en el 415 a.C. derrotada
ante los siracusanos.
La llegada a Segesta te sumerge en otro mundo. Nada más
salir de la autopista que lleva a Trápani (la capital
provincial), el viajero se encuentra con una loma coronada
por un templo, rodeado de montes y, en uno de ellos, el monte
Bárbaro, la cumbre conserva un pequeño teatro
con vistas al mar. No hay nada más y, en pleno verano,
a más de 40º C, la visión de este conjunto
puede parecer completamente irreal.
El templo de Segesta, iniciado en el 425 a.C., quedó
inconcluso; por eso su interior está vacío (no
hay cella), sus columnas están lisas (sin las características
estrías) y en el basamento sobre el que se apoyan éstas
aún se conservan los machos que facilitaron su colocación.
Aquella ciudad, conquistada por los griegos a los elimios,
un pueblo que rápidamente se helenizó, cayó
en el olvido.
Hasta que el gobierno siciliano consiga fondos económicos
para llevar a cabo las excavaciones necesarias, Segesta es
tan solo un recóndito lugar con un elegante templo
y un pequeño teatro que todavía tienen mucho
que ofrecer.
Carlos
Pérez Vaquero
Fotografías: Leandro Escudero
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