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EL LEGADO GRIEGO DE SICILIA

Todos los rincones del mundo tienen grabado a fuego su particular sambenito, una imagen que representa lo más tópico de cada lugar; por eso, cuando hablamos de Sicilia, inevitablemente, pensamos en la mafia. Pero lejos de ese estereotipo de vendettas, capos y besos de la muerte, la mayor isla del Mediterráneo ofrece numerosos alicientes que justifican de por si una larga visita: desde los mosaicos de sus catedrales normandas hasta los senderos que suben al Etna, pasando por sus villas medievales, las playas o la siempre agradecida gastronomía de la pasta. Hoy nos centraremos en las huellas que dejó el legado griego en esta isla de contrastes.

 

Templo de Segesta

Cuando la gente ve las fotos de las ruinas de Agrigento, nadie piensa que has estado de viaje por Sicilia sino en Grecia y es que, aunque resulte paradójico, la mejor muestra de la arquitectura griega más antigua se encuentra lejos de la acrópolis. -¿Por qué?-. La respuesta es más sencilla de lo que parece a primera vista.

Hace 2.700 años, la tradición griega establecía que, al morir el cabeza de familia, las tierras tenían que repartirse entre sus hijos varones. Lógicamente, con el paso del tiempo, cada generación recibía parcelas más pequeñas y menos rentables, de forma que muchos habitantes de las polis griegas decidieron vender sus pertenencias y buscar fortuna dedicándose al comercio en las cercanas costas de la Jonia (actual Turquía). A partir del siglo VIII a.C. algunas ciudades de la hélade, como Atenas y Corinto, fomentaron el establecimiento de nuevas colonias en toda la cuenca mediterránea (a veces por la fuerza, como en el caso de Troya). Fue entonces cuando los primeros griegos llegaron a la Trinacria -nombre con el que bautizaron a Sicilia porque, según ellos, la isla tenía forma de triángulo con tres piernas apuntando a cada uno de sus ángulos (curiosa representación que sigue siendo el emblema regional)- y fundaron una larga serie de colonias entre las que destacaron Naxos (Taormina), Catania, Siracusa, Segesta y Ákragas (Agrigento).

Mientras en el siglo V a.C. estas colonias vivieron su momento de mayor esplendor, en la "madre patria" las polis se desangraban luchando contra un enemigo común: los medos (persas) del rey Darío y su hijo Jerjes. Las guerras médicas por la hegemonía en el Mediterráneo oriental (490-478 a.C.) destruyeron buena parte del arte griego anterior al periodo clásico que, sin embargo, logró subsistir en Sicilia.

Allí, alejados de las luchas grecopersas, triunfaba la escuela de Pitágoras. El célebre filósofo, afincado en el sur de la península itálica, estableció un sistema de proporciones que unía la arquitectura con las matemáticas, fijando los principios que debía tener un templo, basándose en valores numéricos, para determinar su "symmetria". En la práctica, estableció las dimensiones de los templos de acuerdo con el principio del "doble más uno"; es decir, que si una fachada tenía 4 columnas de ancho, debía tener 9 de largo. Esa norma caracterizó las dimensiones de los templos de Hera y La Concordia, en Agrigento, con 6 columnas de ancho por 13 en los laterales, y alcanzaría su máxima expresión en el Partenón de Atenas (8 x 17).

Templo de Hera en Agrigento

La antigua colonia de Ákragas, fundada por los griegos hacia el 582 a.C. y rebautizada por los romanos como "Agrigentum" -por la gente que vivía allí dedicada al campo- conserva un espectacular conjunto de ruinas sobre un abrupto acantilado situado al sur del actual casco urbano de Agrigento: el Valle de los Templos.

Esta es la única muestra de su antiguo esplendor, cuando la ciudad en la que nació Empédocles (el filósofo que se arrojó al cráter del Etna para demostrar que era inmortal) llegó a tener más de 200.000 habitantes a mediados del siglo V a.C. Posteriormente, las guerras púnicas y la invasión de bizantinos y árabes sumieron a la ciudad en el olvido. Hoy en día, los 50.000 agrigentinos de la urbe moderna se ganan la vida con el turismo y la explotación de sus resecas tierras de cultivo (vino, almendras y aceite de oliva) sin lograr salir del estancamiento en el que vive una de las provincias más pobres de Sicilia y de toda Italia.

La imagen más conocida del "Valle de los Templos" -que curiosamente está en un altozano- es el conjunto menos interesante de todos, desde un punto de vista histórico. En el siglo XX, cuando comenzó a excavarse este complejo, los arqueólogos encontraron restos de diversos templos y decidieron reconstruirlos en un pastiche sin valor que, sin embargo, se ha convertido en la postal más demandada por los turistas: el Templo de Cástor y Pólux.

Templo de la Concordia en Agrigento

A su lado, aún podemos admirar las ruinas del que habría sido el mayor templo dórico del mundo. Una auténtica desmesura para su época que los prisioneros cartagineses no llegaron a finalizar y que pretendía demostrar la victoria de Zeus sobre los bárbaros y, de paso, el poder de esta polis en el mundo griego. El templo no habría tenido parangón con ningún otro: sustituía el uso de columnas por pilastras de 20 m. de altura adosadas a un muro ciego entre las que se situaban grandes atlantes (versión masculina de las famosas cariátides) coronado por un friso de dos metros y medio de altura, todo ello con unas dimensiones colosales: 56 x 113 m. (el Partenón "sólo" mide 30 x 69 m.)

Cruzando la carretera de acceso al recinto llegaremos a la Vía Sacra donde se alinean los restos más destacados: los templos de Hera Lacinia y de La Concordia. Es cierto que en Sicilia no había mármol, como en otras polis, y que los templos se levantaban con materiales más toscos, como la toba (una piedra caliza, muy porosa y ligera, propia de esta zona), pero eso no quita para que podamos admirar una belleza de líneas casi, casi rústica por su sencillez y perfección. Podríamos decir que este conjunto tiene una belleza natural, sin ningún tipo de aditivos.

El templo de Hera, que corona el promontorio donde se encuentra todo el conjunto de ruinas, se construyó hacia el año 450 a.C. siguiendo las pautas clásicas (6 x 13 columnas) y aún conserva gran parte de su peristilo. A escasos metros, La Concordia sólo puede sorprender al viajero por su equilibrio y la armonía de sus líneas. Es el templo que mejor se conserva de Agrigento gracias a que, desde el siglo VI d.C. el obispo Gregorio lo utilizó como basílica. Por eso aún podemos admirar, sin grandes alteraciones, la perfección de su estilo dórico (las "gotas" de las cornisa o las metopas y triglifos del friso) o su interior (la llamada cella) que conserva el naos, la parte más sagrada donde se encontraba la estatua del Dios, y el pronaos, un vestíbulo de acceso que daba paso a las escaleras para llegar a la segunda planta. Su estructura es digna de un manual de bellas artes.

El paseo por el Valle se cierra con el Templo de Heracles, destruido por uno de los habituales terremotos de la isla. Es el más antiguo del conjunto arqueológico y estaba dedicado a venerar la figura del héroe Hércules.

Cráter del Etna

Como sucedió con todas las polis griegas de Sicilia, el rápido auge de cada una de ellas dio paso a un periodo de luchas (buscando el apoyo de griegos, cartagineses o romanos) y abandono que, en el caso de Agrigento, ha mantenido cierta población; entorno a Segesta, sin embargo, sólo hay tres habitantes además de las piedras: los turistas, los cardos y los caracoles.

Mientras que Agrigento fue destruida por los cartagineses, igual que otra colonia siciliana (Selinunte), Segesta sobrevivió a Aníbal pero no logró el apoyo de Atenas, que sucumbió al intentar ayudarla en el 415 a.C. derrotada ante los siracusanos.

La llegada a Segesta te sumerge en otro mundo. Nada más salir de la autopista que lleva a Trápani (la capital provincial), el viajero se encuentra con una loma coronada por un templo, rodeado de montes y, en uno de ellos, el monte Bárbaro, la cumbre conserva un pequeño teatro con vistas al mar. No hay nada más y, en pleno verano, a más de 40º C, la visión de este conjunto puede parecer completamente irreal.

El templo de Segesta, iniciado en el 425 a.C., quedó inconcluso; por eso su interior está vacío (no hay cella), sus columnas están lisas (sin las características estrías) y en el basamento sobre el que se apoyan éstas aún se conservan los machos que facilitaron su colocación. Aquella ciudad, conquistada por los griegos a los elimios, un pueblo que rápidamente se helenizó, cayó en el olvido.

Hasta que el gobierno siciliano consiga fondos económicos para llevar a cabo las excavaciones necesarias, Segesta es tan solo un recóndito lugar con un elegante templo y un pequeño teatro que todavía tienen mucho que ofrecer.

Carlos Pérez Vaquero
Fotografías: Leandro Escudero

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