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El primer relato de una viajera hispana, Egeria

Viaje-de-egeria

«Egeria es una auténtica adelantada en muchos siglos al espíritu viajero de los descubridores medievales y renacentistas, de los exploradores ilustrados o de los ensoñadores románticos».
Carlos Pascual

Un texto fundacional oculto durante siglos

Viaje de Egeria

El primer relato de una viajera hispana. Edición y traducción de Carlos Pascual Gil.

El relato de viajes más antiguo en nuestro país del que se tiene noticia fue escrito por una mujer. Lo habría redactado en el siglo IV una dama gallega llamada Egeria en forma de cartas dirigidas a sus amigas. Aún hoy, lo que se conserva de este fatigoso viaje de peregrinación a Tierra Santa no ha perdido ni la frescura ni el valor testimonial que supuso tan largo periplo en las postrimerías del Imperio romano, vivido y relatado desde la perspectiva de una mujer singular, curiosa y decidida.

A través de la Vía Domitia, la autora recorre Constantinopla y los escenarios bíblicos de Jerusalén, Egipto, el Sinaí y Mesopotamia, tomando nota e interesándose por todo lo que ve. Carlos Pascual se ocupa de la traducción de esas cartas, así como de la introducción, notas y bibliografía de esta Peregrinatio o Itinerarium, un texto redactado en el siglo IV, copiado en el siglo XI por un monje de la abadía de Montecasino y recuperado felizmente a finales del siglo XIX.

EgeriaEgeria (Gallaecia, Hispania, s. IV) Originaria, posiblemente, de la provincia de Gallaecia, en la Hispania romana, esta dama de familia noble o pudiente realizó una larga peregrinación a los Santos Lugares entre los años 381 y 384, relatandosu viaje a través de cartas o misivas.

Carlos Pascual es escritor y viajero infatigable, es autor de varios libros y de numerosos artículos de viajes publicados en diversos medios españoles y extranjeros a lo largo de las últimas décadas. La presente edición es su actualización de la traducción del texto latino, introducción y notas publicadas en 1994, todo ello revisado y ampliado en la actual versión.

FRAGMENTO.

UN HALLAZGO COLOSAL.

La historia de la que vamos a ocuparnos podría servir como argumento de suspense. Corría el año 1884 y un erudito italiano, Gian Francesco Gamurrini, rebuscaba y ponía un poco de orden entre polvorientos legajos y manuscritos de la Biblioteca della Confraternità dei Laici (o de Santa María), en Arezzo. Un códice atrajo especialmente su atención. Se trataba de unos pergaminos en latín, copiados en el siglo XI, en los cuales aparecían juntos –aunque escritos por distinta mano– dos textos que nada tenían que ver entre sí. El primero, eran fragmentos de San Hilario de Poitiers. El otro escrito resultaba más intrigante, pues era una curiosa relación de un viaje a Tierra Santa, escrito en época muy temprana, y por una mujer anónima que hablaba en primera persona.

Por lo que podía apreciarse a simple vista, en este segundo escrito faltaban bastantes hojas; muchas al principio, algunas al final, puede que alguna de por medio… Un examen reposado del hallazgo comenzó a arrojar las primeras luces. Se trataba de unas «notas de viaje» redactadas según un molde ya conocido, la peregrinatio o itinerarium, uno de los más tempranos géneros medievales, según la tipología clásica de Jean Richard. Lo curioso del caso es que las notas estaban redactadas en forma de misivas o cartas, hacia finales del siglo IV o comienzos del V.

Al parecer, la redactora escribía a unas lejanas dominae et sorores («señoras y hermanas») que habrían quedado muy lejos, en la patria común, a la cual ella confiaba en volver, según indicaba al final de su relato. La autora había realizado un largo periplo, desde «tierras extremas» hasta los lugares bíblicos, y describía estos a sus remotas destinatarias con una frescura y candor de lenguaje que cautivaban desde el primer momento: aquella era una obra singular.

Inmediatamente, Gamurrini se puso a hacer averiguaciones y a investigar más a fondo cómo y desde dónde habría llegado hasta Arezzo aquel códice. Por la forma de la escritura y la datación del mismo, se podía presumir que este había sido transcrito en el scriptorium de la célebre abadía benedictina de Montecasino; de hecho, parecía que ese mismo códice había servido al bibliotecario de dicha abadía, Pedro Diácono, para redactar el tratado o catálogo De locis sanctis hacia 1137. Hacia 1610, el abad Ambrosio Rastrellini lo habría llevado consigo desde Montecasino al monasterio de las santas Flora y Lucilla, en Arezzo, al hacerse cargo de este último; y de allí habría pasado a la Biblioteca della Confraternità al suprimirse, en 1810, la abadía aretina, filial de la de Montecasino.

Editada por La Línea del Horizonte Ediciones

Ficha editorial.

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