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Mujeres en la Filosofía

Mujeres en la Filosofía- Santa Catalina

Mujeres en la Filosofía. Novedades de Marcial Pons: Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano de Olga Amarís Duarte

El número de mujeres mencionables en la historia de la filosofía es pequeño. La inmensa mayoría de los filósofos son varones y ninguna mujer se encuentra entre los filósofos más grandes conocidos (cualquiera que sea el criterio con que se determine esa grandeza). Se mire como se mire, los hechos son así de claros.

Pero, ¿qué valor tienen estos hechos? La reflexión que persiga dar respuesta a esta pregunta debe realizarse, a mi juicio, en dos direcciones convergentes. Por un lado, es necesario tomar conciencia cabal de la capacidad abstracta que tiene la mujer para la filosofía. Y, por otro lado, es preciso conocer también las concretas condiciones materiales en las que se ha desarrollado la vida femenina. Ambas cosas, sin embargo, han de esperar a una preliminar conveniente descripción de las principales o más famosas filósofas; así se puede tener una idea más ajustada de la situación.

Desde sus orígenes a finales del siglo VI a.C., la filosofía no ha estado desprovista de cultivadoras femeninas. Algunas parece haber habido ya alrededor de la antigua escuela pitagórica, la que podemos considerar quizás como la primera universidad del mundo. No obstante, ninguna alcanza gran notoriedad.

Mujeres en la Filosofía-Hiparquia“En la lista de las mujeres consagradas a la filosofía -dice Ferrater Mora-, Hipatía es el primer nombre que viene a la memoria”. Esta Hipatía (que no debe confundirse con Hiparquía, la cínica) vivió en el siglo IV de nuestra era. El feminismo radical ha utilizado los pocos datos fiables sobre su vida y su obra para arremeter, como tiene por costumbre, contra los varones en general y contra la Iglesia Católica. Hipatía de Alejandría se dedicó a las matemáticas, la astronomía y la filosofía, pero no se conserva ninguno de sus escritos. Su fama entre las feministas procede de su trágica muerte, a manos de una masa enfurecida de cristianos, que la lapidaron acusada de conspirar ante el Prefecto de la ciudad contra el obispo Cirilo. Además, el neoplatónico Damascio afirma que aquella acusación era infundada. Algunas autoras modernas sostienen que la auténtica razón de su muerte fue que Hipatía era pagana y que había conseguido alcanzar un nivel de conocimientos demasiado elevado para una mujer. Las razones reales parecen ser más simples. Su muerte se inscribe, sin duda alguna, en el marco de unas tensiones seculares entre los paganos neoplatónicos y las nacientes comunidades cristianas, las cuales eran frecuente objeto de duras persecuciones. De lo contrario, y si tuvieran razón las analistas aludidas, no se entendería que Sinesio, discípulo de Hipatía, se convirtiera al cristianismo en vida de su maestra y que, siendo obispo, le dedicara en su trágica muerte un emocionado recuerdo.

El caso de Hipatía ha de entenderse, junto al completo rechazo de aquellos actos de linchamiento, en conexión también de otras historias ominosas. Como sucede con otra alejandrina, Santa Catalina, que en 307 fue martirizada cruelmente por el emperador Maximino. Esta Catalina es patrona de los filósofos católicos y su muerte tuvo en sus orígenes un enfrentamiento, provocado por Maximino, entre ella, mujer de escasos estudios, y una asamblea pública de sabios neoplatónicos.

También es oportuno recordar aquí la figura de Hildegarda de Bingen, monja misionera que vivió en el siglo XII. Estudió en un monasterio benedictino y obtuvo amplios conocimientos de teología, filosofía, música y ciencias naturales (hasta el punto de ejercer de curadora o médico alguna vez). J. Lortz la sitúa a la altura de S. Bernardo como “guía espiritual de su época”. Sus escritos ponen bien de manifiesto que para ella, como para S. Bernardo, “la piedad valía más que cualquier otra cosa”. En lo cultural representa un punto cumbre en la Edad Media. “Estamos muy lejos -dice Lortz- de los bárbaros de los primeros siglos del Medievo y muy lejos también de la primera fase del florecimiento de los monasterios benedictinos, cuya actividad se reducía a la copia de manuscritos. Nos acercamos a la cima del desarrollo medieval, en el cual intervienen más a menudo las mujeres, para expresar en el marco de la vida religiosa y en el mundo de la cultura nuevas experiencias y opiniones y procurarse formas nuevas y propias de ocupación”.

Pero sólo en los tiempos modernos recientes, a partir de finales del siglo XIX, hay una gran floración de mujeres dedicadas a la filosofía. En la estela del marxismo son mencionados algunos nombres, en especial el de R. Luxemburg. A ella se han dedicado hasta alguna calle de gran ciudad. Se trata, en todos los casos, más de revolucionarias prácticas que filósofas. Así, las obras de Luxemburg están dedicadas a la economía política y, sobre todo, a la táctica. Mas su fama ha venido de su muerte a manos de los socialdemócratas que de su obra.

El grupo más amplio y fecundo de filósofas lo constituye, seguramente, el que brotó y creció al abrigo de la fenomenología de Husserl. El primer nombre en esta nómina es el de Edith Stein, luego Teresa Benedicta de la Cruz. Stein fue asistente de cátedra de Husserl y a su puño se debe la transcripción de numerosos escritos del maestro. Encontró dificultades en su carrera profesional por ser mujer y, una vez convertida al catolicismo, profesó de carmelita y murió asesinada en Auschwitz por su condición judía.

  1. Stein destacó por sus investigaciones, inicialmente más descriptivas y luego definitivamente metafísicas. Se suele decir que procuró, desde su conversión, un acercamiento entre las ideas de Husserl y las de Santo Tomás. Sin duda estudió con sincero entusiasmo a quien se tiene por el más ortodoxo de los pensadores católicos, pero cabe hacer algunas básicas reservas acerca del éxito de su intento. En español se pueden encontrar muchas de sus obras. No debe olvidarse que mantuvo, además, una importante actividad de promoción de la mujer, con numerosas conferencias y escritos.

También discípula de Husserl fue Hedwig Conrad-Martius, y buena amiga de E. Stein. Desde 1049 fue profesora en Munich. Es uno de los más significados exponentes, como dice Ferrater, de la “vieja escuela fenomenológica”. Entiende la fenomenología no como un mero preliminar descriptivo de la filosofía, sino como un auténtico y sustantivo saber teórico. Sus trabajos se dedicaron especialmente a los problemas metafísicos del ser y su analogía.

Pero hay también otras mujeres de las que no hay que perder la memoria. Comencemos mencionando a Simone de Beauvoir, compañera de Sartre y una de las más caracterizadas feministas del siglo XX, sobre todo en su famoso  El segundo sexo. Hay quienes la consideran igual en genio a Sartre, pero quizá esa valoración proceda más de la sintonía con sus tesis feministas radicales que de un ajustado análisis de sus obras. En cuanto filósofa, es tributaria de quien fue su compañero a distancia durante toda su vida: existencialista y, más tarde, marxista comunista. Su feminismo es modélico en cuanto que defiende una radical superación de todas las diferencias sexuales entre los hombres.

Mujeres en la Filosofía-Hannah-arendt-en-1924

Hannah Arendt en1924

Otra mujer filósofa conocida es Hannah Arendt, cuya obra se dedica principalmente a la teoría política. De origen alemán, se nacionalizó estadounidense pocos años después de la Segunda Guerra Mundial. Ha estado ligada a los movimientos judíos internacionales y fue profesora de algunas universidades americanas. Sus obras son apreciadas por los pensadores antitotalitarios actuales, tanto antinazis como anticomunistas. Entre los datos destacables de su biografía figura el haber mantenido una relación amorosa con Heidegger a mediados de los años veinte y su discipulado de Jaspers.

Por otra parte, es digna también de recuerdo la figura de la española María Zambrano, formada al amparo de Ortega y Gasset, pero original caminante de rutas filosóficas muy personales. También goza del título de emigrante-exiliada de España en los tiempos del franquismo. Zambrano viene a concebir su tarea como un hacer que los misterios fundamentales de la realidad sean vividos por el hombre, y vividos esperanzadamente, como tales misterios. Por eso la filosofía de Zambrano con facilidad bordea los territorios de la literatura y de la religiosidad emotiva.

Un poco anterior a Zambrano es Simone Weil, cuya vida, muy breve, fue un estallido de vitalidad aun en medio de la enfermedad. Falleció en 1943 y la edición póstuma de sus obras ha construido su fama. Judía como Stein o como Arendt, se aproximó mucho al cristianismo, aunque no llegó a la conversión. Su filosofía se ocupa primordialmente de problemas religiosos y sociales. La pareja de conceptos naturaleza-gracia son puestos en correlación con los de pesadez-luz, y constituyen el eje de sus reflexiones. Paralelamente, también resaltó el contraste entre los ingredientes griego y “romano” (cristiano) de la tradición religiosa europea. En su biografía son de destacar su profunda preocupación social y su vivo sentido del valor de la castidad. Próxima al anarquismo, participó en nuestra Guerra Civil en 1936. Su vida de entrega a los pobres y desvalidos, y su personalidad, causaron una fuerte impresión en S. de Beauvoir.

María ZambranoCon estas figuras, la nómina está completa en lo principal. Hay que añadir que desde mediados del siglo XX hasta nuestros días, ha crecido considerablemente el número de mujeres dedicadas a la filosofía, de las cuales en la actualidad una amplia representación está en pleno ejercicio de su magisterio en las universidades y en plena producción intelectual. En este orden, la nómina de mujeres titulares de cátedras de filosofía es amplio en todo el mundo y no deja de crecer.

¿Por qué hay tan pocas filósofas de reconocido prestigio y con un puesto relevante en la historia de la filosofía? Desde el punto de vista de la capacidad abstracta de la mujer para la filosofía, esto no tiene explicación. En su esencia, la mujer es tan hombre como el varón. Ambos son la resultante por distinción accidental de una misma naturaleza. Varones y mujeres somos innegablemente diferentes unos de otros. Pero esas diferencias no se reducen a la mera caracterización físico-corpórea. Los varones diferimos notablemente de las mujeres; pero esa diferencia tampoco es esencial, no determina una diferencia de esencia o naturaleza. Las diferencias entre varones y mujeres no se reducen a diferencias corpóreas y tampoco son diferencias esenciales. Tanto varones como mujeres somos hombres.

En este sentido, hablar de varones y mujeres como “géneros” distintos no tiene la más mínima lógica. Las especies (y varones y mujeres pertenecemos a la misma especie) no se dividen en géneros, sino que, por el contrario, son los géneros los que pueden contener bajo sí una diversidad de especies. No es la diferencia entre varón y mujer tan grande que cada uno constituya un género distinto. De lo contrario no se entendería la complementariedad sexual, que es la raíz evidente de esa diferenciación.

Varones y mujeres somos distintos por referencia al sexo, es decir, en relación con la reproducción. Esa es la causa básica de la diferenciación entre unos y otros. Pero los individuos que se diferencian sexualmente pertenecen a la misma especie. Su complementariedad es la necesaria para que, de la unión de varón y mujer, nazca un nuevo individuo -varón o mujer- de la especie humana.

Hannah-Arendt-El olvido, o el rechazo, de estas tan elementales apreciaciones lleva a plantear torcidamente las cuestiones relativas al feminismo y la mejora de las condiciones de vida de la mujer. Con el uso de la palabra “género” para referirse a varones y mujeres se ha pretendido señalar que las diferencias físico-psicológicas entre varones y mujeres son adventicias y accidentales, en el sentido de prescindibles y cambiables. El “sexo” psicofísico se separa, así, del sexo “social” o “cultural”. Y, en este sentido, numerosas investigaciones antroposociales se han orientado preferentemente a establecer, como pretendiera por ejemplo M. Mead, que las diferencias de comportamiento de varones y mujeres en las diversas sociedades son fruto del capricho de las costumbres. Lo ideal sería, en cierto modo, para estos planteamientos, que varones y mujeres pudieran vivir su sexualidad psicofísica de la manera que en cada caso les agradara, sin más limitación que su propio parecer.

Por el contrario, un feminismo equilibrado debe partir del hecho de la comunidad específica entre varones y mujeres. Ambos pertenecemos a la especie humana. Tenemos una naturaleza común: somos hombres.

Paralelamente a la disolución de las diferencias entre varones y mujeres, que es a donde conduce la antropología de género, se ha mantenido también que la naturaleza humana es un factor común o despreciable o prácticamente vacío. En los tiempos actuales, un posición frecuente en muchos ambientes filosóficos es la de que no hay una naturaleza humana. Del hombre se subrayan sus rasgos personales, o su libertad, o su dramática existencia ante la nada de su futuro; y se ponen en sordina, o sencillamente se niegan, sus rasgos innatos, necesarios y preliminares a cualquier conciencia o elección. En estas condiciones, un hombre desnudo de naturaleza, vacío de ser o entidad propia, parece ser perfecto dueño de todo su ser, pues él lo tiene que conquistar o realizar por entero (y eso es a lo que aspiran esas filosofías), pero no tiene ningún asidero.

Una vez desnaturalizado, el hombre es fácilmente “des-sexualizable”. Es fácil despojar al hombre de su sexualidad (masculina o femenina) cuando el hombre no es nada. En efecto, no habiendo nada que reconocer o respetar en el hombre, tampoco lo será su sexualidad, la cual, por lo tanto, no será sino una construcción de la libertad (individual y emancipatoria) o del capricho (social, de la cultura).

Pero en tales condiciones, no hay nada que decir sobre la liberación de la mujer. No hay nadie a quien liberar: reducida a género, la mujer -como el varón- no es sujeto de acción liberadora, sino, a lo sumo, en el sentido de despojarla de su sexualidad. No hay mujer que liberar, porque no hay mujer. No hay nadie a quien liberar, porque no hay nadie.

Por lo tanto, la reconstrucción de la mujer -y la del varón- exige, como primera premisa imprescindible, la recuperación de la “naturaleza humana” en un sentido aceptable. Y, en primer lugar, debe decirse que no es aceptable concebir la naturaleza humana como lo que constituye de manera meramente material al ser humano. El cuerpo humano no es pura materia, sino materia personalizada. Por eso cobra aquí todo su valor la vieja y manida idea del hombre como “animal racional”, entendida esta fórmula en sus justos y exactos términos. En cuanto genéricamente animal, el hombre es un ser corpóreo viviente dotado de sentidos y de apetitos. Y en cuanto que “racional”, el hombre es precisa y radicalmente capaz de vivir en medio de la realidad en cuanto tal, conociéndola (aunque sólo sea un poco) y eligiendo lo que quiere hacer de sí.

Esta es la naturaleza propia del hombre, esa que compartimos los varones y las mujeres. Y es esa misma naturaleza animal-racional, corpóreo-espiritual, la que hace posible el ejercicio de la filosofía. Como sostuviera Platón, el filosofar es lo propio del hombre, a diferencia del animal, que no filosofa, y de los dioses, que son sabios. El hombre es el ser destinado a amar el saber, a poseerlo en la forma limitada en que es capaz de alcanzarlo un ser corpóreo-racional. Tanto varones como mujeres somos radicalmente filósofos, por cuanto que nuestra propia naturaleza es la que nos hace aptos, y nos impele, a filosofar, pues en la filosofía se cumple plenamente, a su modo, la infinitud de la sed de verdad del hombre.

El hecho, pues, de nuestra común naturaleza hace que los varones y las mujeres podamos ser igualmente filósofos, sin diferencias esenciales entre las mujeres y los varones. En esto hay una radical igualdad entre todos los hombres. Por consiguiente, no tiene fundamento alguno la pretensión de que sólo los varones son por naturaleza aptos para la filosofía. Si esta idea se plasma en acciones, esas acciones discriminatorias, cualesquiera que sean, son absolutamente injustificadas e injustas.

Por todo ello resulta aún más desconcertante la escasa presencia de las mujeres en la historia de la filosofía, en comparación numérica con la de los varones. Ese desequilibrio aritmético, ¿a qué se debe? El reconocer la igualdad fundamental de varones y mujeres parece sugerir que ambos deberían estar presentes en cantidades parejas en la historia de la filosofía. Si somos iguales, ¿por qué somos desiguales de hecho en la historia?

El reconocimiento de la igualdad no debe ensombrecer el reconocimiento de la desigualdad entre varones y mujeres. Somos iguales, pero no en todo. Somos iguales en cuanto a nuestra naturaleza esencial; pero somos desiguales en cuanto a nuestra respectiva índole sexual. Una índole que, sin ser estrictamente esencial (pues lo propia y nuclearmente esencial es nuestra naturaleza humana), es casi-esencial y, por supuesto, es natural. El ser varón o mujer es algo natural; salvo enfermedad o accidente, el sexo es inseparable de la naturaleza esencial de cada individuo, como lo es, a su modo, el ser rubio-moreno-calvo (pues alguna de estas caracterizaciones se ha de tener). Y de este modo, también se puede decir que es natural, aunque no sea propiamente esencial, la diferenciación entre varones y mujeres.

Esta diferenciación es denominada globalmente “sexo”, e incluye rasgos físicos o corporales y rasgos psíquicos. La “feminidad” y la “masculinidad” humanas son complejos psicofísicos. Y en cuanto tales, imprimen una peculiar coloración o matización a las vidas respectivas de varones y mujeres. Ser hombre como varón es un modo de ser hombre distinto de ser hombre como mujer.

En estas condiciones, la cuestión del ejercicio de la filosofía se transforma en esta otra: si la feminidad o la masculinidad pueden ser impedimentos para que el hombre filosofe. Naturalmente, la respuesta es abiertamente negativa, puesto que la fuente de la capacidad filosófica no es la feminidad o la masculinidad, sino la naturaleza humana esencial. Como hemos podido reconocer, el varón y la mujer son radicalmente capaces de filosofar, y lo son en la misma medida, exactamente en la misma medida en la que ambos son hombres.

El hecho histórico de la diferencia puede, en tales condiciones, ser tomado como manifestativo de una situación de injusticia o, en el mejor de los casos, de anormalidad. El feminismo irreflexivo suele plantear así la historia de la filosofía, de la cual hace un relato que acaba por constituir un puro alegato anti-masculino (pues a los varones se acaba por acusar de la mala situación de la mujer).

Con todo, nuevas perspectivas se abren en este análisis si se cae en la cuenta del valor negativo que la corporalidad sexuada puede tener en la actividad del espíritu, más concretamente en la actividad filosófica. El cuerpo humano es vehículo del espíritu, instrumento suyo; y en tales condiciones no sólo no resta fuerza al espíritu, sino que es su más adecuado instrumento. Pero también el cuerpo enfermo o débil puede ahogar las manifestaciones del espíritu. Piénsese que un simple dolor de cabeza, que se remedia con una aspirina, puede imposibilitar la meditación. Por todo ello, cabe pensar que una corporalidad sexuada que ata, que frena al espíritu, puede constituir un óbice al pensar.

Por otro lado, la vida del hombre en sociedad implica que cada individuo se ha de integrar en la tarea de la construcción del bien común. El bien común es superior, por naturaleza, al individual de cada uno de los individuos. Es por eso por lo que en ocasiones fines comunitarios urgentes o insoslayables pueden exigir la renuncia al objetivo personal. Es por eso por lo que el que quisiera ser filósofo puede verse llevado a abandonar ese camino para cumplir otra función social.

Finalmente, es necesario llamar la atención también de un tercer tipo de consideraciones que hacer. La diferenciación sexual, la que se da entre varones y mujeres, se orienta propiamente a la reproducción; de ella toma su sentido. Puesto que en la reproducción humana varones y mujeres cumplen funciones diversas, también diversas pueden ser las correlativas formas de vida.

Por razón del cuerpo, por razón de la sociedad, por razón de la familia: desde estos tres focos habría que abordar el estudio reposado de las causas de las diferencias entre varones y mujeres. Unas diferencias que no pueden nunca justificar una radical discriminación, como se ha dicho. Puesto que todos somos hombres, habrá que poner las adecuadas condiciones para que todos los que puedan sean realmente filósofos. Las diferencias no justifican las injusticias.

(c)  José J. Escandell

Poética del exilio-Mujeres en la FilosofíaEsta semana nuestro libro recomendado de Marcial Pons es Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano de Olga Amarís Duarte; una doble biografía de dos pensadoras que nunca se conocieron pero, sin embargo, estuvieron unidas por  la experiencia del exilio.

Durante toda esta semana (hasta el 01 de marzo) este libro tendrá un cinco por ciento de descuento.

Una poética del exilio
Hannah Arendt y María Zambrano

La novedad de las siguientes páginas incide en un acercamiento de las filosofías de Hannah Arendt y de María Zambrano, tan alejadas en su tono de enunciación, pero paralelas en su deseo por estirar los límites de la razón más allá de lo aceptado por los cánones.

La centralidad del sentir amoroso, de la figura del prójimo, de la imaginación creadora, así como la potencia alquímica del decir poético son las piedras de toque sobre las que se yerguen las obras filosóficas de ambas autoras. Dos voces, pues, que dialogan sobre el sentido del acto reflexivo desde la inalienable condición de ser mujeres.

Inspirada por la reflexión de dos exiliadas en tiempos de oscuridad, esta obra se torna esencial al proponer una mirada oblicua de la crisis, haciendo hincapié en una respuesta esperanzada que da prioridad a la creación desde la ruina y a la heroicidad del gesto extraordinario del sujeto común.

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